miércoles, 9 de enero de 2013

Un canon de tres autores, o literatura para seguir viviendo

Me acuerdo todavía de aquel político mexicano que, más allá de la Biblia, no era capaz de citar los otros dos supuestos libros que más habían influido en su persona. Naturalmente, tal como son hoy los tiempos, si te dedicas a “cosas útiles”, como la política, no puedes perder el tiempo leyendo e instruyéndote. A quienes nos hemos quedado un tanto en la trastienda de la Historia sí nos ha dado tiempo, sin embargo, a leer algunos libros, especialmente buenos, y esta es la breve historia, que vengo meditando desde hace tiempo, acerca de cuáles son los tres autores (que no libros) que más han contribuido a perfilar lo que ahora soy. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Aunque la respuesta no parecía fácil, pues hay que elegir tres y sólo tres autores, mis conclusiones han sido claras y, ante todo, honestas. Un autor antiguo, romano para más señas, otro renacentista, originario de Burdeos, y un argentino del siglo XX son, lo sé, los autores con los que más me he identificado a lo largo de mis últimos veinte años. A Aulo Gelio, a Michel de Montaigne y a Jorge Luis Borges les debo el placer ya no tanto de la lectura, sino de la relectura ociosa y de estar sintiendo que cuando los leo aparecen en sus páginas las páginas de otros tantos autores. A Gelio le dediqué una personal antología en Alianza Editorial, a Montaigne le acabo de dedicar un artículo acerca de la peculiar lectura que hace del mismo Gelio (se publicará en Nápoles, en la revista Atene e Roma), y a Borges le he dedicado también un libro, el que se tituló “Borges, autor de la Eneida”. Asimismo, los tres autores han merecido paseos inolvidables por algunos lugares del mundo: Gelio me vino a la memoria en Atenas, cerca del Partenón, cuando vi el Odeón que mandó construir su amigo y maestro Herodes Ático. Montaigne sirvió de perfecta excusa para pasar unos días en Burdeos, donde pudimos entender algunas cosas sobre la relación del autor con su ciudad. En particular, me emocionó encontrar el lugar donde vivió Etienne de la Boétie (en la fotografía), el gran amigo de Montaigne a quien está consagrada la imaginaria conversación que son, en definitiva, sus ensayos. Seguir hablando con los amigos que marcharon, algunos para siempre, supone un desafío tal al tiempo que me hace pensar en cómo la vida es apenas una anécdota comparada con nuestro sentimiento. Borges supuso ya hace muchos años un paseo casi efímero por Buenos Aires, de tránsito entre Tucumán y Madrid, pero Borges también es un paseo indeleble por Harvard, o por la postrera Ginebra, donde intuí que la tristeza podía tener un color indeterminado, parecido al de los recuerdos de infancia. Asimismo, otros lugares menos motivados, más circunstanciales, han terminado igualmente estando unidos a mis autores, como Berlín, ligado a los días felices en que traducía a Gelio, o la misma China, en cuya ciudad de Hanzhou, cerca de Shanghai, pude leer la palabra “Classics” dentro de una librería, lo que me llevó al recuerdo de “classicus” usado por Gelio para referirse a los mejores autores. También he pensado en Montaigne y su defensa de la libertad de conciencia en lugares donde el respeto a los demás brilla por su ausencia (lugares muy lejanos y muy cercanos, a su vez), o he recordado la lenta mano que acaricia la seda de oriente, una mano virgiliana que sólo Borges pudo soñar, en pasajes ásperos y remotos del norte de la India o en plena ruta de la seda, cerca de la mítica Bujara. Gelio, Montaigne, Borges. Sólo con pronunciarlos entro en un mundo de palabras y ensueños, de gratos recuerdos, de clases universitarias perdidas ya en la sucesión ciega de los cursos académicos, y veo cifrada mi biografía más personal e inconfesable entre sus páginas. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 7 de enero de 2013

Cultura clásica y "movida" durante los años 80 del pasado siglo XX


Arturo Lara, «Lucha pornográfica de griegos y latinos». Cultura clásica y «movida» durante los años 80 del siglo XX, Editorial Dínsula, Madrid, 2013, 305 páginas ISBN 978-84-85787-23-4

