martes, 10 de abril de 2012

La vida imaginaria de Petronio, según Marcel Schwob

Cuando la realidad que nos rodea se convierte en pesadilla, a más de alguno no le importaría poder disfrutar de una vida imaginaria, como las de algunos personajes recreados por el escritor francés Marcel Schwob. Breves, visionarias, y con muchos elementos metaliterarios, estas vidas nos abren a nuevas realidades, nos consuelan del duro oficio de vivir (en la imagen, mosaico romano de Ancona). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Petronio es un autor por el que Marcel Schwob profesa la mayor admiración. Junto a otros autores latinos, como Lucrecio, a Petronio le dedica una vida imaginaria que luego inspirará a Tabucchi su sueño de Apuleyo. El comienzo de la vida de Petronio tiene un gran colorismo:

“Nació en los días en que saltimbanquis vestidos con trajes verdes hacían pasar a cerditos amaestrados por aros de fuego; cuando porteros barbudos, con túnica cereza, desgranaban legumbres en una bandeja de plata, delante de los mosaicos galantes a la entrada de las quintas.” (“Petronio”, en Vidas imaginarias, traducción de Julio Pérez Millán, Barcelona, Orbis, 1987 cedida por Centro Editor de América Latina, pág. 57)

Petronio, famoso en tiempos de Schwob gracias a su recreación como personaje en la novela Quo vadis? es, además, motivo de inspiración para sus propios relatos, y merece, como era de esperar, una interesante vida imaginaria que pone en cuestión, nada menos, el testimonio de Tácito. Schwob parte de la tradicional identificación del novelista con el Petronio Árbitro (?-65 p. C.) que el historiador latino ha dibujado para la posteridad, si bien la característica más relevante de este relato es que luego se disiente en lo que respecta a su trágica muerte. En la lectura que Schwob hace de Petronio en sus Vidas Imaginarias aparecen recreados detalles de la famosa cena de Trimalción, si bien, en la más pura línea literaria de Schwob, como si pertene­cieran a la propia vida -imaginaria- de Petronio:

“Su infancia transcurrió entre elegancias como ésas. No se ponía dos veces seguidas una lana de Tiro. La pla­tería que caía en el atrio se hacía barrer junto con la basura[1]. Las comidas estaban compuestas por cosas de­li­cadas e inesperadas y los cocineros variaban sin cesar la arquitectura de las vituallas[2]. No había que asombrarse si al abrir un huevo se encontra­ba una pasa de higo[3], ni temer cortar una estatuilla imitación de Praxite­les esculpida en foiegras. El yeso que tapaba las ánforas estaba diligente­mente dorado.[4]” (“Petronio”, en Vidas imaginarias, pág. 57)

Frente a la versión de Tácito, Petronio no muere, sino que escapa con su esclavo Siro:

“Alrededor de los treinta años, Petronio, ávido de esa libertad diversa, comenzó a escribir la historia de esclavos errantes y disipados (...). Se dice que cuando acabó los dieciséis libros de su invención, mandó llamar a Siro para leérselos, y que el esclavo reía y gritaba muy fuerte golpeando sus manos. En ese momento maquinaron el proyecto de llevar a la práctica las aventuras com­puestas por Petronio. Tácito refiere mentiro­samente que Petronio fue árbitro de la elegancia en la corte de Nerón y que Tigelino, celoso, le hizo enviar la orden de muer­te. Petronio no se desvaneció delicadamente en una bañera de mármol, murmurando versitos lascivos. Huyó con Siro y terminó su vida recorriendo los caminos.” (“Petronio”, en Vidas imaginarias, págs. 57-60)

Esta vida imaginaria vuelve a ser, como todas las de su género, breve, y no carece de los elementos visionarios que veíamos para la vida de Séptima y Lucrecio. El autor se recrea en la descripción de las extravagancias contadas por el propio Petronio en su novela. Schwob desmiente la fuente historiográfica de Tácito y concede una larga vida errante al novelista, quien, al contrario de lo que le ocurría a Lucrecio, tiene tiempo para escribir su novela. Frente a lo esperable, donde la literatura es consecuencia de la vida, y donde la novela de Petronio no sería más que el resultado de sus propias experiencias vitales, aquí la novela escrita servirá de modelo, a priori, para la vida, que será, pues, una consecuencia de la propia literatura. En particular, Schwob se ha centrado en varios pasajes de la cena de Trimalción, la parte mejor conservada de la novela, al igual que hizo en el cuento “Las estrigas”, en Corazón doble. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1] Petr. 34, 2-3. En traducción de Manuel C. Díaz y Díaz (Satiricón I, Madrid, CSIC, 1990): “Ahora bien, en la barahúnda sucedió que cayó al suelo una bandeja de asas, y un esclavo la recogió; se dio cuenta Trimalción y mandó que fuese castigado con azotes el esclavo, y que se tirase otra vez la bandeja. Luego apareció el maestresala y barrió con una escoba la plata junto con las otras limpiaduras.”
[2] Cf. Petr. 35.
[3] Petr. 33, 4-8 “Llegaron de seguido dos esclavos y mientras retumbaba la música se pusieron a rebuscar en la paja; sacaron de debajo de ella unos huevos de pavo y los repartieron a los comensales. Volvió Trimalción ante esta mascarada su rostro y nos dijo: «Amigos míos, huevos de pavo mandé poner bajo la gallina. Y, por Hércules, que temo que estén ya incubados. Probemos, sin embargo, a ver si todavía se pueden sorber.» Recibimos cada uno de nosotros una cucharilla que pesaba no menos de media libra, y cascamos los huevos que eran figurados de pasta. Yo tengo que decir que estuve a punto de tirar el que me había tocado, porque me pareció que ya tenía el pollo formado. Un momento después, cuando oí a un veterano comensal: «Algo bueno debe haber aquí», seguí abriendo con la mano la cáscara y encontré un papafigo gordísimo envuelto en yema picada sazonada con pimienta.”
[4] Petr. 34, 6 “Al punto traen dos ánforas de vidrio cuidadosamente selladas, en cuyo cuello habíase puesto un marbete con esta nota: Falerno de Opimio, de cien años.”

domingo, 8 de abril de 2012

De las “Latinae Litterae” a la “Romana litteratura”: un importante salto conceptual

Un proyecto de investigación conlleva a veces que podamos conocer a personas con intereses afines a los nuestros que enriquecen nuestra propia visión de aquello que estudiamos. Este ha sido el caso de dos brillantes profesores que he tenido la suerte de encontrar mientras echaba a andar el proyecto de investigación “Historiografía de la literatura grecolatina en España: de la Ilustración al Liberalismo”. Desde Valencia, Joseph L. Teodoro, buen conocedor del jesuita expulso Mateo Aymerich, y desde Galicia, Xosé Antonio López Silva, cuya tesis doctoral acerca del benedictino Padre Sarmiento y los clásicos promete un interesante y cabal punto de vista sobre el mundo clásico y la Ilustración hispana. Entre otras cosas, este punto de vista conlleva que entendamos una serie de categorías propias de la época, como el concepto de Antigüedades. Este concepto irá transcendiendo del mero acopio de objetos antiguos dentro de un gabinete a una idea más abstracta que apunta ya a nuestra propia formulación de mundo antiguo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGELos conceptos mediante los que definimos nuestros ámbitos de estudio son realidades cambiantes. La moderna filología clásica comenzó a formularse en Alemania y en alemán durante la transición que va de finales del siglo XVIII al XIX. Las “Antiquitates” pasan a ser la “Altertumwissenshaft” de F.A. Wolf, al tiempo que las “Latinae Litterae” se convierten en la “Römische Litteratur”. Los grandes eruditos del siglo XVIII todavía no hablaban de “Literatura Romana”, pues usaban expresiones que hoy día nos pueden resultar equívocas, como “Latina lingua” o “Bibliotheca Latina”. Por ello, resulta curioso que Mateo Aymerich utilizara ya en 1784 la expresión “Vetus Romana litteratura” dentro de su Specimen, dado que esta obra parte de las categorías desarrolladas en la “Bibliotheca Latina” de Fabricius-Ernesti. El gentilicio “Romana” implica un nuevo sentido nacional que contrasta con la universalidad del término “Latina”. El propio autor tiene que justificar en el prefacio de su obra por qué recurre al término “Romano” a la hora de hablar sobre los autores: “Eos autem Romanos litteratos appellat Auctor, de quibus constat, vel Romae, aut in Latio, ac educatos, aut origine Romanos fuisse, (quo ex forum nominibus dignosci potest,) vel qui, quamvis exteri, aut Romae, aut in provincias Romanis Imperio subjectis, honorifica obiere munia, aut familiaritate, amicitia, vel litterario commercio cum Romanis floruerunt)” (Traducción de F. García Jurado: «El autor llama “romanos” a los hombres de letras de los que consta bien que fueron educados en Roma o en el Lacio, o que fueron romanos por su origen (lo que puede dilucidarse a tenor de sus nombres), o bien quienes, aunque foráneos, desempeñaron cargos honorables en Roma o en las provincias sujetas a su poder, o quienes florecieron bien por familiaridad, amistad o contacto literario con los romanos»). El uso de “Romano” para los autores antiguos que han escrito en latín tiene diversas causas, bien geográficas, educativas, políticas o incluso meramente literarias. En todo caso, ya vemos en Aymerich una caracterización nacional de la antigua literatura latina, y en eso comienza a presentar puntos en común con el gran filólogo Wolf, que poco después publicará en Halle su programa de curso titulado “Geschichte der Römischen Litteratur”. Sin embrago, los manuales de literatura españoles, al cabo del tiempo, preferirán la fórmula “Literatura latina” antes que “romana”, seguramente por cierto sentido de una tradición terminológica que proviene fundamentalmente de la poética y la antigua "humanitas". Aymerich fue también en este sentido un autor adelantado a su tiempo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 2 de abril de 2012

El doble y mal: Dostoyevski

En 1846, Fiodor Dostoyevski publica una novela fundamental sobre el viejo tema del doble. La obra, cuyo protagonista es un gris funcionario llamado Yakov Petrovich Goliadkin, se titula, de manera simple y concisa, El doble (Dvoinik), e incide especialmente en un aspecto clave del tema de la duplicidad, la dimensión moral de aquellos que ejercen una doble vida mediante engaños:
“El hombre bueno trata de vivir honradamente y no de cualquier modo y, además, nunca tiene un doble.”
[1] POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Es precisamente, el engaño y el afán de simular ser lo que no se es lo que ha llevado a la desgracia al protagonista de esta novela, pues su duplicidad ha terminado dando lugar a un auténtico alter ego que intenta suplantarlo, a manera de ejemplar castigo. Precisamente, a la hora de recordar la historia de Goliadkin acuden a nuestra memoria otras historias reales que ilustran bien esta relación entre el doble y la dudosa moralidad de quienes se duplican. El primer ejemplo paradigmático es el de un famoso periodista español que, por lo que parece, dijo a su esposa que partía en viaje de trabajo, aunque en realidad iba a visitar Moscú en compañía de su amante. Por una de esas casualidades de la vida, la esposa acudió también a Moscú con unas amigas y fue allí, en plena Plaza Roja, donde se dio de bruces con su marido. Lo más extraordinario de esta historia es que el esposo hizo como que era otra persona, es decir, una suerte de gemelo generado precisamente por la iniquidad y la mentira, mediante la que intentaba desvincularse de la persona real que su esposa había reconocido. Pero mucho más impactante es la historia de las fotografías que aparecieron hace dos años en la prensa, donde se mostraba la nueva imagen que había adoptado Radovan Karadzic, el sanguinario presidente de la República Serbia entre los años 1992 y 1996. Su rostro estaba cubierto por una poblada barba blanca que lo hacía difícilmente reconocible, y lo que resultaba especialmente inquietante era su nuevo aspecto de santón. El criminal de guerra había adoptado una identidad falsa y, acorde con ella, se dedicaba a la medicina alternativa, como si jamás hubiera cometido crimen alguno. La realidad supera la ficción literaria constantemente, y estas historias de camuflaje no son nuevas. Sabido es que, tras los genocidios, los verdugos adoptan nuevas identidades y procuran ser otras personas para sobrevivir. De igual manera que el déspota serbio, tras la Segunda Guerra Mundial, el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann huyó de Austria y marchó a la República Argentina, donde vivió bajo el nombre de Ricardo Klement. No fue desenmascarado hasta 1960, cuando agentes del servicio de seguridad hebreo lo capturaron y trasladaron a Jerusalén para su posterior enjuiciamiento y ejecución. La anécdota del periodista español en la Plaza Roja de Moscú palidece, naturalmente, ante las escalofriantes historias de Karadzic o Eichmann, pues del mero engaño pasamos a una de las dimensiones más escalofriantes de lo que venimos en llamar el tema del doble: la relación de la duplicidad con el mal en estado puro. Insistimos en que, como diría Fiodor Dostoyevski, sólo son dúplices los malvados, no las buenas personas.
[1] F.M. Dostoyevski, El doble. Poema de Petersburgo. Versión directa del ruso y nota preliminar de Juan López Morillas, Madrid, Alianza, 2002, p. 131.

sábado, 31 de marzo de 2012

Los límites sutiles de lo falsario: Mimos de Herodas y de Schwob

Decía Aulo Gelio que había una diferencia clara entre "decir mentira" y "mentir". La diferencia está en la intención del que habla. Podemos mentir sin querer, o mentir a sabiendas. Los Mimos que compone el escritor francés Marcel Schwob a finales del siglo XIX pretenden completar los propios Mimos del poeta Herodas. Sus textos acababan de aparecer bajo las arenas del desierto. Frente a los mimos reales, los de Schwob jugaron con la ambigüedad del que miente un poco, pero no del todo (en la fotografia, una sala del Museo Gustave Moureau de París). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO, de la Universidad Complutense.
Marcel Schwob recreó a un poeta admirador de Teócrito, Herodas ("Herondas" para él), poco después de que se hubieran descubierto y editado sus Mimos: “El poeta Herondas, que vivía en la isla de Cos bajo el buen rey Ptolomeo, envió hacia mí una delicada sombra infernal a la que había amado en este mundo. Y mi habitación se llenó de mirra, y un ligero soplo heló mi pecho. (...) Entonces envié al poeta Herondas unos mimos nuevos perfumados con el perfume de las mujeres de Cos y con el perfume de las pálidas flores del infierno y con el perfume de las hierbas suaves y salvajes de la tierra. Así lo quiso aquella delicada sombra infernal.” (Mimos, traducción de Elena del Amo, Madrid, Siruela, 1997, págs. 103-104) Los mimos que aparecen a continuación son composiciones ficticias cuya verosimilitud viene avalada por los subtítulos griegos. En este caso, se han señalado afinidades con Pierre Louÿs, que había urdido libros apócrifos de tema griego como Poesías de Meleagro y Las canciones de Bilitis, publicadas el mismo año que los Mimos. En total, se trata de veinte mimos, con títulos como “El cocinero”, “La falsa vendedora”, “La golondrina de madera”, etc. Junto a los mimos más cercanos a su modelo griego, Schwob no puede evitar desarrollar sus habituales ejercicios de sincretismo de fuentes y de conferir a algunas de las piezas un sesgo dramático:
“Mimo XIII LAS TRES CARRERAS Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus aceitunas, porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Escira. Una muchacha huía, perseguida por un muchacho. Se había levantado el bajo de la túnica y se veía el borde de sus pantalones de gasa. Mientras corría dejó caer un espejito de plata. El muchacho recogió el espejo y se miró en él. Contempló sus ojos llenos de sabiduría, amó el juicio de éstos, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha comenzó de nuevo a huir, perseguida por un hombre en la fuerza de la edad. Había levantado el bajo de su túnica y sus muslos eran semejantes a la carne de un fruto. En su carrera, una manzana de oro rodó de su regazo. Y el que la perseguía cogió la manzana de oro, la escondió bajo la túnica, la adoró, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha siguió huyendo, pero sus pasos eran menos rápidos. Porque era perseguida por un vacilante anciano. Se había bajado la túnica, y sus tobillos estaban envueltos en un tejido de muchos colores. Pero mientras corría, ocurrió ese algo extraño, porque uno después de otro se desprendieron sus senos, y cayeron al suelo como nísperos maduros. El anciano olió los dos, y la muchacha, antes de lanzarse al río que atraviesa la isla de Escira, lanzó dos gritos de horror y de pesar.” (Mimos págs. 116-117)
El mimo combina de manera genial y sutil el mito de Atalanta e Hipomenes con el mito de las tres edades del hombre, frecuentado en la pintura por autores tan esenciales como Velázquez o, ya más cercano en el tiempo a Schwob, el romántico Gaspar Friedrich. Francisco García Jurado

jueves, 29 de marzo de 2012

Carpe diem en Nápoles

La Oda de Horacio donde se aconseja a la ingenua e irreal Leucónoe a que goce del presente es, quizá, junto al Epodo famoso del beatus ille, una de las composiciones que todo buen estudiante de literatura, fuera ésta la que fuera, debería conocer al dedillo. La tradición clásica a menudo transciende el mero ejercicio erudito y pasa a habitar con nosotros, en nuestro quehacer diario. Epicúreo y estoico, amante de la vida y resignado, así es nuestro carácter y así ha quedado reflejado desde hace siglos en la mejor poesía de Quinto Horacio Flaco (65-8 a.C.). La literatura posterior no ha hecho más que repetirlo y evocarlo con una insistencia cándida. Este es el caso, sin lugar a dudas, del escritor francés Anatole France (1844-1924), en cuya novela titulada Le crime de Silvestre Bonnard aparece, aprovechando una estancia en Nápoles, este pasaje alusivo al carpe diem Horaciano. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

El pequeño libro de Anatole France, dedicado a contarnos una emotiva historia de bibliófilo que salva a una madre y su hijo de la extrema pobreza, nos sorprende en cierto momento con una vitalista evocación de un poema napolitano:

“Viven (sc. los napolitanos) a un tiempo con todos los sentidos, y, filósofos por naturaleza, comprenden sus deseos y la brevedad de la vida. Me acerco a una taberna muy bien alumbrada, y leo en la puerta este cuarteto en dialecto napolitano:

Amice, alliegre magnammo, e bevimmo;
Nfin che n'ce stace noglio a la lucerna:
Chi sa s'a l'autro munno n'ce vedimmo?
Chi sa s'a l'autro munno, n'ce taverna?

(Comed, bebed, alegres, sin medida;
con el aceite brilla la linterna.
¿Nos veremos acaso en la otra vida?
En la otra vida, ¿habrá alguna taberna?)

Horacio les daba consejos semejantes a sus amigos. Tú los recibiste, Póstumo; tú los escuchaste, Leucónoe, hermosa insurrecta que deseabas conocer los secretos de lo porvenir. Aquel futuro es para nosotros el pasado, y lo conocemos. En realidad, hiciste mal en atormentarte por tan poco, y tu amigo demostró ser un hombre de buen sentido cuando te aconsejaba que fueras prudente y filtrases los vinos griegos. Sapias, uina liques . De este modo, una tierra hermosa y un cielo puro aconsejan las tranquilas voluptuosidades; pero hay almas atormentadas por un sublime descontento: son las más nobles. Tú fuiste una de ellas, Leucónoe; yo saludo respetuoso tu sombra melancólica aparecida en el ocaso de mi vida y en una ciudad donde resplandeció tu belleza. Las almas semejantes a la tuya que aparecieron en la cristiandad fueron almas de santas, y sus milagros llenan La leyenda dorada . Tu amigo Horacio ha dejado una posteridad menos generosa, y reconozco a uno de sus descendientes en la persona del tabernero poeta que en este momento llena de vino los vasos a la sombra de su muestra epicúrea.” (El crimen de un académico, trad.de Luis Ruiz Contreras, Barcelona, Orbis, 1986, pp.33-34)

A mí sólo se me ocurre decir ahora cuánta felicidad me reportan estas llamadas a la litetura clásica en los textos modernos. Durante nuestro viaje a Nápoles recordé este pasaje, entre otros, y el viaje se convirtió también, inevitablemente, en literario. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 26 de marzo de 2012

Antonio Tabucchi, o el sueño de la vida imaginaria

Apenas puedo creer que haya muerto Antonio Tabucchi. No me ocurre como a su personaje Pereida, quien en la redacción de su diario lisboeta fue escribiendo las necrologías de los autores antes de que ocurriera el fatal desenlace. No voy a escribir una necrología de Tabucchi. Sólo es mi deseo situarlo ahora entre dos autores que, salvando las distancias del amadísimo Pessoa, a él le fascinaban: Borges y Marcel Schwob. Los tres, Tabucchi, Borges y Schwob, coinciden en el cultivo de un microgénero llamado "vida imaginaria" (ahora Cristian Crusat dedida en Ámsterdam sus esfuerzos para trazar la historia subterránea de un género que es, ante todo, una forma de escribir y de sentir). Ahora evoco a Tabucchi imaginándolo en Lisboa (evocada en la fotografía), soñando igualmente con una de las posibles vidas imaginarias de Pessoa. El tiempo es impío con los sueños. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO


En alguna ocasión hemos ensayado estas tres formas esenciales de escribir, en primera, segunda o tercera persona. La gramática y la literatura se confunden, aquí. Frente a la voz poética de la primera persona y el diálogo de la segunda, la tercera persona, menos marcada que las anteriores, aleja de nosotros al autor antiguo[1]. Aparecen así los relatos biográficos, a menudo ficticios, donde generalmente el antiguo escritor y quienes le rodean se convierten en personajes de la propia ficción literaria creada por el primero, de manera que ya se vuelve imposible distinguir qué es biografía y qué es invención. Son, en este sentido, paradigmáticas las vidas imaginarias de Empédocles, Eróstrato, Crates, Séptima, Lucrecio, Clodia y Petronio que recrea el escritor francés Marcel Schwob a finales del XIX. A Schwob debemos la discreta paternidad de una singular forma de narración biográfica y ficticia que ha tenido ilustres seguidores, como Jorge Luis Borges cuando escribe su Historia universal de la infamia, o Antonio Tabucchi en su obra titulada Sueños de sueños (1992). De ambos podemos recordar, asimismo, algunas notables recreaciones biográficas de autores antiguos, como la de Homero, en el caso de Borges, o la de Ovidio, que nos ofrece Tabucchi a la manera de un sueño visionario[2]. Borges juega con la etimología de la palabra “poeta”, que en griego tiene que ver con el verbo “hacer”, para dar título a una de sus prosas inmortales, la titulada “El hacedor”, que abre el libro que lleva el mismo título (1960) y que esta vez nos lleva hasta el mismo Buenos Aires. Vamos a leer simplemente el final del relato:

Con grave asombro comprendió. En esta noche de sus ojos mortales, a la hora que descendía, lo aguardaban también el amor y el riesgo. Ares y Afrodita, porque ya adivinaba (porque ya lo cercaba) un rumor de gloria y de hexámetros, un rumor de hombres que defienden un templo que los dioses no salvarán y de bajeles negros que buscan por el mar una isla querida, el rumor de las Odiseas e Ilíadas que era su destino cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana. Sabemos estas cosas, pero no las que sintió al descender a la última sombra.[3]

El poeta-hacedor, Homero, asiste a la revelación de su obra, de manera parecida a como Lucrecio, en la ficción de Schwob, comprendía las razones últimas de la naturaleza (la esencia de su poema De rerum natura) poco antes de morir envenenado por una hechicera africana:

Por esto fue que habiendo vuelto a la alta y sombría casa de los ancestros, se acercó a la bella africana, quien cocía un brebaje en un recipiente de metal en un brasero. Porque ella también había pensado, por su parte, y sus pensamientos se habían remontado a la fuente miste­riosa de su sonrisa. Lucrecio miró el brebaje todavía hirviente. Éste se aclaró poco a poco y se volvió pareci­do a un cielo turbio y verde. Y la bella africana sacudió la frente y levantó un dedo. Entonces Lucrecio bebió el filtro. E inmediatamente después su razón desapareció, y olvidó todas las palabras griegas del rollo de papiro. Y por primera vez, al volverse loco, conoció el amor; y a la noche, por haber sido envenenado, conoció la muerte.[4]

Precisamente, esa misma atmósfera visionaria evocada por Schwob en un París finisecular es la que el italiano Tabucchi recrea a partir de la imagen de un Ovidio exiliado que sueña con haberse convertido en gigantesca mariposa, hecho que conlleva una extraordinaria fuerza poética y metaliteraria. En este sueño afloran las propias metamorfosis cantadas por el poeta latino, que ahora, sin embargo, ya no podemos entender sin pensar en la moderna Metamorfosis de Kafka. Asimismo, la visión de un Ovidio convertido en mariposa y con las alas cortadas nos hace pensar también en la melancólica imagen poética del poema “Albatros” de Baudelaire, donde un enorme pájaro mutilado, alegoría del poeta caído en desgracia, cojea torpe y humillado sobre la proa de un barco. Este es el final del sueño de Ovidio, escrito por un escritor que enseña literatura en la Universidad de Siena, en la misma tierra italiana a la que el poeta romano jamás pudo volver:

Soldados, dijo el César, cortadle las alas. Los pretorianos desenvai­naron la espada y con pericia, como si podaran un árbol, cortaron las alas de Ovidio. Las alas cayeron al suelo como si fueran suaves plumas y Ovidio comprendió que su vida finalizaba en aquel momen­to. Movido por una fuerza que sentía era su destino, tomó impulso y balanceándose sobre sus atroces patas salió de nuevo a la balconada del palacio. A sus pies había una multitud enfurecida que reclamaba sus restos, una multi­tud ávida que lo aguardaba con las manos furiosas.
Y entonces Ovidio, tambaleándose, bajó la escalera de palacio.[5]

Algunas de las vidas imaginarias relativas a autores antiguos (Homero, Lucrecio, Ovidio…) plantean esta inquietante relación entre la inspiración artística y la muerte. Ahora Tabucchi pasa a esta incierta gloria de los autores imaginarios.



FRANCISCO GARCÍA JURADO




[1] Resulta imposible, al referirse a estos pormenores, no acordarse de un gran ensayo de Émile Benveniste titulado “Estructura de las relaciones de persona en el verbo” (Problemas de lingüística general I, México, Siglo XXI, 1986, pp. 161-171).
[2] Hoy día es Roberto Bolaño quien ofrece la representación más difundida de este curioso tipo de relato metaliterario en obras como la Historia de la literatura nazi en América. Véase a este respecto Cristian Crusat, “La tradición de la vida imaginaria. Marcel Schwob y Roberto Bolaño”, Revista de Occidente 332, 2009, pp. 87-114.
[3] Jorge Luis Borges, “El hacedor”, en El hacedor, dentro de Obras completas II, Barcelona, Emecé, 1989, p. 160.
[4] Marcel Schwob, “Lucrecio”, en Vidas imaginarias. Trad. de Julio Pérez Millán, Barcelona, Orbis, 1987, pp. 45-49.
[5] Antonio Tabucchi, Sueños de sueños, seguido de Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Trad. de Carlos Gumpert Melgosa y Xavier González Rovira, Barcelona, Anagrama, 1996, pp. 19-21.

lunes, 19 de marzo de 2012

La Marsella donde murió Federico Augusto Wolf. Viaje interior

¿Para qué viajamos? Hay quien viaja como quien colecciona cromos, y cuyo afán consiste, básicamente, en completar el álbum imaginario de sus viajes por la faz de la tierra. Sigo pensando que no todos los lugares son iguales. Algunos nos conmueven, otros nos dejan indiferentes. Intento, no obstante, implicarme emocionalmente con todos los lugares ajenos mediante alguna clave particular ligada a mis lecturas o estudios De las ciudades y lugares que visitamos busco a menudo un detalle mínimo, apenas perceptible para el resto de turistas o viajeros. Esto ha sido lo que he intentado hacer antes de nuestra visita a la antigua ciudad de Marsella, en la Provenza. Traté de encontrar el lugar donde estaba enterrado Friedrich August Wolf, pero ha sido en vano. Sin embargo, tras el regreso de un viaje de fin de semana a Marsella y Avignon vuelvo con la sensación de, al menos, no haber pasado por allí sin mayor afán que el de coleccionar un nuevo cromo. Esta es la pequeña nota a pie de página inspirada por tales reflexiones y la búsqueda infructuosa de la tumba de Wolf. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Casi todas las referencias biográficas que he encontrado sobre el filólogo Friedrich August Wolf dan la noticia de su muerte en Marsella, en agosto de 1824, a los 65 años. Tras su forzosa salida de Halle, invadida por las tropas napoleónicas, luego fue invitado por Guillermo de Humbolt a formar parte del claustro de profesores que iban a configurar la mítica Universidad de Berlín a comienzos del siglo XIX. Humboldt escribió de esta forma una nueva página de la Historia de las universidades, y cuando Wolf llegó hasta aquella nueva Atenas germana ya había puesto los cimientos de la moderna filología clásica, en su entrañable Universidad de Halle. Sin embargo, esta nueva etapa berlinesa no iba a ser precisamente lo mejor de su vida, y poco a poco fue sintiendo cómo el nuevo mundo posnapoleónico que emergía ya no era el suyo. Enfermo, unos años más tarde partió para Marsella, donde es probable que esperara encontrar curación a sus males gracias al sol y el clima benigno de la Provenza y la Costa Azul francesa. Aprovechando un viaje de fin de semana a Marsella y Avignon, quise buscar la tumba de Wolf en esta ciudad, pero me ha resultado imposible ya incluso semanas antes de emprender el viaje. Para empezar, partí de algunas biografías que especifican algo más que el mero dato de la muerte y nos dicen que Wolf fue enterrado en el cementerio protestante. En este caso, mis búsquedas fueron infructuosas, por lo que aproveché un estudio acerca de los protestantes suizos en Marsella para suponer que, en realidad, el cementerio protestante no era otro que el llamado Cementerio suizo. Esta circunstancia me llevó a una búsqueda de su antiguo emplazamiento, no lejos del recinto que conocemos como “Vieille Charité”, aunque luego supe que este cementerio había sido trasladado, y no sé si se desvaneció definitivamente tras las reformas posrevolucionarias. En una ciudad arrasada durante la II Guerra Mundial parece, asimismo, poco probable que un establecimiento funerario de este tipo hubiera pervivido salvo por obra de la casualidad. En todo caso, se trataba de un cementerio bien distinto al de Saint-Pierre, que se construyó en el sigo XIX, uno de los más grandes de Francia, donde ya había lugar para todas las confesiones religiosas. Por todo ello, mi deseo de visitar la tumba de Wolf, de igual manera que podemos hacer con la de otros eruditos, como Egger en el cementerio parisino de Montparnasse, ha resultado imposible. Los restos mortales de Wolf parecen haberse perdido en una ciudad que, casualidades de la Historia, fue fundada por aquellos griegos que tanto amó el filólogo. Sí encontramos, a este respecto, algunas esculturas conmemorativas a este pasado milenario, como la de Homero en la Rue D’Aubagne, sita hoy en un lugar que parece más una calle tunecina o argelina que una calle propiamente francesa. Como reza en la placa que está en la base del monumento, los descendientes de los foceos erigieron este monumento al inmortal poeta griego, precisamente el que Wolf convirtió en la voz de la Grecia arcaica en sus Prolegomena ad Homerum. Los foceos partieron ya en tiempos legendarios desde el golfo de Esmirna, en Asia Menor, para fundar la ciudad griega que con el tiempo se convirtió en Marsella. Wolf emprendió un viaje menos largo que probablemente tenía mucho de viaje interior, de huida del mundo circundante. Encontrar la tumba de Wolf no era para mí, como alguien podría pensar, una cuestión baladí. Con Wolf muere un mundo y nace la nueva filología, y quería encontrar una suerte de testigo físico, una suerte de lugar, enre real y simbólico, donde tuvo lugar este tránsito sin retorno. No hubo suerte. Si bien no ha sido posible dar con la tumba de Wolf, al menos me ha sido dado recordarlo gracias a este monumento erigido al poeta de Grecia. FRANCISCO GARCÍA JURADO