Para Mirta Estela Assis de Rojo y Alba Romano, infatigables viajeras e investigadoras.
lunes, 17 de septiembre de 2012
Viajes y literatura alrededor del mundo: entre antiguos y modernos
domingo, 16 de septiembre de 2012
Bellas durmientes: la "Hipnofilia" como disfunción sexual y pasión literaria
El tema del vestido de la amada no es nuevo. He tenido la oportunidad de rastrearlo en la obra del poeta latino Sexto Propercio. No sólo el vestido, sino otros aspectos de la amada, en especial su sueño, componen esa gramática morbosa del deseo. Así pues, el placer que suscita la contemplación de una persona dormida ha sido tratado tanto por nuestros autores de la Antigüedad y como por otros autores modernos. Cuando este placer constituye una fuente de excitación, se denomina "Hipnofilia". No en vano, tanto Sexto Propercio como Marcel Proust practicaron, sin saberlo, esta costumbre tan singular. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGEHablamos de bellas durmientes, y es verdad, pero no se trata del inocente cuento que todos conocemos. La literatura, y también hoy día el cine, nos ofrecen buenos ejemplos de contemplación de bellas durmientes. Vamos a ver un ejemplo notable en la comparación del poeta Propercio y el novelista Marcel Proust. Propercio es un poeta latino muy cercano a nuestra sensibilidad moderna. Su amor y sus celos por Cintia, a pesar de los siglos que han pasado, están tan vivo como el primer día. Observemos con qué deleite contempla Propercio a su amada cuando duerme. Como no podía ser de otra manera, el poeta romano asocia esta contemplación a la figura mítica de Ariadna cuando queda tendida sobre la arena de la playa:
"Tal como quedó tendida, al alejarse la nave de Teseo languideciente, la Gnosia, en las desiertas playas, y tal como en su primer sueño la cefia Andrómeda se tendió libre ya de las duras rocas, y no menos cansada la bacante tras sus continuas danzas se abandonó desfallecida en el herboso Apídano, así me pareció Cintia respirar suave reposo apoyando su cabeza en vacilantes manos cuando yo arrastraba mis pasos ebrios por el abundante Baco y los criados agitaban las teas en la tarda noche. Aún no perdidos todos mis sentidos, intento acercármele apoyándome suavemente en su oprimido lecho; y aunque arrebatado por doble ardor me impulsaban de aquí Amor, de allí Líber, dioses crueles ambos, a acariciar su cuerpo colocando suavemente mi brazo bajo ella, y a dar besos y luchas con dispuesta mano, sin embargo no osaba turbar el reposo de mi amada temiendo los enojos de su probada crueldad;" (Prop. 1,3, 1-18 trad. de Hugo Bauzá en Alianza Editorial)
La representación de Ariadna dormida en Naxos, abandonada por Teseo, así como la de Ménades y ninfas vencidas por el sueño, es un tema propio del arte helenístico. Catulo hace una de las más importantes aproximaciones en su carmen 64. El hecho de que sea Dionisio quien encuentra a Ariadna dormida y que se enamore de ella ofrece perfecto un paradigma mitológico al amante cuando presencia el sueño de su amada. En este caso, debemos considerar que estamos ante una literatura de fuerte contenido iconográfico, presidida por las representaciones escultóricas de Ariadna dormida.
En la otra elegía donde Propercio trata del asunto de la amada dormida podemos ver que el planteamiento ahora es bien distinto, pues no se trata del amante ebrio que llega en medio de la noche, sino del amante celoso que acude a comprobar que su amada duerme sola:
"Era el alba y quise ver si ella descansaba sola Y Cintia estaba sola en su lecho. Me quedé atónito, nunca me pareció más hermosa, Ni siquiera cuando se vistió con purpúrea túnica E iba entonces a referir sus sueños a la casta Vesta A fin de que ni a ella ni a mí fueran dañinos: Tal me pareció recién liberada del sueño. ¡Ah, cuánto vale por sí misma la resplandeciente belleza!" (Pr
op. 2,29b, 1-8)En la elegía se desarrollan varios aspectos interesantes, como la de la belleza de la amada dormida o su naturalidad al despertar, que no debemos perder de vista. La amada dormida pasa a releerse a través del tiempo adquiriendo otros valores. De hecho, cobra un importancia capital dentro de la estética prerrafaelita, como podemos ver en pinturas tan importantes como “Flaming June”, de Frederic Leighton (ca. 1895). Cabe también apreciar el desarrollo del tema en Paul Cesar Helleu, el pintor y grabador amigo de Proust, famoso por sus retratos femeninos, como el titulado “Joven en un diván”. Tales presupuestos mitológicos, literarios e iconográficos pueden ayudarnos a entender mejor las descripciones que hace Proust para describir el sueño de Albertine. Observamos que, como en Propercio, en el texto siguiente de La recherche aparece el asunto de la naturalidad de la durmiente:
"Por otra parte, no era sólo el mar al atardecer lo que vivía para mí en Albertina, sino a veces el mar dormido en la arena las noches de la luna. Porque a veces, cuando me levantaba para ir a buscar un libro al despacho de mi padre, mi amiga, que me había pedido permiso para echarse en la cama mientras tanto, estaba tan cansada por la larga excursión de la mañana y de la tarde, al aire libre, que, aunque yo hubiera pasado sólo un momento fuera de mi cuarto, al volver encontraba a Albertina dormida y no la despertaba. Tendida cuan larga era, en una actitud de una naturalidad que no se podía inventar, me parecía como un tallo florido que alguien dejara allí; (…)" (La prisionera, Traducción de Consuelo Bergés, Alianza Editorial, p. 73)
Cabría pensar, al igual que ocurre ante el cuadro de Leighton, en una suerte de mitología subliminar, si bien presenta los rasgos suficientes como para que podamos pensar en una figura mítica como Ariadna. Por lo demás, los deseos sexuales ante la amada dormida, que hemos encontrado en Propercio, se satisfacen en la Recherche sin necesidad de que ésta se despierte, al tiempo que sus extremidades se comparan con ramas inertes:
"A veces me hacía gustar un placer menos puro. Para ello no tenía necesidad de ningún movimiento, extendía mi pierna contra la suya, como una rama que se deja caer y a la que se imprime de cuando en cuando una ligera oscilación…" (La prisionera, p. 76 )
Y también asistimos al despertar de Albertine, la liberación del sueño, según Propercio:
"Pero a este placer de verla dormir, tan dulce como sentirla vivir, le ponía fin otro placer: el de verla despertarse. Era, en un grado más profundo y más misterioso, el placer mismo de que viviera en mi casa." (La prisionera, p. 77)
Pero cuando la amada es consciente de sus acciones durante la noche, y no un mero objeto inerte, aparece uno de los motivos más propiamente elegíacos, el del lamento del amado ante su puerta, o las ianuae querellae (Prop. 1,16), que representa ante todo el impedimento y la frustración: "para que yo, mi vida, deje de quejarme de ti, a tu puerta" (Prop. 1,8, 24) "Y no puedo descansar en las esquinas, mientras la luna está sedienta de amor, Ni suplicarte a través de la rendija de tu puerta." (Prop. 2,17, 15-16) El motivo, de una manera subliminar, pero reconocible tanto en la acción de quedar apostado y de llorar, aparece también en el texto de la Recherche:
"Volvía a apostarme ante su puerta, pero ya no se veía luz por la rendija. Albertina había apagado, se había acostado, y yo seguía allí quieto, esperando no sé qué oportunidad que no llegaba; y al cabo de mucho tiempo, muerto de frío, volvía a meterme bajo las mantas y me pasaba llorando todo el resto de la noche." (La prisionera, p. 119-120).
Francisco García Jurado
jueves, 13 de septiembre de 2012
Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI
Acaba de aparecer en la Revista de Literatura, publicada por el CSIC, mi trabajo titulado "Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI: Autor, texto, comentario y relectura moderna" (Revista de Literatura 147, enero-julio 2012). Se analiza en este trabajo las referencias a Aulo Gelio en los autores españoles del siglo XVI, en particular Fray Antonio de Guevara, Pedro Mejía, y Cristóbal de Villalón. Asimismo, se recurre puntualmente a importantes comentarios sobre Gelio y la miscelánea que encontramos en Michel de Montaigne y Luis Vives. Se revisan los datos a la luz de las referencias al autor antiguo como tal, el interés temático de sus citas, los comentarios críticos a la obra y su relectura moderna, miscelánea o ensayística. Este blog ofrece el comienzo del trabajo y mi propia mano es la que sostiene una preciosa edición de Gelio de comienzos del siglo XVII. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Los libros que componen las Noches áticas de Aulo Gelio (s. II) responden a la plasmación física de una idea dinámica de la literatura, pues suponen un conjunto variopinto de lecturas, audiciones y recuerdos organizados con aparente libertad dentro de una miscelánea. Su fama posterior, su difusión en otras obras, a manera de citas, comentarios o relecturas, presenta la misma naturaleza que dio lugar a la obra en sí. De esta forma, los libros de Gelio serían tanto el fruto de una variada escritura, la del propio autor, como de una lectura intensa y rica por parte de otros autores posteriores. Cabe preguntarse, sin embargo, cómo pudo ser ese proceso de lectura en España durante la Edad Moderna, ya que las Noches áticas no se traducen al castellano hasta finales del siglo XIX, concretamente en 1893, momento en que se abre una nueva página de las lecturas de Gelio en castellano, como hemos tenido ocasión de estudiar en otro lugar (García Jurado 2008, p. 58). Sin embargo, su aparición en la literatura española, si bien discreta, en comparación con otros grandes autores de la Antigüedad, es constante, y da prueba de que hay un conocimiento de la obra por parte de autores como Fray Antonio de Guevara o Pedro Mejía, que contribuyen, asimismo, a su difusión indirecta. Así pues, el carácter misceláneo de la obra de Gelio, su naturaleza de obra abierta, de recopilación de escritos varios, también se deja ver en la propia recepción moderna. Es un libro destinado a personas eruditas, de ahí la no necesidad de una traducción hasta pasados muchos siglos. Cabe preguntarse si el estudio de la huella de sus lecturas en la literatura española nos permitiría llevar a cabo una antología (“antología inminente”, como diría Alfonso Reyes) de una parte significativa de las historias y noticias que aparecen en la obra latina. Si esto fuera posible, cabría hablar, por tanto, de una forma de traducción implícita de la obra, que unos leen y narran para que otros la conozcan a través de sus lecturas. Puede darse, asimismo, el fenómeno de que un autor que cite a Gelio no lo haya leído directamente, sino a través de otros autores. Este es uno de los resortes esenciales del funcionamiento de la antología. FRANCISCO GARCÍA JURADO
Los libros que componen las Noches áticas de Aulo Gelio (s. II) responden a la plasmación física de una idea dinámica de la literatura, pues suponen un conjunto variopinto de lecturas, audiciones y recuerdos organizados con aparente libertad dentro de una miscelánea. Su fama posterior, su difusión en otras obras, a manera de citas, comentarios o relecturas, presenta la misma naturaleza que dio lugar a la obra en sí. De esta forma, los libros de Gelio serían tanto el fruto de una variada escritura, la del propio autor, como de una lectura intensa y rica por parte de otros autores posteriores. Cabe preguntarse, sin embargo, cómo pudo ser ese proceso de lectura en España durante la Edad Moderna, ya que las Noches áticas no se traducen al castellano hasta finales del siglo XIX, concretamente en 1893, momento en que se abre una nueva página de las lecturas de Gelio en castellano, como hemos tenido ocasión de estudiar en otro lugar (García Jurado 2008, p. 58). Sin embargo, su aparición en la literatura española, si bien discreta, en comparación con otros grandes autores de la Antigüedad, es constante, y da prueba de que hay un conocimiento de la obra por parte de autores como Fray Antonio de Guevara o Pedro Mejía, que contribuyen, asimismo, a su difusión indirecta. Así pues, el carácter misceláneo de la obra de Gelio, su naturaleza de obra abierta, de recopilación de escritos varios, también se deja ver en la propia recepción moderna. Es un libro destinado a personas eruditas, de ahí la no necesidad de una traducción hasta pasados muchos siglos. Cabe preguntarse si el estudio de la huella de sus lecturas en la literatura española nos permitiría llevar a cabo una antología (“antología inminente”, como diría Alfonso Reyes) de una parte significativa de las historias y noticias que aparecen en la obra latina. Si esto fuera posible, cabría hablar, por tanto, de una forma de traducción implícita de la obra, que unos leen y narran para que otros la conozcan a través de sus lecturas. Puede darse, asimismo, el fenómeno de que un autor que cite a Gelio no lo haya leído directamente, sino a través de otros autores. Este es uno de los resortes esenciales del funcionamiento de la antología. FRANCISCO GARCÍA JURADO
sábado, 8 de septiembre de 2012
Cristóbal Serra, Baudelaire y Virgilio
El escritor mallorquín Cristóbal Serra ha fallecido el día 6 de septiembre de 2012. Había nacido el 22 de septiembre de 1922, por lo que han faltado muy pocos días para que cumpliera noventa años. Es un autor deliberadamente raro, además de creador de un mundo literario propio e irrepetible. A mí me interesó por sus comentarios sobre las Geórgicas de Virgilio, y escribí un largo ensayo donde lo estudiaba junto a Joris Karl Huysmans y José María Eça de Queiroz. Con este blog quiero expresarle mi agradecimiento por todo lo que me aportó y rendirle un humilde homenaje. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Entre los autores antiguos y los modernos no sólo hay relaciones imitativas. Algunos autores modernos nos ofrecen verdaderos comentarios no académicos de los antiguos que perfectamente pueden definirse dentro de una relación crítica. Esta relación crítica se sustena a menudo en una interesante tensión, quizá una de las más importantes, como es la de los autores canónicos frente a los que no lo son, o autores clásicos frente a decadentes. Esta tensión, o dialéctica entre clasicismo y modernidad aparece singularmente conciliada en la obra Diario de signos, del autor mallorquín Cristóbal Serra. En esta obra, repleta de recuerdos vitales y literarios, Cristóbal Serra nos ofrece una inédita visión de Las Geórgicas y de Virgilio:
“Don Marcial, para sacarme de mis chinos, a los que mira de reojo , me regala un viejo ejemplar de Las Geórgicas, que viene con viñetas, en las que hay grabados búcaros deliciosos. Tan bellos son, que estoy tentado a ponerles el color que les falta. Pero, al final, respeto aquellas ilustraciones xilográficas que ofrecen una gran seguridad estilística. Lástima que estén ausentes las faenas propiamente rusticanas y no lleven un cortejo de motivos fragorosos. El grabador no advirtió que Las Geórgicas no son un ejercicio literario apto para suscitar decorativismos, sino la cristalización de una lúcida, curiosa, y apasionada imaginación. En Virgilio se descubre, además, un corazón melancólico insatisfecho. La manera como Las Geórgicas se escribieron me resulta seductora. Breves y comprimidas, son fruto de una naturaleza contemplativa, que escribe con rara perfección formal y extrema concisión.
Estoy encantado con esta atención y le hago sensible a don Marcial que no podía hacerme regalo mejor. Le planteo el problema de si es la obra maestra de Virgilio (como creo). Asiente con la cabeza, en un gesto de un mutismo elocuente. Para sacarle a don Marcial este silencio misterioso y contenido, Las Geórgicas han de mantener cierta vecindad con los abismos. La invicta Eneida esta vez quedó vencida.
Luego, al modo escolar, le digo que Las Geórgicas tienen color, olor y sabor. Se ríe entonces de veras, como nunca le he visto reír. Su risa desencadenada se acaba, al darme una sonora palmada en el hombro.” (Cristóbal Serra, Ars Quimérica. Obra Completa 1957-1996, Palma de Mallorca, 1996, p. 259)
De esta valoración tan sensitiva del texto latino nos llama la atención que se califique a Virgilio como “un corazón melancólico insatisfecho”. ¿No estamos, quizá, ante el “spleen” o melancolía de un poeta moderno como Baudelaire? Nos referimos, claro está, a la pequeña colección de poemas en prosa que llevan el título de Le Spleen à Paris, publicada por primera vez en 1868, y cuya relación con el Diario de signos de Serra nos parece evidente. Y es que el paso del tiempo ha convertido también en clásicos a los propios modernos, como bien dice el desaparecido Octavio Paz: “a pesar de la contradicción que entraña, y a veces con plena conciencia de ella, como en el caso de las reflexiones de Baudelaire en L'art romantique, desde principios del siglo pasado se habla de la modernidad como de una tradición y se piensa que la ruptura es la forma privilegiada del cambio. Al decir que la modernidad es una tradición cometo una leve inexactitud: debería haber dicho, otra tradición” .
Descanse en paz Cristóbal Serra, y que sigamos recordándole quienes habitamos en su mundo literario.
(Hemos ilustrado este blog con una de las xilografías que Aristide Maillol preparó para las Geórgicas)FRANCISCO GARCÍA JURADO
domingo, 2 de septiembre de 2012
Ruy González de Clavijo en Samarcanda: de la plaza de la Paja a la del Registán
Tras llegar a la ciudad de Samarcanda, a media tarde, no pudimos resistir la tentación de pasear por ella hasta la hora de la cena. Aunque pareciera tópico, en mi recuerdo estaba una pequeña placa que puede leerse hoy día en la madrileña plaza de la Paja, dedicada a aquel embajador que a comienzos del siglo XV se aventuró hasta aquellos confines, Ruy González de Clavijo. Nuestro paseo culminó (que no terminó) en otra plaza, nada menos que la del Registán. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Asy, lo que es poblado fuera de los muros es muy mayor pueblo que lo que es cercado, e entre estas huertas que de fuera de la ciudat son estan las mas grandes e onradas casas, e el señor Tamerlan allí tenía los sus palacios e casas onradas, otrosy los grandes omnes de la ciudat las sus estancias e casas entre éstas las tenían, e tantas son estas huertas e viñas que acerca de la ciudat son, que cuando omne llega a la ciudat non paresce sinon una montaña de muy altos árboles e la ciudat asentada en medio. E por la ciudat e por entre estas huertas sobredichas ivan muchas açequias de agua, e en estas dichas huertas avía muchos melones e algodones (...)"
Parece mentira que todavía sean reconocibles muchas de las cosas que aquí se describen, como las acequias o el verdor. Sí me llamó la atención que el rótulo de la calle estuviera colocado sobre un muro que hacía de frontera entre, digamos, la ciudad de los turistas y la ciudad real. Tras el muro puede verse un barrio limpio, de aspecto humilde, de donde salen o a donde entran sus habitantes, unos curiosos, otros interesados en cambiar divisas a los turistas.
Segimos descendiendo por un amplio parque hasta llegar ahora a otra amplia avenida. Ya intuíamos que al cabo de unos metros estaría la plaza del Registán, pero me llamó la atención la cotidianeidad de los comercios que me iba encontrando. Eran tiendas modernas y limpias, en especial se me quedó impresa en la memoria una dedicada a la venta de animales. Era una tienda que podría haber estado en cualquier lugar de Madrid, lo que podía crear la ilusión de no estar tan lejos de casa. En aquella avenida se mezclaban, por tanto, el momento único, sublime, de los turistas, con las "tardes de todos los días" de aquellos habitantes acostumbrados a ver desde hace años esa "primera vez" de tantos extranjeros que allí llegan. Por alguna razón, aquella tienda de animales me reconfortó, me hizo sentir más real la inmesa plaza que ya se avecinaba al cruzar un largo paso de cebra. Un viajero inglés definió el Registán de esta forma: "even in ruins, the noblest public square in the world". Esta era la frase que abría la culta guía inglesa que habíamos adquirido en Madrid, una guía que recordaba aún las antiguas guías de viaje del siglo XIX, por su copiosa y pulcra información. El Registán ya no está en ruinas. Las tres madrasas que lo configuran se muestran ahora radiantes, pero a la plaza no se puede acceder si no se paga. Yo no pretendía entrar en las madrasas (era ya tarde), simplemente quería pasear un poco por la plaza. Pero el militar de turno nos lo impidió. Me acordé de Katmandú, donde los turistas tampoco podían acceder a ciertos lugares "públicos" si no era pagando. En fin, recordé que en otros tiempos muchas personas fueron llevadas hasta allí sin necesidad de pagar, simplemente para ser ejecutadas públicamente. Ya no hay arena en el Registán, la característica arena que absorbía la sangre de los ajusticiados (precisamente delante de los tres centros educativos que componen la plaza, las madrasas). El Registán me pareció magnífico, comparable al Taj Majal de Agra, y entonces supimos por qué estábamos allí. Nuestro paseo después fue simplemente de regreso al hotel, pues allí habíamos quedado con el resto del grupo para ir a cenar. En realidad, mi paseo había comenzado idealmente en la madrileña plaza de la Paja para terminar en la imponente plaza del Registán. FRANCISCO GARCÍA JURADO
Dado que nuestro viaje era económico, el alojamiento consistía en un hotel discreto y novísimo en la zona del barrio universitario de Samarcanda. Lo primero que hicimos tras dejar las maletas fue salir de paseo para comprobar lo transitable que era la nueva ciudad. Ya sabéis quienes leéis estos blogs desde hace tiempo que una de las pasiones que compartimos María José y yo es la de "patear" las ciudades, por difíciles que pueda ser recorrerlas. Samarcanda no parecía, ciertamente, muy complicada. Únicamente había que tener cuidado al cruzar algunas avenidas y, sobre todo, no caerse en las muchas acequias que recorren la zona exterior de las aceras. La verdad es que al caer la tarde estas acequias aportan frescura a la ciudad, pues llevan abundante agua. Cerca de nuestro hotel estaba la iglesia católica, la primera que veíamos en Uzbekistán desde que llegamos, hacía ya muchos días. No lejos de allí se encontraba también la iglesa ortodoxa, de inequívoco aroma ruso. Al fin, tras recorrer la arbolada avenida de la Universidad, vimos la famosa estatua de Tamerlán, cuya figura histórica, acallada por los soviéticos durante los largos años de dominación, volvió desde 1991 a ocupar el centro de la historiografía uzbeca. Como en tantos casos, estamos ante una recreación de la Historia, pues la Historia, no lo olvidemos, la escriben los vivos para evocar a los muertos. La gran estatua preludiaba ya el mausoleo donde está enterrado el personaje, no lejos de allí, precisamente junto a la calle dedicada a Ruy González de Clavijo, que describe de esta forma la ciudad tal como era en 1504:
"La ciudad de Samaricante está asentada en un llano e es cercada de un muro de tierra e de cavas muy fondas, e es poco más grande que la ciudat de Sevilla lo que es asy cercado pero fuera de la ciudat ay muy grand pueblo de casa que son ayuntadas como barrios en muchas partes, ca la ciudat es toda en derredor cercada de muchashuertas e viñas, e duran estas huertas en lugar legua y media e en lugar dos leguas, e la çiudat en medio, e entre estas huertas ay calles e plazas muy pobladas en que vive mucha gente, e venden pan e vino e carne e otras muchas cosas.
Asy, lo que es poblado fuera de los muros es muy mayor pueblo que lo que es cercado, e entre estas huertas que de fuera de la ciudat son estan las mas grandes e onradas casas, e el señor Tamerlan allí tenía los sus palacios e casas onradas, otrosy los grandes omnes de la ciudat las sus estancias e casas entre éstas las tenían, e tantas son estas huertas e viñas que acerca de la ciudat son, que cuando omne llega a la ciudat non paresce sinon una montaña de muy altos árboles e la ciudat asentada en medio. E por la ciudat e por entre estas huertas sobredichas ivan muchas açequias de agua, e en estas dichas huertas avía muchos melones e algodones (...)"
Parece mentira que todavía sean reconocibles muchas de las cosas que aquí se describen, como las acequias o el verdor. Sí me llamó la atención que el rótulo de la calle estuviera colocado sobre un muro que hacía de frontera entre, digamos, la ciudad de los turistas y la ciudad real. Tras el muro puede verse un barrio limpio, de aspecto humilde, de donde salen o a donde entran sus habitantes, unos curiosos, otros interesados en cambiar divisas a los turistas.
viernes, 31 de agosto de 2012
Luis de Mata i Araujo, discreto humanista de la transición
He puesto un título intencionadamente equívoco a esta entrada, pues, como ya sabemos, "la Transición", así llamada, se refiere a un período de la Historia de España que se inicia en el último cuarto del siglo XX. No obstante, el siglo XIX tuvo también sus guerras civiles y sus propias transiciones. La más importante quizá fue la que marcó el paso del absolutismo fernandino al nuevo contexto político del liberalismo moderado. Las humanidades ofrecen igualmente el fiel reflejo de este cambio. POR FRACISCO GARCÍA JURADO HLGE
Como viene siendo una pauta metodológica en nuestro proyecto de investigación, nuestro empeño común es el de estudiar el reflejo de los grandes hechos históricos y políticos en el pequeño mundo de las humanidades. Así las cosas, en la Europa que queda tras la derrota final de Napoleón Bonaparte se dan cita dos formas de estética: la residual del propio siglo XVIII, que pasará a llamarse de manera despectiva "clasicista", y la ideología emergente de aquellos que con el tiempo llamaremos "románticos". España ocupa un curioso papel en el contexto de esta nueva estética, ya como objeto de estudio en sí de los nuevos ideales románticos (la épica, el teatro de Calderón...), ya como incierta receptora de las nuevas ideas. Esta nueva estética, que convertía a España en un tema en sí y que era el vehículo de un incipiente nacionalismo español (después lo será también de otros nacionalismos), no supo ser aprovechada por los ideólogos de Fernando VII (así lo comenta el profesor Álvarez Junco en su recomendable libro Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 2001, p. 385). El error de no aceptar estas "nuevas ideas", y de aferrarse a unos ideales estéticos "clasicistas" supone una de esas paradojas que nos encontramos constantemente en la historia de las ideas, sobre todo cuando en la estética penetra arbitrariamente la carga de la ideología política. Después, los liberales moderados supieron sacarle partido a todo este nuevo ideario estético y político basado en la equivalencia de una lengua, una literatura y una nación.
El estudio de la Antigüedad había supuesto en Alemania una importante avanzadilla para estos nuevos vientos estéticos. F.A. Wolf concibe en Halle la Literatura Latina como un estudio histórico que se convierte en la expresión genuina de un pueblo: el romano. Esto ocurre en 1787, y se va creando paulatinamente un nuevo paradigma, el de la historia de la literatura latina frente al de la mera enseñanza de su lengua y los mejores autores, es decir, la retórica y la poética.
Cuando en la época de Fernando VII se crean las Escuelas de Latinidad de Calomarde se opta por el modelo de estudio tradicional, frente al nuevo paradigma histórico, que no aparecerá en el panorama educativo español hasta el decenio de los años 40 del siglo XIX.
En este contexto, la obra del preceptista de Latinidad Luis de Mata i Araujo es un buen ejemplo de la situación cambiante, pues él vivió la transición que va de los tiempos de absolutismo a los tiempos liberales, y desde el clasicismo supuestamente retrógrado al romanticismo supuestamente progresivo. El autor fue miembro de la Real Academia Greco-Latina Matritense durante su última etapa (escribió un bonito discurso latino en 1831), además de Catedrático de Retórica en el Instituto San Isidro. Su obras sobre gramática latina tienen una relevancia significativa entre los años 30 y 40 del siglo XIX. No menos importantes son sus libros dedicados a la preceptiva, como los Elementos de retórica y poética extractados de los autores de mejor nota (tercera edición publicada en Madrid en 1829). Pero cabe destacar su obra titulada Lecciones elementales de literatura aplicadas especialmente á la castellana (Madrid 1839), donde José Carlos Mainer ha encontrado ya, desde la primera página, los ecos de Madame de Staël sobre el asunto de la relación entre literatura y sociedad. Tengamos en cuenta los cambios significativos que se han producido en la política española desde el año de 1829 hasta el de 1839, en especial la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833. Mata i Araujo es permeable, si bien sólo en parte, al nuevo ideario romántico en su faceta más conservadora.
El libro combina, además, junto a la esperable Poética, un esbozo de Historia de la literatura "castellana", si bien todavía bajo el epígrafe de una formulación que nos recuerda a las del pasado siglo XVIII: "Del origen i progresos de la lengua i literatura castellana" (p. 370). El libro establece el siglo de oro de la literatura española entre los siglos XV y XVI, al contrario de lo que van a hacer los liberarles como Gil de Zárate, que lo atrasan hasta el XVII, en especial con el teatro, por la influencia de la nueva estética alemana. Mata i Araujo, que ni tan siquiera habla del teatro de Lope o Calderón, defiende al final de su libro un ideario literario-político que mire, ante todo, a los mejores autores españoles del siglo XVIII, pero donde quede expulsado todo resto de afrancesamiento, en aras de una literatura plenamente nacional:
"Debemos sobre todo descartar el filosofismo del siglo XVIII, imitando la sensatez i cordura de nuestros padres que supieron acoger sí las buenas ideas, pero también despreciar los errores i teorías halagüeñas que tantos desastres causaron á la Francia en su delirante republicanismo, i cuyas consecuencias estamos nosotros sufriendo ahora en una guerra civil desastrosa.
Déjense por fin otros de creerse superiores á todos los demas, hablándonos en un lenguaje mas alambicado que el Gongorismo: las obras siguientes en que pueden formarse nuestros jóvenes para escribir con un lenguage nacional digno en todo género de literatura, son ademas de las de los clásicos antiguos, las de los escritores desde el tiempo de Cárlos III (...)" (pp. 407-408).
Como vemos, las paradojas son muchas a la hora de hacer historiografía literaria. En Mata i Araujo lo que ahora es "ideología conservadora" se confunde con las líneas maestras de una parte del pensamiento español del siglo XVIII, el que trató precisamente de encontrar en lo propiamente hispano el germen de la restauración del buen gusto (es el caso de Gregorio Mayáns o Sempere y Guarinos): precisamente en la literatura de los siglos XV y XVI. Sin embargo, los nuevos aires estéticos venidos de Alemania van a cambiar de rumbo esta configuración, poniendo el mayor énfasis en la antigua épica, el romancero y el teatro español del XVII. Buena parte del pensamiento liberal de la época abandona los viejos ideales de los ilustrados españoles del siglo anterior para abrazar la nueva ideolgía romántica. De la idea de patriotismo ilustrado (personas libres que deciden crear una patria común) se pasa a la de nacionalismo romántico (pertenecemos a un pueblo predeterminado por nuestra propio nacimiento). No quiero tampoco que se pase por alto en el texto citado una interesante referencia a la Primera Guerra Carlista, la que tuvo lugar, con la muerte de Fernando VII, entre 1833 y 1840, cien años antes de otra guerra civil que los historiadores han terminado llamando, por antonomasia, la Guerra Civil.
Entiendo que se trataba, sobre todo, de una cuestión de oportunismo, de subirse cuanto antes al carro de las ideas dominantes, a la reacción contra el mundo ilustrado, confundido ya con las tropelías de Napoleón. Casi nunca hay lugar para los matices, o estamos con los buenos o estamos con los malos.
Francisco García Jurado H.L.G.E.
miércoles, 29 de agosto de 2012
El rapto de las jóvenes en Karakalpakstán: viaje al mundo remoto
Creo recordar que el gran medievalista George Duby cuenta en su conmovedora obra titulada "La historia continúa" (Madrid, Debate, 1993) que a menudo se ha hecho la idea de ciertas costumbres medievales europeas viajando, por ejemplo, a países del norte de África. No vamos a entrar en el manido problema historiográfico del progreso, pero sí quiero recordar, siquiera de pasada, cómo en la república autónoma de Karakalpakstán, ante cierta práctica aún en boga, me acordé de lo que cuenta el lingüista Émile Benveniste en su "Vocabulario de instituciones indoeuropeas" (Madrid, Taurus, 1983, traducido ejemplarmente por Jaime Siles). Me refiero, más en concreto, a la costumbre de raptar a la mujer. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Las costumbres arcanas revelan a menudo nuestra condición más básica y primitiva. Pensemos, sin ir más lejos, en muchas de las fiestas que a lo largo de España se están celebrando este mismo verano. Es difícil borrar estas costumbres, por legítimo que pueda parecernos. Cuando Penteo intentó terminar con los ritos orgiásticos de las bacantes, a pesar de los propios consejos de Dioniso de no ir en contra de tales costumbres, sufrió un cruel castigo. No obstante, los turistas españoles que recorren algunos países lejanos suelen llevarse las manos a la cabeza al escuchar las prácticas que se llevan a cabo en ellos. Naturalmente, esto volvió a ocurrir en la república autónoma de Karakalpakstán, en plena Asia Central, cuando nos contaron la cruel práctica del rapto de una joven para luego casarse con ella. Una de mis compañeras de viaje, Carmen García Gómez, llevaba un libro interesantísimo, "Viaje al silencio. Por los caminos de Asia Central" (Madrid, Alianza Editorial, 2005), escrito por Francisco López-Seivane, donde se relataba un caso real de esta práctica. El autor había hablado precisamente con un mujer raptada y violada hacía ya tiempo. Ella estudiaba una carrera universitaria y tenía novio, pero un "pretendiente" (llamémoslo así, por decirlo de alguna manera) se la llevó a su propia casa y allí, con el beneplácito de sus parientes, violó a la joven para que ésta ya no tuviera más remedio que casarse con él, según las prácticas sociales. Ella, por respeto a sus padres, no intentó ni tan siquiera escapar a otro país o emprender otra vida posible. Al cabo del tiempo, seguía casada con algo a lo que podría llamar "marido", sin ningún tipo de apego sentimental.