Algunos libros nos llegan al alma porque nuestra historia vital está involucrada en su relato. Este es el caso, al menos para mí, de este precioso estudio que acaba de aparecer en las librerías. Posiblemente, algunos puristas arrugarán la frente ante una obra semejante donde, nada más y nada menos, se nos invita a hacer un recorrido por el valor que el imaginario de los clásicos grecolatinos tuvo en la España de los años ochenta del pasado siglo XX. Arturo Lara es un personaje singular. Como él nos dice, vivió de ser catedrático de griego y enamorar con Homero. Ahora, ya jubilado, ha querido rememorar aquellos años excepcionales, pues él mismo no dejó de ser un excepcional testigo de la llamada “movida”. La obra, no en vano, toma su título de una conocida canción de Franco Battiato y viene ilustrada por una no menos conocida fotografía de Ouka Lele dedicada nada menos que a la madrileña diosa Cibeles. Pese a lo que algunos puristas pudieran pensar, se trata de una obra perfectamente trabada y argumentada. Como bien dice su autor, el origen de su planteamiento está en la relectura que de Nietzsche hicieron algunos padres del llamado “pensamiento débil”, especialmente Gianni Vattimo. Si el pensador alemán se apartó de la filología clásica oficial de su época para dar lugar a su pensamiento vitalista, en los años 80 del siglo XX se produjo una suerte de “rehumanización” de las llamadas letras griegas y latinas, que rompieron con el tópico fuertemente arraigado del academicismo más estricto para pasar a ser parte de cierto dominio público y hasta mediático. En este sentido, el autor nos refiere un ejemplo de lectura propia del pensamiento débil en torno a un autor antiguo, en particular la que sobre Arquíloco y su escudo hace Fernando Savater en la prensa. La lectura de Savater está encaminada a romper el centro de interés más allá de un texto concreto para convertirse en una reflexión volteriana sobre la complejidad de las sociedades. Por diferentes razones, ciertos imaginarios de la Antigüedad, en espacial todo lo relativo al mundo alejandrino, o algunos poetas latinos como Catulo y Virgilio, se convirtieron en prestigiosos espejos donde mirarse. Nuestro autor propone una fecha inaugural para su estudio, nada menos que el mes de marzo de 1981. Ese mes, precisamente, a iniciativa del entonces catedrático de griego de la UNED Carlos García Gual, se organizó en esta universidad una conmemoración del bicentenario de Virgilio. En una reseña publicada en el diario El País por Luis Antonio de Villena, éste decía lo siguiente: “Por lo demás, el bimilenario de la muerte de Virgilio –acercando ya mucho el enfoque- nos halla culturalmente en España, y con más motivo en lo que a la poesía se refiere, en un nada tímida efervescencia clásica. Una vez más –y cada una de esas veces, cuando es auténtica es nueva-, intentamos ir al origen para vivir más hoy y para saber llegar a mañana”. Este es el planteamiento que nos abre la puerta para recorrer unos años acaso mágicos donde la materia de estudio, lejos de faltar, es tan copiosa que se hace necesario acotarla. Por ello, nuestro autor divide su libro en los capítulos siguientes, que primero enumeramos: “1. Alejandría y Madrid”, “2. Dos poetas latinos”, “3. La paradoja del mundo académico”, “4. Fiesta trágica y mitología”, “5. Poetas, letristas y cantantes”, “6. Los artistas y la metamorfosis” y, finalmente, “7. Enrique Tierno Galbán, o el latín clandestino”. Un mero repaso al contenido de cada uno de estos capítulos servirá, mejor que ningún otro comentario, para que nos hagamos una idea del carácter de la obra. En el capítulo titulado “1. Alejandría y Madrid”, el autor recorre lo que él llama, sin ambages, el mito de Cavafis y el neopicureísmo en los años 80. Dos libros fueron clave para la difusión del ideal cavafiano en España, de un lado, la traducción parcial y bilingüe que Luis de Cañigral hizo para la mítica colección “Los poetas”, de la editorial Júcar, y, de otro, la traducción completa que preparó para Alianza Pedro Bádenas. La sintonía cavafiana, su neopicureísmo sensualista, tiene especiales ecos no sólo en la literatura, sino también en la música de su tiempo. No se olvida en esta parte del estudio establecer ciertas sintonías entre dos ciudades: Alejandría y Madrid, decadentes, amorales y sensualistas a un tiempo. En “2. Dos poetas latinos”, se parte de dos poetas latinos cuya persona y obra se difundió también gracias a la colección “Los poetas”. Nos referimos a Catulo, estudiado por Luis Antonio de Villena, y a Virgilio, sobre quien Agustín García Calvo se encargó de hacer un precioso recorrido vital, además de una traducción rítmica. Ambos poetas trascendieron los límites de su latín y del estrecho círculo de especialistas, según Lara, para convertirse en verdaderos iconos cultos. De especial interés para los profesores de clásicas es el capítulo “3. La paradoja del mundo académico”, donde nuestro autor explica de primera mano cómo todo este prestigio culturalista se vio amenazado por un drástico recorte de las humanidades y sus contenidos a partir del primer gobierno socialista. El ministro Maravall, partidario empedernido de la enseñanza defendida por el laborismo británico, se encargó de romper el fructífero flujo que mantenía unidas la enseñanza media y la superior. Al romper con él, quiso dar a la enseñanza media un nuevo propósito, no exclusivamente universitario, y con ello el bachillerato terminó desvirtuándose. No obstante, gracias a sistemas educativos anteriores, pudimos contar todavía en los años ochenta con personas bien formadas que no ignoraban el significado del mundo grecolatino, como, sin ir más lejos, se ve en la prensa del momento. Asimismo, se fueron creando fronteras insalvables en el mundo académico universitario, en particular en torno a lo griego y lo latino, concebidos ambos como guetos. Esta miseria progresiva de las aulas contrastó, singularmente, con el esplendor de los cursos de verano, que es a lo que se dedica el capítulo “4. Fiesta trágica y mitología”, dedicado muy especialmente a los seminarios impartidos por Agustín García Calvo y Carlos García Gual en la UIMP de Santander. Las crónicas periodísticas y los testimonios del alumnado recrean la magia de aquellos días donde García Calvo disertaba sobre las contradicciones del amor, o García Gual hablaba de Prometeo y la novela griega. El capítulo “5. