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viernes, 12 de junio de 2009

EL PROFESOR DE LATÍN EN LA LITERATURA ESPAÑOLA IV (FINAL)


Llegamos al final de esta pequeña serie sobre el profesor de latín en la literaura española. Debo decir que el texto que he ido presentando estos días pertenece a una pequeña ponencia que presenté en el III CONGRESO DE LA SOCIEDAD DE ESTUDIOS LATINOS (Lugo-Santiago de Compostela. Del 28 al 30 de septiembre de 2000), donde presentamos precisamente una mesa redonda sobre la figura del profesor de latín en lugares como la literatura o el cine.


e) El siglo XX se abre con el grave cuestionamiento de algunos noventaiochistas, que esbozan una suerte de dialéctica entre latín y modernidad, de terribles consecuencias posteriores, sobre todo cuando tales cuestionamientos se lean descontextualizados. Miguel de Unamuno recoge la tradición literaria de Quevedo, y convierte al licenciado Cabra, ahora con un nuevo nombre de catedrático real, en representación de la tristeza:

“Tenía don Santos no poco del antiguo dómine y pasaba por severo. Aún conservo dejos del efecto que producía oír a aquel hombre ya anciano, alto, grueso y corpulento, de labio colgante y largo levitón, emitir con voz pausada rotundos proverbios y dicharachos latinos. Entre los cuales conservo, porque lo prodigaba, el de: verba repetita generant fastidium (...)
La mocedad es alegre, y, sin embargo, mi recuerdo de aquella aula, de aquel alto anciano vestido de negro, de aquel cartel y aquellos verbos irregulares, es un recuerdo triste". (Miguel de Unamuno, Obras Completas VIII. Autobiografía y recuerdos personales, Madrid, Escelicer, 1966, pp.131-133)

Muy interesante resulta la descripción que hace Unamuno cuando nos dice que “tenía don Santos no poco del antiguo dómine”, con una nota de severidad, al tiempo que “anciano, alto, grueso y corpulento,” imagen que, como ya hemos ido viendo, desde la literatura del siglo XVIII ya constituye un tipo literario. La manera de referirse al profesor mediante un artículo indefinido subraya cierta lejanía.

f) Luego llega la época de las grandes confrontaciones políticas. Ramón Pérez de Ayala o Rafael Alberti nos ofrecen infelices retratos de los profesores de latín jesuitas. El retrato que nos ofrece Ramón Pérez de Ayala en su novela A.M.D.G. es especialmente negativo:

"El padre Mur perseguía la oportunidad de satisfacer su venganza en Bertuco, el cual en cierta ocasión, había repelido coléricamente las asiduidades cariciosas y pegajosas del jesuita.
(...) Entre las muchas artimañas y máculas ladinas con que Mur cazaba a los enredadores, una de ellas consistía en volverles la espalda, con lo cual ellos, juzgándose libres por el momento, verificaban sin disimulo su travesura; mas, siendo luenga la nariz de Mur, y descansando las gafas en lo más avanzado del apéndice nasal, bastábale subir, como al desgaire, la mano hasta el rostro, poniéndola detrás de los vidrios para tener un espejo en donde se retrataba todo lo que detrás de él acontecía. (...) Mur, en aquel punto, hacía espejo de sus gafas; pero no supo interpretar los movimientos del niño en derecho sentido, sino que dio por averiguado que le hacía burla y muecas de odio con todo desembarazo y desvergüenza. (...)
-¡Lame la tierra! -rugió Mur, con voz estrangulada de ira y torpe fruición.
El paso continuo de centenares de pies había desgastado el ladrillo, formando un polvo terroso y sucio. De otra parte, las fauces de Bertuco estaban resecas. Así que por las tres veces que puso la lengua sobre el suelo convirtiósele en un objeto extraño y asqueroso, como petrificado, que le ocasionaba fuertes torturas y le impedía hablar.
-¡No puedo más...! -articuló con esfuerzo.
Mur le puso el tosco zapato sobre la nuca. El niño, en una convulsión, quedóse rígido, yacente, bañado el rostro en sangre." (Ramón Pérez de Ayala, A.M.D.G. La vida en los colegios de jesuitas (1910), Edición de Andrés Amorós, Madrid, Cátedra, 1995 quinta edición, pp.335-338)

