sábado, 6 de octubre de 2012

Menéndez Pelayo y los estudios de tradición clásica en España

Con motivo del centenario de la muerte de Menéndez Pelayo, el profesor Joaquín Álvarez Barrientos ha coordinado un monográfico sobre el polígrafo santanderino que acaba de publicarse en la prestigiosa revista Ínsula de este mes de octubre. Para la elaboración de este número tuvo a bien invitarme a colaborar con un trabajo dedicado a los comienzos de la tradición clásica en España que, por circunstancias de la vida, terminé de pulir en la preciosa ciudad de Edimburgo. Por ello, ahora, cuando pienso en este trabajo, no puedo dejar de pensar en la New Town de la ciudad escocesa (en la fotografía), y en el frío feliz que sentí en ella. Estas asociaciones imprevistas entre autores y ciudades dan color a la vida. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Voy a reproducir en este blog el primer párrafo de mi contribución al número 790 (octubre de 2012) de la revista Ínsula: "La Tradición clásica constituye hoy día una de las disciplinas que goza de mayor auge en el campo de los Estudios clásicos. No obstante, su éxito a menudo conlleva cierta laxitud a la hora de definir tanto sus objetivos como sus límites epistemológicos. Parece, al igual que ocurre con otras disciplinas, como la Historia de la literatura latina o la española, que siempre ha estado ahí presente, cuando en realidad su formulación obedece a razones modernas. De hecho, puede parecer, cuando menos, curioso, que nadie haya utilizado la etiqueta “Tradición clásica” hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX. Esto no quiere decir que la Tradición clásica no haya existido antes, pero no ha ocurrido lo mismo con su formalización como estudio académico e incluso su conceptualización frente a otras formas de tradición alternativas a la herencia del mundo grecolatino. Si su formulación como concepto es moderna, no menos modernos son los métodos de su estudio, en particular el positivismo y el historicismo. Éstos se basan, sobre todo, en la ponderación preferente de los datos como tales, por delante, por ejemplo, de las relaciones que esos datos pudieran guardar entre sí. Este método, en el caso del estudio literario, se conoce como “A en B”, que en términos concretos responde a una de las obras que en España inauguraron los propios estudios de Tradición clásica: Horacio en España, de Marcelino Menéndez Pelayo (Ruiz Casanova, 2007). De esta forma, el autor antiguo, en este caso el poeta Horacio, se estudia dentro de una nueva realidad histórica, España y su literatura, estableciendo una relación de único sentido entre el punto de partida y el de llegada, de acuerdo con el estudio de las fuentes. El tiempo fue dando lugar a nuevos métodos e incluso a expresiones alternativas para hablar acerca de la tradición, como “recepción”, que hacen más hincapié en quien lee la obra que en quien la escribe." FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 4 de octubre de 2012

Júpiter y Ganímedes: la falsa “Antichità”, según Mengs


Roma sigue estando poblada hoy día por muchas tiendas que llevan el rótulo “Antichità”. Tales lugares están repletos de obras de arte más o menos antiguas, más o menos clásicas y más o menos bellas. En todo caso, el denominador común de todas ellas es el precio escandaloso y desmedido. Hoy día, las antigüedades abarcan más cosas que en el siglo XVIII, y es así como algunas falsas obras antiguas han terminado convirtiéndose en verdaderas. Estas reflexiones nos las sugiere la pintura “Júpiter besa a Ganímedes”, de Antonio Rafael Mengs. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO Recordando sus días felices en Roma, Goethe nos cuenta en su Viaje a Italia cómo el pintor Antonio Rafael Mengs quiso hacer pasar una creación suya como pintura antigua. Si algún viajero actual se hace acompañar de los textos de Goethe durante sus paseos por Roma, quedará sorprendido al encontrar esta pintura en la Colección Barberini. Naturalmente, tienen que darse dos condiciones harto improbables, como leer a Goethe y visitar museos de arte. Mengs quiso pintar una “antichità”, género deseado por los turistas que por aquel entonces ya se dejaban engañar bajo el bello sol italiano. De hecho, el historiador del arte por antonomasia, aquel que hizo de Italia y su arte un codiciado sueño, Winckelmann, declaró la pintura creada por Mengs en 1760 como la más bella que jamás se había encontrado procedente de la Antigüedad. Sin embargo, Mengs no fue capaz, no sabemos si por remordimiento o vanidad, de llevarse su secreto a la tumba. Quedó así desvelada, “motu proprio”, una de las falsificaciones más sonadas y bellas que conocemos. Lo más curioso es que la Historia de arte, disciplina creada precisamente para poner orden en el caos de las cosas y del tiempo, sirviera precisamente para legitimar una obra como antigua y convertirla nada menos que en uno de los hitos del arte clásico. Hoy la obra, finalmente, ya puede ser considerada como “antigüedad” y su falsedad ha creado una historia absolutamente verdadera. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 30 de septiembre de 2012

