Se ha producido un error en este gadget.

domingo, 7 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA

Tras mucho tiempo de paciente trabajo, y luego de esperas, al final nos hemos dedicido Javier Espino y yo mismo a publicar en forma de libro electrónico nuestra obra titulada "El profesor de latín en la literatura española". Es un libro que, honestamente, creo que deberían leer al menos todos los profesores de latín que en este país aún quedan y, por supuesto, toda persona interesada por las relaciones entre educación, historia cultural y literatura. Todavía hoy pervive en nuestro imaginario colectivo una imagen peculiar de los profesores de latín, llamados en otros tiempos dómines o gramáticos. Nuestro libro pasea por testimonio diversos y ricos, desde el humanista Luis Vives hasta el cercano Antonio Muñoz Molina. Me es muy difícil poder entresacar de entre tantos testimonios analizados algunos retratos, pero es mi intención en este blog y los de la semana entrante ofrecer ya como primicia un pequeño aperitivo de lo que va a ser el libro (se publicará como libro electrónico en el Portal Liceus). Dejo, por tanto, hoy, algunos datos esenciales, ilustrados con textos que no dejan indiferentes:

No deja de ser singular que fuera la biblioteca del catedrático de latín Jesús Muruais la que diera a conocer a Valle-Inclán, allá por 1893, los autores franceses decadentistas que iban a configurar en buena medida su personalidad literaria. Esta circunstancia de que un autor como Valle pudiera conocer la moderna literatura europea gracias a un profesor de latín no dejará de sorprender a algunos, dado que hay toda una suerte de tópicos fuertemente arraigados que han venido configurando la tradicional imagen de la figura del profesor de latín, al ligarle irracionalmente al pasado y enfrentarle a toda forma de modernidad. Parejo a los tópicos, es innegable que el profesor de latín ha sido una figura fundamental en nuestra historia educativa, dado que durante siglos el latín ha constituido prácticamente la única materia que se cursaba en el periodo que hoy conocemos como enseñanza secundaria. Este carácter tan central del maestro de latinidad ha dado lugar a que podamos encontrar en las letras españolas un copioso número de testimonios literarios, bien reales o ficticios, que tienen como asunto el retrato tanto físico como de carácter de tales preceptores. Tras tres años de estudio y selección de textos, hemos conseguido reunir una pequeña antología que nos permite configurar el retrato de este docente a lo largo de cinco siglos de literatura española, concretamente desde Luis Vives hasta nuestros recientes Antonio Muñoz Molina y Juan Manuel de Prada. En esta mesa redonda vamos a referir algunos rasgos significativos que puedan dar una idea básica de cómo se ha configurado el retrato literario del profesor de latín desde el humanismo hasta el presente. Cada época analizada, como veremos, nos reporta una visión complementaria del profesor, de lo que nos dan idea, a su vez, las diferentes denominaciones que ha ido teniendo, tales como la de gramático, pedante, dómine y profesor:

a) El Humanismo nos ofrece un retrato que raya con lo utópico, como es la figura del gramático erasmista, verdadero contrapunto del “bárbaro” que tanto nos recuerda a algunos pasajes de la carnavalesca obra de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel. De entre los posibles ejemplos que nos ofrecen los autores hispanos, vamos a entresacar uno tomado de Los Diálogos, de Luis Vives. Aunque en esta obra pueden encontrarse diferentes maestros reales e imaginarios, es, a nuestro juicio, Philópono, el más representativo de todos. Filópono, cuyo nombre quiere decir “amigo del trabajo”, encarna un tipo de gramático honrado y sabio que recibe los más encendidos elogios en el diálogo III: diligentissimus et vir probissimus Philoponus, nec eruditionis aspernandae. En el diálogo siguiente hay, no obstante, una mínima descripción física que no deja de ser un pequeño contrapunto a tanto idealismo, pues se nos dice que Philoponus est ludimagister ille senex, procerus, lusciosus, es decir, un hombre anciano, alto y corto de vista. A esta caracterización cabe añadir otra en el diálogo XXI, donde unos muchachos que se disponen a jugar alegremente a las cartas aconsejan dejar toda la gravedad para Philopono tetrico, es decir, para el maestro “tétrico” u “oscuro”, opuesto, por tanto, a la felicidad y el desenfado. Estas características, aunque no sean más que meras pinceladas insignificantes, parecen entrar en contradicción con el retrato idealizado de gramático humanista. Probablemente no sean más que meros reflejos de la imagen popular del maestro, puestas en boca de personas del pueblo y de niños.

b) El Barroco nos trae, básicamente, la imagen picaresca del maestro de latín, reflejo del antihumanismo triunfante. Vicente Espinel y Francisco de Quevedo nos ofrecen retratos muy representativos al respecto. El primero de ellos retrata en su Vida del escudero Marcos de Obregón un carnavalesco “bárbaro pedante” dotado de barbas largas y sotana:

“(...) y en el entretenimiento se halle presente el maestro, alentándole y mostrándole el modo con que se ha de haber el pasatiempo, no haciendo lo que yo vi hacer a un pedante, maestro de un gran caballero, niño de muy gallardo entendimiento, hijo de un gran príncipe que, habiendo concertado con otros sus iguales en edad y calidad un juego de gallos, día de Carnestolendas, salió también el bárbaro pedante con su capisayo o armas de guadamecí sobre la sotana, con más barbas que Esculapio, diciendo a los niños: "Destrorsum heus sinistrorsum", y desenvainando su alfanje de oro de cedazo, descolorido todo el rostro, iba con tanta furia contra el gallo como si fuera contra Morato Arraez diciendo a grandes voces:"Non te peto, piscem peto, cur me fugis, galle? De la cual pedantería él quedó muy ufano y contento, y los que lo oyeron llenos de risa y burla. Yo me llegué, y le dije: "Mire, señor Licenciado, que por tener poca memoria los gallos, se les olvida el latín". Él respondió muy de presto: "Nunquam didicerunt, nisi roncantes excitare". Éste, con mil impertinentes bachillerías llenas de ignorancias gramaticales, dejó al caballero estragado su buen natural. (...)” (Vicente Espinel, Vida del escudero Marcos de Obregón. Edición, prólogo y notas de Mª Soledad Carrasco Urgoiti, Madrid, Castalia, 1980, pp. 153-155)

Muy significativa es la denominación que se le da de “pedante maestro”, que tendrá una gran fortuna, sobre todo en la literatura del siglo XVIII. Asimismo, el aspecto carnavalesco del juego de gallos nos lleva directamente a la tradición popular. Julio Caro Baroja ha estudiado en su libro sobre el carnaval este singular juego de gallos que se practicaba en el ámbito estudiantil y que puede rastrearse en testimonios muy posteriores (por ejemplo en las memorias de infancia de Santiago Ramón y Cajal). Pero va a ser, sin duda, El Buscón, de Francisco de Quevedo, la obra que configure el más negro prototipo de preceptor de latín, además de avaro. El hiperbólico retrato físico del licenciado Cabra hunde sus raíces en la literatura clásica (Plauto, Séneca) y humanista (Erasmo), aunque también, creemos, debe de haber claros rasgos populares (recordemos lo que decíamos a propósito de Vives). Cabra es largo de talle y de piernas, ojos hundidos, gran nariz, barbas descoloridas, y sotana raída:

“Él era un clérigo cervatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo (no hay más que decir para quien sabe el refrán), los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad, los brazos secos, las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo, parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética; la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de nosotros.” (Francisco de Quevedo, La vida del Buscón llamado Don Pablos. Edición de Domingo Ynduráin. Texto fijado por Fernando Lázaro Carreter, Madrid, Cátedra, 1996, pp. 115-117)

En la próxima entrega, seguiremos con el llamado Siglo de las Luces y nos iremos adentrando en la confusa moderniad.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.