Todo ello me hizo recordar, como decía al comienzo, el libro de Émile Benveniste relativo a las instituciones sociales primitivas, y sobre todo cuando éste nos habla acerca de los verbos relativos a la compra-venta. Precisamente, una mañana, mientras desayunábamos en el hotel de la ciudad de Nukus, le conté a Carmen algunas cosas relativas al importante salto que supone pasar de "coger" o "arrebatar" algo o alguien a "adquirirlo" o "comprarlo". Esto supone un contrato social, un acuerdo previo entre dos partes donde ahora no es únicamente la fuerza bruta lo que pesa, sino una cierta idea de interés común, que es donde comienza a emerger la idea de sociedad. Sorprende, por ejemplo, pensar que el verbo latino que se utiliza para expresar la idea de "comprar" (el verbo "emo") significara en un principio y simplemente "tomar", y que el sentido más técnico de "comprar" se desarrollara a partir de la compra-venta de esclavos. El comercio nacía, pues, y la creación de un verbo específico para las ideas de "vender" y de "comprar", aunque fuera esclavos, ya daba cuenta de este nuevo estado de cosas. El matrimonio, como bien saben los expertos en la cultura romana, no deja tampoco de ser una relación contractual, donde un tutor entrega a una joven a un marido, que "conduce" ("duco" en latín) a ésta hasta su nueva casa. La mujer tan sólo es casada ("nubo" en latín), de una forma absolutamente pasiva. El rapto, pues, no dejaría de ser un acto previo a este nuevo contrato, similar al de la compra-venta. Dentro de lo terrible que puede ser esta práctica, que incluso, por lo que parece, algunos novios llevan a cabo con el consentimiento de la novia, de manera simbólica, nuestros viajes por el mundo suelen ser, a menudo, viajes también por el tiempo. Tampoco dejaba, asimismo, de ser un viaje por el tiempo, ahora más cercano a mi propia circunstancia vital, escuchar los argumentos de nuestro guía justificando la dictadura en Uzbekistán porque "todo el mundo come". Estos argumentos se los he oído utilizar a familiares míos hace unos años, en los tiempos iniciales de la transición, a manera de nostalgia por la dictadura franquista. La idea de progreso (o la más compleja de "crecimiento") en la Historia no es unívoca, y a menudo debemos estar dispuestos a encontrarnos con nosotros mismos a miles de kilómetros de casa. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Las costumbres arcanas revelan a menudo nuestra condición más básica y primitiva. Pensemos, sin ir más lejos, en muchas de las fiestas que a lo largo de España se están celebrando este mismo verano. Es difícil borrar estas costumbres, por legítimo que pueda parecernos. Cuando Penteo intentó terminar con los ritos orgiásticos de las bacantes, a pesar de los propios consejos de Dioniso de no ir en contra de tales costumbres, sufrió un cruel castigo. No obstante, los turistas españoles que recorren algunos países lejanos suelen llevarse las manos a la cabeza al escuchar las prácticas que se llevan a cabo en ellos. Naturalmente, esto volvió a ocurrir en la república autónoma de Karakalpakstán, en plena Asia Central, cuando nos contaron la cruel práctica del rapto de una joven para luego casarse con ella. Una de mis compañeras de viaje, Carmen García Gómez, llevaba un libro interesantísimo, "Viaje al silencio. Por los caminos de Asia Central" (Madrid, Alianza Editorial, 2005), escrito por Francisco López-Seivane, donde se relataba un caso real de esta práctica. El autor había hablado precisamente con un mujer raptada y violada hacía ya tiempo. Ella estudiaba una carrera universitaria y tenía novio, pero un "pretendiente" (llamémoslo así, por decirlo de alguna manera) se la llevó a su propia casa y allí, con el beneplácito de sus parientes, violó a la joven para que ésta ya no tuviera más remedio que casarse con él, según las prácticas sociales. Ella, por respeto a sus padres, no intentó ni tan siquiera escapar a otro país o emprender otra vida posible. Al cabo del tiempo, seguía casada con algo a lo que podría llamar "marido", sin ningún tipo de apego sentimental.
Todo ello me hizo recordar, como decía al comienzo, el libro de Émile Benveniste relativo a las instituciones sociales primitivas, y sobre todo cuando éste nos habla acerca de los verbos relativos a la compra-venta. Precisamente, una mañana, mientras desayunábamos en el hotel de la ciudad de Nukus, le conté a Carmen algunas cosas relativas al importante salto que supone pasar de "coger" o "arrebatar" algo o alguien a "adquirirlo" o "comprarlo". Esto supone un contrato social, un acuerdo previo entre dos partes donde ahora no es únicamente la fuerza bruta lo que pesa, sino una cierta idea de interés común, que es donde comienza a emerger la idea de sociedad. Sorprende, por ejemplo, pensar que el verbo latino que se utiliza para expresar la idea de "comprar" (el verbo "emo") significara en un principio y simplemente "tomar", y que el sentido más técnico de "comprar" se desarrollara a partir de la compra-venta de esclavos. El comercio nacía, pues, y la creación de un verbo específico para las ideas de "vender" y de "comprar", aunque fuera esclavos, ya daba cuenta de este nuevo estado de cosas. El matrimonio, como bien saben los expertos en la cultura romana, no deja tampoco de ser una relación contractual, donde un tutor entrega a una joven a un marido, que "conduce" ("duco" en latín) a ésta hasta su nueva casa. La mujer tan sólo es casada ("nubo" en latín), de una forma absolutamente pasiva. El rapto, pues, no dejaría de ser un acto previo a este nuevo contrato, similar al de la compra-venta. Dentro de lo terrible que puede ser esta práctica, que incluso, por lo que parece, algunos novios llevan a cabo con el consentimiento de la novia, de manera simbólica, nuestros viajes por el mundo suelen ser, a menudo, viajes también por el tiempo. Tampoco dejaba, asimismo, de ser un viaje por el tiempo, ahora más cercano a mi propia circunstancia vital, escuchar los argumentos de nuestro guía justificando la dictadura en Uzbekistán porque "todo el mundo come". Estos argumentos se los he oído utilizar a familiares míos hace unos años, en los tiempos iniciales de la transición, a manera de nostalgia por la dictadura franquista. La idea de progreso (o la más compleja de "crecimiento") en la Historia no es unívoca, y a menudo debemos estar dispuestos a encontrarnos con nosotros mismos a miles de kilómetros de casa. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
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