Un momento memorable en Salamanca

Cuando escribo estas líneas estoy recordando, más bien evocando, un texto previo, “Un cocido memorable”, del escritor Joan Perucho. Siempre me atrae la atmósfera de la nostalgia, o de esa lucha desigual que mantiene la emotiva memoria contra el ciego e implacable tiempo. Por ello, he querido hoy rememorar una amena comida que transcurrió el 21 de septiembre de 2012 en Salamanca con muy agradable compañía (de derecha a izquierda): Mireya Fernández Merino, Luisa Shu-Ying Chang, Carlos García Gual, yo mismo y Ana González-Rivas Fernández. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Iba dando sus últimas bocanadas el XIX Congreso de Literatura Comparada de Salamanca, y teníamos prevista una suerte de comida oficial, de despedida, con la Junta directiva de la propia sociedad (Carlos es presidente de honor, quien esto escribe dejaba de ser vocal ese mismo día, y Ana ingresaba como flamante vocal de jóvenes investigadores). Sin embargo, un hecho casi extraordinario nos arrojó, un tanto como improvisados náufragos, a esta pequeña mesa redonda. Resulta que la mesa presidencial fue llenándose de japoneses, recién llegados al congreso para celebrar por la tarde una ceremonia del te que pondría cierto broche exótico a las actividades académicas, en particular a la sección del congreso dedicada a la literatura japonesa. A Carlos, a Luisa (catedrática llegada desde Taiwán, y, entre otras muchísmas cosas, traductora de Camilo José Cela al chino), a Mireya (experta en literatura caribeña) y a Ana (que tiende puentes insospechados entre la literatura gótica inglesa y la grecolatina) les pareció una idea magnífica crear este grupo del que tuve la inmensa suerte de formar parte. En el menú de la comida había una suerte de ensalada griega provista de salmón y carente de pepino y pimiento, algo que suscitó asombro y hasta pasmo. Sin embargo, esta ensalada era algo típico de los imaginarios que estudiamos en la literatura comparada, donde la recreación del otro a menudo tiene poco que ver con su realidad. Carlos nos estuvo relatando preciosas anécdotas, por ejemplo, sobre el encuentro que en torno a la literatura fantástica se celebró en Sevilla en 1983. Jacobo, el conde de Siruela, fue el organizador. A este encuentro concurrieron personas como Italo Calvino y Borges, a la vez que otros españoles, como Luis Alberto de Cuenca y el mismo Carlos, y a mí me vino a la memoria el precioso ejemplar editado por Siruela que recuerda este encuentro (lo adquirí de oferta un día muy feliz de mi vida, cómo iba a olvidarlo). Luisa nos habló sobre sus traducciones al chino de literatura española, y tuvimos la oportunidad de comprobar la diferencia esencial que hay entre ser “hispana” y ser “hispanista”, pues la primera es una condición defectiva, mientras que la segunda es puro fruto de la voluntad de ser. Luisa citó en cierto momento el microrrelato de Monterroso “Cuando despertó, el dinosaurio todavía esta allí” y yo le comenté la inspiración que el autor había recibido de un concepto propio de la literatura latina clásica, la “brevitas”, que define perfectamente la obra del fabulista Fedro. Pensé en lo lejos que quedaba, al menos conceptualmente, Fedro de Taiwan, pero recordé en silencio, para mí solamente, el encuentro imaginario que yo mismo tuve con el erudito Aulo Gelio cerca de Shanghai, hace ya unos años. Fue cuando en una inmensa librería encontré la palabra “Classics”, que Gelio utiliza por primera vez para hablar acerca de los mejores autores. En fin, aquella comida transcurrió alegremente, con la tranquilidad que sólo ciertas afinidades confieren a las personas. Después tuvimos que partir, la mayor parte a Madrid (sólo se quedaba Mireya, pues debía intervenir por la tarde). Luisa marchaba también para adquirir libros y seguir con su intenso periplo español. Nos despedimos ya fuera del restaurante, en el precioso patio renacentista que Gil de Siloé diseñó para el Colegio Fonseca, y como apenas puedo vivir sin literatura, me fui de aquel lugar deseando relatar ese momento y recordando el admirable y melancólico texto que Joan Perucho dedicó a un cocido memorable en el madrileño Lhardy. Francisco García Jurado

viernes, 28 de septiembre de 2012

El discreto encanto del texto incompleto: entre la cita y el fragmento

Hoy hablamos de filología, que para algunos de nosotros no es una mera carrera universitaria, ni tan siquiera una mera forma (no siempre fácil) de buscarnos la vida, sino, ante todo, una forma de vivir, de estar en el mundo. Citas y fragmentos son parte intrínseca de nuestro amor por lo textos, y a ellos vamos a dedicar este blog. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Cuando leemos la obra del lexicógrafo Nonio Marcelo, del siglo IV d.C., tenemos la extraña sensación de estar a menudo ante un cementerio de textos. Diversas catástrofes históricas han dado lugar al hecho de que sus “citas” textuales, extraídas de glosarios, o en algunos casos de obras completas , tan sólo sean para nosotros “fragmentos” o reliquiae, precisamente conservados gracias a él . Si la cita de un texto ajeno dentro de otro puede servir de estímulo a un lector atento para regresar al texto originario, el fragmento, sin embargo, invita más bien a la hermenéutica, es decir, a la interpretación de una realidad textual mutilada (y, por tanto, mucho más polisémica de lo que sería en su estado original), o la reconstrucción de un contexto que ya sólo es posible imaginar ante su irreparable pérdida. La literatura latina nos ofrece buenos ejemplos de esta ambigua situación que oscila entre la cita y el fragmento. Las numerosas citas del filósofo Séneca que se compilaron en el llamado Libro de oro pueden ser todavía cotejables con los textos de donde fueron extraídas. Séneca puede ser leído, por tanto, como un autor de sentencias memorables , pero también como autor de obras conservadas en su integridad. Sin embargo, otros autores, como los mimógrafos Publilio Siro y Décimo Laberio, han quedado reducidos a las citas que se extrajeron de ellos y que ahora no son más que reliquiae. Estas citas, fuera de contexto, aparecen como sentencias de carácter moral, donde nos resulta imposible adivinar las diferentes intenciones que podían desempeñar en la escena dramática, como puede ser, por ejemplo, el grado de ironía. Imaginemos que una famosa frase de Terencio, Homo sum, humani nil a me alienum puto (Heaut. 77), hubiera quedado definitivamente descarnada de su contexto originario, es decir, justificando simplemente la intromisión del anciano Chremes en asuntos que no le conciernen: MENEDEMUS. Chreme, tantumne ab re tuast oti tibi aliena ut cures ea quae nil ad te attinent? CHREMES. Homo sum: humani nil a me alienum puto. (Ter., Heaut. 75-77, ed. R. Kauer y W.L. Lindsay) La cita, convenientemente descontextualizada, deja de servir como excusa propia de un “metomentodo” para convertirse en la frase idónea que caracteriza a cualquier filántropo y altruista. Por lo demás, la belleza de la cita en sí, al tiempo que la oportunidad de su uso dentro una conversación, es lo que, según Aulo Gelio, motiva el interés de su uso, como cuando él mismo recoge algunas sentencias extraídas de los mimos de Publilio Siro . Así pues, la cita o sententia debe constituir una unidad de sentido que permita su fácil inteligencia y aplicación a nuevas situaciones . No olvidemos que la cita es fruto de una lectura previa hecha por alguien que ha sabido captar el valor intemporal de ese texto. Sin embargo, a veces el texto conservado de una cita como tal ofrece problemas para su correcta inteligencia. Sin ir más lejos, dentro de la lista de catorce sentencias de Publilio Siro ofrecidas por Gelio, una de ellas es contradictoria: Frugalitas miseria est rumoris boni Esta sentencia ofrece problemas para su correcta inteligencia, pues se espera que la frugalitas, un término claramente positivo que está referido a una virtud tan idealizada en Roma como la “prudencia” o la “sobriedad” no sea, literalmente, la “miseria de la buena fama” . Miseria es la lectura que podemos leer en las NCursivaoches áticas según el texto editado por Marshall (con una variante en el aparato crítico: inserta) . Si nos atenemos estrictamente a lo que podemos leer y no nos aventuramos con conjeturas textuales, cabe interpretar que “la frugalidad” es una suerte de “miseria”, salvo en el hecho de que con ella se disfruta de “buena reputación”, lo que podía ser admisible dentro de un contexto irónico comprensible tan sólo dentro del contexto dramático originario. Esta suposición implica imaginar y recrear un contexto que ya no existe. Si nos circunscribimos exclusivamente al texto que conservamos, queda siempre la tentación de la conjetura textual. En este sentido, Herrero Llorente sigue la edición de las sentencias debida a G. Meyer y lee en el texto latino la palabra maceria (“pared de adobe”) en lugar de miseria, lo que justifica su traducción: “La templanza es la base de la buena fama” . Lo que queda claro es que la ironía, en el caso de haber existido, no se transmite fácilmente en la cita, una vez extraída de su contexto, aunque cabría pensar que han quedado huellas de ella, precisamente a causa de la dificultad interpretativa que la cita resultante entraña. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 17 de septiembre de 2012

Viajes y literatura alrededor del mundo: entre antiguos y modernos

Hoy, 18 de septiembre de 2012, comienza el XXII SIMPOSIO NACIONAL DE ESTUDIOS CLÁSICOS ("Significación y Resignificación del Mundo Clásico Antiguo"), organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) y la Asociación Argentina de Estudios Clásicos (AADEC). No he podido desplazarme hasta Tucumán (hace unos años sí pude hacerlo), pero gracias a la técnica hoy podré dar una videoconferencia sobre un tema apasionante: “Viajes y literatura alrededor del mundo: entre antiguos  y modernos”. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Para Mirta Estela Assis de Rojo y Alba Romano, infatigables viajeras e investigadoras.

Siempre que nos fuera posible deberíamos desarrollar de manera simultánea dos actividades felices: viajar leyendo o, por qué no, leer viajando. No son acciones tan independientes como algunos pudieran creer. Leer buenos libros ya es de por sí, ciertamente, una forma de viajar, pero la lectura cobra nuevos matices cuando hay, además, un viaje como telón de fondo. De manera recíproca, a menudo, leer mientras viajamos permite que nuestro viaje no sea un mero desplazamiento. Leer nos ayuda, en definitiva, a cobrar conciencia del viaje. Esto lo sabían bien los antiguos turistas, cuyas guías de viaje no era simplemente un medio de información, sino también una ocasión para leer textos literarios en acertadas evocaciones de aquello que visitaban. Cuando viajamos podemos leer dos tipos de obras: las que tienen que ver con el lugar al que viajamos (pensemos, por ejemplo, que vamos a Grecia acompañados de la "Descripción de Grecia" escrita por Pausanias) o aquellas que obedecen a razones caprichosas (¿por qué no leer a Borges en plena ruta de la seda?). En uno y otro caso, la literatura del siglo XX está repleta de autores que han leído, de manera más o menos motivada, a los autores grecolatinos en lugares curiosos, motivados o no. Hay un tipo de lecturas que restituye a los autores clásicos a sus lugares de origen. Recuerdo en este caso la exquisita obra de Gilbert Highet titulada "Poets in their landscape" (María José Barrios lo supo hallar en la librería Blackwells de Oxford), que recrea los paisajes italianos de los grandes poetas latinos (y me recuerdo en este momento sobre las gradas del teatro de Verona -en la fotografía- rememorando el pasaje donde Highet evoca precisamente este lugar). En otros casos, los autores clásicos se dispersan por geografías improbables y remotas. Es el caso de Aulo Gelio cuando queda afincado en la Argentina poética de Arturo Capdevila, o el Herodoto que viaja por China con el periodista Ryszard Kapuscinski, al igual que un ejemplar del mismo historiador griego acompaña al "Paciente inglés" en la novela de Michael Ondaatje. No me olvido de la lectura que en la noche cubana hace Lezama Lima de Suetonio. En Ginebra he evocado la lectura que un Borges adolescente hizo de la primera égloga de Virgilio, y en México he recordado la emotiva lectura que de Fedro hizo el incomparable Augusto Monterroso. Todo esto tiene un significado más oculto todavía: nuestra necesidad de sentirnos vivos y de que el recuerdo se convierta en un poderoso aliado de nuestra felicidad. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 16 de septiembre de 2012

Bellas durmientes: la "Hipnofilia" como disfunción sexual y pasión literaria

El tema del vestido de la amada no es nuevo. He tenido la oportunidad de rastrearlo en la obra del poeta latino Sexto Propercio. No sólo el vestido, sino otros aspectos de la amada, en especial su sueño, componen esa gramática morbosa del deseo. Así pues, el placer que suscita la contemplación de una persona dormida ha sido tratado tanto por nuestros autores de la Antigüedad y como por otros autores modernos. Cuando este placer constituye una fuente de excitación, se denomina "Hipnofilia". No en vano, tanto Sexto Propercio como Marcel Proust practicaron, sin saberlo, esta costumbre tan singular. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Hablamos de bellas durmientes, y es verdad, pero no se trata del inocente cuento que todos conocemos. La literatura, y también hoy día el cine, nos ofrecen buenos ejemplos de contemplación de bellas durmientes. Vamos a ver un ejemplo notable en la comparación del poeta Propercio y el novelista Marcel Proust. Propercio es un poeta latino muy cercano a nuestra sensibilidad moderna. Su amor y sus celos por Cintia, a pesar de los siglos que han pasado, están tan vivo como el primer día. Observemos con qué deleite contempla Propercio a su amada cuando duerme. Como no podía ser de otra manera, el poeta romano asocia esta contemplación a la figura mítica de Ariadna cuando queda tendida sobre la arena de la playa:
"Tal como quedó tendida, al alejarse la nave de Teseo languideciente, la Gnosia, en las desiertas playas, y tal como en su primer sueño la cefia Andrómeda se tendió libre ya de las duras rocas, y no menos cansada la bacante tras sus continuas danzas se abandonó desfallecida en el herboso Apídano, así me pareció Cintia respirar suave reposo apoyando su cabeza en vacilantes manos cuando yo arrastraba mis pasos ebrios por el abundante Baco y los criados agitaban las teas en la tarda noche. Aún no perdidos todos mis sentidos, intento acercármele apoyándome suavemente en su oprimido lecho; y aunque arrebatado por doble ardor me impulsaban de aquí Amor, de allí Líber, dioses crueles ambos, a acariciar su cuerpo colocando suavemente mi brazo bajo ella, y a dar besos y luchas con dispuesta mano, sin embargo no osaba turbar el reposo de mi amada temiendo los enojos de su probada crueldad;" (Prop. 1,3, 1-18 trad. de Hugo Bauzá en Alianza Editorial)
La representación de Ariadna dormida en Naxos, abandonada por Teseo, así como la de Ménades y ninfas vencidas por el sueño, es un tema propio del arte helenístico. Catulo hace una de las más importantes aproximaciones en su carmen 64. El hecho de que sea Dionisio quien encuentra a Ariadna dormida y que se enamore de ella ofrece perfecto un paradigma mitológico al amante cuando presencia el sueño de su amada. En este caso, debemos considerar que estamos ante una literatura de fuerte contenido iconográfico, presidida por las representaciones escultóricas de Ariadna dormida.
En la otra elegía donde Propercio trata del asunto de la amada dormida podemos ver que el planteamiento ahora es bien distinto, pues no se trata del amante ebrio que llega en medio de la noche, sino del amante celoso que acude a comprobar que su amada duerme sola:
"Era el alba y quise ver si ella descansaba sola Y Cintia estaba sola en su lecho. Me quedé atónito, nunca me pareció más hermosa, Ni siquiera cuando se vistió con purpúrea túnica E iba entonces a referir sus sueños a la casta Vesta A fin de que ni a ella ni a mí fueran dañinos: Tal me pareció recién liberada del sueño. ¡Ah, cuánto vale por sí misma la resplandeciente belleza!" (Prop. 2,29b, 1-8)
En la elegía se desarrollan varios aspectos interesantes, como la de la belleza de la amada dormida o su naturalidad al despertar, que no debemos perder de vista. La amada dormida pasa a releerse a través del tiempo adquiriendo otros valores. De hecho, cobra un importancia capital dentro de la estética prerrafaelita, como podemos ver en pinturas tan importantes como “Flaming June”, de Frederic Leighton (ca. 1895). Cabe también apreciar el desarrollo del tema en Paul Cesar Helleu, el pintor y grabador amigo de Proust, famoso por sus retratos femeninos, como el titulado “Joven en un diván”. Tales presupuestos mitológicos, literarios e iconográficos pueden ayudarnos a entender mejor las descripciones que hace Proust para describir el sueño de Albertine. Observamos que, como en Propercio, en el texto siguiente de La recherche aparece el asunto de la naturalidad de la durmiente:
"Por otra parte, no era sólo el mar al atardecer lo que vivía para mí en Albertina, sino a veces el mar dormido en la arena las noches de la luna. Porque a veces, cuando me levantaba para ir a buscar un libro al despacho de mi padre, mi amiga, que me había pedido permiso para echarse en la cama mientras tanto, estaba tan cansada por la larga excursión de la mañana y de la tarde, al aire libre, que, aunque yo hubiera pasado sólo un momento fuera de mi cuarto, al volver encontraba a Albertina dormida y no la despertaba. Tendida cuan larga era, en una actitud de una naturalidad que no se podía inventar, me parecía como un tallo florido que alguien dejara allí; (…)" (La prisionera, Traducción de Consuelo Bergés, Alianza Editorial, p. 73)
Cabría pensar, al igual que ocurre ante el cuadro de Leighton, en una suerte de mitología subliminar, si bien presenta los rasgos suficientes como para que podamos pensar en una figura mítica como Ariadna. Por lo demás, los deseos sexuales ante la amada dormida, que hemos encontrado en Propercio, se satisfacen en la Recherche sin necesidad de que ésta se despierte, al tiempo que sus extremidades se comparan con ramas inertes:
"A veces me hacía gustar un placer menos puro. Para ello no tenía necesidad de ningún movimiento, extendía mi pierna contra la suya, como una rama que se deja caer y a la que se imprime de cuando en cuando una ligera oscilación…" (La prisionera, p. 76 )
Y también asistimos al despertar de Albertine, la liberación del sueño, según Propercio:
"Pero a este placer de verla dormir, tan dulce como sentirla vivir, le ponía fin otro placer: el de verla despertarse. Era, en un grado más profundo y más misterioso, el placer mismo de que viviera en mi casa." (La prisionera, p. 77)
Pero cuando la amada es consciente de sus acciones durante la noche, y no un mero objeto inerte, aparece uno de los motivos más propiamente elegíacos, el del lamento del amado ante su puerta, o las ianuae querellae (Prop. 1,16), que representa ante todo el impedimento y la frustración: "para que yo, mi vida, deje de quejarme de ti, a tu puerta" (Prop. 1,8, 24) "Y no puedo descansar en las esquinas, mientras la luna está sedienta de amor, Ni suplicarte a través de la rendija de tu puerta." (Prop. 2,17, 15-16) El motivo, de una manera subliminar, pero reconocible tanto en la acción de quedar apostado y de llorar, aparece también en el texto de la Recherche:
"Volvía a apostarme ante su puerta, pero ya no se veía luz por la rendija. Albertina había apagado, se había acostado, y yo seguía allí quieto, esperando no sé qué oportunidad que no llegaba; y al cabo de mucho tiempo, muerto de frío, volvía a meterme bajo las mantas y me pasaba llorando todo el resto de la noche." (La prisionera, p. 119-120).
Francisco García Jurado