Estamos ante un profesor jesuita, dotado de “luenga nariz” (Quevedo) y colérico, a quien el autor se refiere bien como "el padre Mur" o simplemente "Mur". Está claro, al igual que veíamos en el retrato que hacía Unamuno de su profesor, que las convenciones del retrato del licenciado Cabra siguen realmente vivas, mezclándose ahora con lo meramente autobiográfico.
Rafael Alberti, por su parte, nos ofrece en su Arboleda perdida el brevísimo retrato de un profesor de latín también jesuita, esta vez un peruano, cuyo rostro enrojecido, en opinión del poeta, le confería aspecto de idolillo. Muy singular es la referencia al mote, esta vez especialmente irreverente por la alusión al nombre de una conocida prostituta sevillana. Hay en el recuerdo general del colegio algunas notas especialmente negativas en lo que se refiere a la pedagogía de los jesuitas, a los que Alberti denomina “mis fríos y crueles profesores”, algo muy parecido a lo que hace Ramón Pérez de Ayala. De hecho, los recuerdos autobiográficos de la etapa escolar de Alberti, especialmente los que podemos encontrar en su libro Sobre los Ángeles, y en la recopilación de poemas agrupada bajo el título de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, guardan muchas similitudes con la novela A.M.D.G., que ya hemos tenido ocasión de comentar, y con El retrato del artista adolescente de Joyce, que Dámaso Alonso traduce y publica en 1926. En este sentido, tenemos un precioso poema extraído de Yo era un tonto (...), el titulado “Noticiario de un colegial melancólico”, donde podemos encontrar este precioso recuerdo de su aprendizaje del latín:

“NOMINATIVO: la nieve
GENITIVO: de la nieve
DATIVO: a o para la nieve
ACUSATIVO: a la nieve
VOCATIVO ¡oh la nieve!
ABLATIVO con la nieve
de la nieve
en la nieve
por la nieve
sin la nieve
sobre la nieve
tras la nieve
La luna tras la nieve
Y estos pronombres personales extraviados por el río
Y esta conjugación tristísima perdida entre los árboles

BUSTER KEATON”

(Rafael Alberti, Sobre los ángeles. Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Edición de C.Brian Morris, Madrid, Cátedra, 1996, p.180)

La aparición final del adjetivo “tristísima”, así como el frío que evoca la palabra “nieve”, tantas veces repetida, vuelve a darnos idea del infeliz recuerdo que tiene Alberti de sus recuerdos escolares. Por otra parte, la alusión al actor Buster Keaton, a quien el poeta intenta poner como máscara de sus propios recuerdos, ofrece una curiosa nota contemporánea a la composición del poema. Los ecos del aprendizaje memorístico de la declinación (Alberti utiliza equivocadamente el término “conjugación”) sirven para conferir una estructura singular al poema.
Desde el otro lado político, autores de inspiración falangista, como Rafael Sánchez Mazas, convierten a sus profesores en nobles Virgilios que conducen a los modernos Dantes al inicio de su vida nueva. Así lo vemos en La vida nueva de Pedrito de Andía, donde nos encontramos ante un profesor religioso que desea, debido al cariño que profesa a su alumno, encargarle un trabajo para que no olvide el latín que ya no volverá a estudiar el curso siguiente; podemos encontrar este mismo motivo del estudio en vacaciones en el capítulo segundo de la novela Bajo las ruedas, de Hermann Hesse que, no en vano, también es una "novela de formación", aunque, en este caso, las consecuencias serán devastadoras para el estudiante.
"Aquellas clases particulares de latín que me daba el padre Cornejo iban a complicarme la vida. ¿Cómo le quitaba yo la ilusión, que le había entrado -y que le sigue-, de que yo no dejara el latín, aunque no me tocase ya de asignatura? También me fastidiaron los premios: la Matrícula de Literatura y el accésit de dísticos latinos, en el Certamen de las Bodas de Oro del Padre Mendoza. El Padre Cornejo, por el cariño grande que me tiene, me dio para las vacaciones el trabajo especial sobre «Pigmeos y Gigantes». A mí, eso me preocupaba mucho aquellos días.” (Rafael Sánchez Mazas. La vida nueva de Pedrito de Andía, Barcelona, Planeta, 1995, pp.14-15)

El estudio de una materia escolar a destiempo desconcierta al muchacho, aunque esta vez no se ve obligado más que por una relación afectiva con su profesor, ya que no va a volver a cursar la materia.
El recuerdo del latín se escinde, en definitiva, entre las memorias lejanas de los exiliados y los nuevos planes de estudio nacional-católicos, como el famoso plan Sáinz Rodríguez, en el que, paradójicamente, se formaron autores de muy distinto signo político. Veamos la curiosa impronta que el latín ha dejado en un autor como Juan García Hortelano, que fue niño de la guerra y posterior cultivador de la novela social, aunque luego supo evolucionar y adentrarse en nuevos caminos literarios llenos de imaginación e ironía. Con tono desenfadado nos habla así de su paso por los Escolapios en una singular entrevista que le hiciera Rosa María Pereda, repleta de recuerdos singulares, como el del macabro relato que uno de los curas hacía de la muerte del impío Voltaire. Al final, hay un entrañable recuerdo para un profesor de latín:

“«Entre las excepciones está el que «yo, hasta entonces, no había pasado de la primera decli­nación latina, y tuve un excelente maestro que me permi­tió y me permite ahora leer en latín, cosa que le agra­dezco mucho a aquel viejo que, por otra parte, nos daba los datos, las fechas, etcétera, absolutamente equivoca­dos... (...).
A mí lo que verdaderamente me asombra es que saliéramos de aquello sabiendo leer, sabiendo latín y bueno, no excesivamente deformados" (Rosa María Pereda, El gran momento de Juan García Hor­telano, Madrid, Anjana Ediciones, 1984, pp.30-32)

De esta viva pincelada de un profesor de latín, excepcional, por lo que parece, dentro del contexto general del colegio de los Escolapios, pasamos a un curioso texto que aparece en su “flaubertiana” novela titulada Gramática Parda, donde, al pasar lista a unos peculiares niños, termina por aflorar, aunque sin nombrarlo, uno de los versos más conocidos de Virgilio:

"-Orbem Terrarum...
-Servidor y presente -respondió Orbem Terrarum.
-Spe Tantum Relicta...
-Servidora y presente -respondió Spe Tantum Relicta.
-Bonus Eventus...
-Servidor y presente -respondió Bonus Eventus.
-Arma Virumque...
-Cano -respondió Arma Virumque (...)" (Juan García Hortelano, Gramática Parda, Barcelona, RBA Editores, 1994, p.33)

g) Vienen luego los tiempos de mayor esplendor histórico de la Filología Clásica en España, que termina bifurcándose entre las materias filológicas y lingüísticas. Antonio Prieto nos ofrece en una preciosa novela lírica titulada La plaza de la memoria, un retrato de un profesor religioso del colegio de La Salle que es descrito como “formidable profesor”. Hasta aquí, estamos ante el retrato esperable, de acuerdo con los que ya hemos visto hasta ahora. No obstante, al proseguir con la lectura de la novela, observamos que el retrato terminará invirtiendo su perspectiva, ya que del alumno que recuerda y juzga a un profesor pasaremos a un profesor que habla de sus alumnos, y aún más todavía, pues veremos cómo en un singular juego con el tiempo este profesor ficticio evocará a profesores reales que todavía son alumnos en el tiempo ficticio de la novela. Esto ocurre al recordar la Universidad de Madrid, con sus conocidas rivalidades entre catedráticos. En cierto momento de esa evocación, el protagonista, convertido en un personaje más joven de lo que corresponde a la edad real del autor, habla de sus compañeros de Facultad, todos ellos actuales profesores: Vicente Cristóbal, Antonio Alvar, el helenista Antonio Guzmán, y Felisa del Barrio, evocada líricamente tan sólo por su nombre de pila:

"Con la Odisea recitándome el comienzo de la vida, la virtud del engaño para sortear a Circe y Calipso, me había olvidado que estaba en la biblioteca, aunque no de los ojos de Paula. Por detrás me despertó la voz de Vicente Cristóbal, un espléndido compañero que ya apuntaba como sabio discípulo de Ruiz de Elvira, el catedrático de Murcia llegado a la Complutense. Raramente, aquella mañana no había podido ir a clase.
-¿Has cogido apuntes? -me preguntó.
-No, no fui a clase hoy.
Lamenté aquella mi negación porque Vicente era un excelente compañero, como lo era Antón Alvar, que luego profesaría en la Universidad de Alcalá de Henares, o lo era Antonio Guzmán, dedicado en sus afanes al griego, o una chica vivaz, Felisa, en cuyos ojos yo leía el palpitar de los elegíacos latinos y aceptaba que el hexámetro dactílico hubiera sido inventado por una mujer, sin importarme si fue la sacerdotisa pitia Fenómoe o Fanótea, la mujer de Ícaro." (Antonio Prieto, La plaza de la memoria, Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1995 p.106)

Tenemos, pues, un singular juego de oposiciones entre el presente y el pasado, que nos ofrece un profesor ficticio, religioso y de enseñanza media, frente a estos profesores aún alumnos que son reales y, ante todo, una proyección de futuro.
Y llegamos, finalmente, a las nuevas reformas, con las que, una vez más, vuelve a surgir la cuestión de la razón de ser de las humanidades. Antonio Muñoz Molina resume toda una tradición acerca del retrato del profesor de latín en un artículo periodístico aparecido en 1995. En este artículo hemos encontrado un amargo retrato que nos recuerda a aquel que hemos visto en Quevedo, Unamuno y Pérez de Ayala:

"En los siniestros colegios de curas de mi adolescencia el latín era una cosa penitenciaria y clerical que todos odiábamos, una aridez y una monotonía de declinaciones que rondaban siempre con el castigo y nunca con la alegría de descubrir y aprender. A los trece años, en un aula grande y sombría en la que siempre era invierno, nos daba clase de latín un hombre ciego y colérico que pasaba lista recorriendo con sus dedos blandos unas hojas amarillas en braille y que tenía sobornados en secreto a unos cuantos alumnos para que espiaran a los otros y le contaran luego lo que él no podía ver. Había medido en pasos exactos las dimensiones del aula, la anchura de la tarima, la longitud de las filas de pupitres y la distancia entre ellas, y cuando algún interno malvado quería vengarse de una mala calificación lo único que hacía era cambiar de sitio unos centímetros su banca; entonces el profesor al pasearse entre ellas leyendo nuestros nombres en braille, chocaba con un obstáculo imprevisto, y el duro canto de madera se le clavaba justamente en las ingles. Se quedaba callado, apretando los labios, no decía nada, pero se le dilataban las aletas de la nariz, y los ejercicios de gramática latina se volvían más incomprensibles y crueles.
Con el paso del tiempo, de lo que uno se arrepiente sobre todo es de las cosas que no hizo cuando tuvo ocasión. Yo me arrepiento ahora de no haber aprendido latín, de no poder sumergirme como en un continente de maravillas y prodigios en los hexámetros de la Eneida, en los epigramas amorosos de Catulo, en la prosa de Tácito (...)" (Antonio Muñoz Molina, "Palabras en latín", publicado en EL PAÍS, 11-1-95)

Estamos, posiblemente, ante el último gran retrato, por el momento, de un profesor de latín. Hay, por lo demás, algunos indicios que nos hacen pensar que el autor es consciente de que forma parte de una tradición acerca de este tipo de retrato. Se trata de un terrible profesor, no sabemos si del todo real, de colegio religioso, presentado como "un hombre ciego y colérico". Este personaje terrible es singular por lo que guarda de las trazas del tradicional “dómine” que, como hemos visto, ha dominado gran parte de los retratos de nuestra literatura.
Ya que comenzamos con Valle-Inclán nuestro breve relato, quisiéramos terminar leyendo un breve pasaje de inspiración modernista en el que encontramos a un joven estudiante de latín llorando sobre su Nebrija, pues ha de estudiar precisamente en Nochebuena. El arcaísmo de ese latín de penumbras y la belleza de la montaña gallega se aúnan para conformar una pequeña obra de arte:

"Era en la montaña gallega. Yo estudiaba entonces gramática latina con el señor Arcipreste de Céltigos, y vivía castigado en la rectoral. Aún me veo en el hueco de una ventana, lloroso y suspirante. Mis lágrimas caían silenciosas sobre la gramática de Nebrija, abierta encima del alféizar. Era el día de Nochebuena, y el Arcipreste habíame condenado a no cenar hasta que supiese aquella terrible conjugación: «Fero, fers, ferre, tuli, latum.»" (Valle Inclán, Jardín Umbrío. Historias de santos, de almas en pena, de duendes y ladrones, Madrid, Espasa-Calpe, 1986 sexta edición, pp.146-149)

En definitiva, tan complejo y rico resulta nuestro retrato que tan sólo podemos recoger siquiera algunos aspectos esenciales. No obstante su complejidad, tenemos un retrato muy polarizado que difícilmente adopta las medias tintas de la indiferencia, y no hemos sabido encontrar mejor resumen que el de ese verso de Catulo que nos dice: odi et amo.


BIBLIOGRAFÍA SUCINTA.

F. García Jurado, “El profesor de latín en la literatura española moderna: desde Galdós a Muñóz Molina”, Sociedad de Estudios Latinos. Boletín informativo 11 (diciembre de 1998) 54-62


F. García Jurado y Javier Espino Martín, El profesor de la literatura española, Madrid, Liceus, 2009 (edición electrónica dentro del portal Liceus: http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/publi.asp?opcion=1)

1 comentario:

Jaume dijo...

Si te interesa, publiqué tiempo ha un artículo en mi blog parecido a esta serie que acabas de terminar. Te dejo el enlace.

http://homobonusperitusdicendi.blogspot.com/2009/02/un-profesor-de-latin-particular.html