jueves, 13 de septiembre de 2012

Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI

Acaba de aparecer en la Revista de Literatura, publicada por el CSIC, mi trabajo titulado "Aulo Gelio y la literatura española del siglo XVI: Autor, texto, comentario y relectura moderna" (Revista de Literatura 147, enero-julio 2012). Se analiza en este trabajo las referencias a Aulo Gelio en los autores españoles del siglo XVI, en particular Fray Antonio de Guevara, Pedro Mejía, y Cristóbal de Villalón. Asimismo, se recurre puntualmente a importantes comentarios sobre Gelio y la miscelánea que encontramos en Michel de Montaigne y Luis Vives. Se revisan los datos a la luz de las referencias al autor antiguo como tal, el interés temático de sus citas, los comentarios críticos a la obra y su relectura moderna, miscelánea o ensayística. Este blog ofrece el comienzo del trabajo y mi propia mano es la que sostiene una preciosa edición de Gelio de comienzos del siglo XVII. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Los libros que componen las Noches áticas de Aulo Gelio (s. II) responden a la plasmación física de una idea dinámica de la literatura, pues suponen un conjunto variopinto de lecturas, audiciones y recuerdos organizados con aparente libertad dentro de una miscelánea. Su fama posterior, su difusión en otras obras, a manera de citas, comentarios o relecturas, presenta la misma naturaleza que dio lugar a la obra en sí. De esta forma, los libros de Gelio serían tanto el fruto de una variada escritura, la del propio autor, como de una lectura intensa y rica por parte de otros autores posteriores. Cabe preguntarse, sin embargo, cómo pudo ser ese proceso de lectura en España durante la Edad Moderna, ya que las Noches áticas no se traducen al castellano hasta finales del siglo XIX, concretamente en 1893, momento en que se abre una nueva página de las lecturas de Gelio en castellano, como hemos tenido ocasión de estudiar en otro lugar (García Jurado 2008, p. 58). Sin embargo, su aparición en la literatura española, si bien discreta, en comparación con otros grandes autores de la Antigüedad, es constante, y da prueba de que hay un conocimiento de la obra por parte de autores como Fray Antonio de Guevara o Pedro Mejía, que contribuyen, asimismo, a su difusión indirecta. Así pues, el carácter misceláneo de la obra de Gelio, su naturaleza de obra abierta, de recopilación de escritos varios, también se deja ver en la propia recepción moderna. Es un libro destinado a personas eruditas, de ahí la no necesidad de una traducción hasta pasados muchos siglos. Cabe preguntarse si el estudio de la huella de sus lecturas en la literatura española nos permitiría llevar a cabo una antología (“antología inminente”, como diría Alfonso Reyes) de una parte significativa de las historias y noticias que aparecen en la obra latina. Si esto fuera posible, cabría hablar, por tanto, de una forma de traducción implícita de la obra, que unos leen y narran para que otros la conozcan a través de sus lecturas. Puede darse, asimismo, el fenómeno de que un autor que cite a Gelio no lo haya leído directamente, sino a través de otros autores. Este es uno de los resortes esenciales del funcionamiento de la antología. FRANCISCO GARCÍA JURADO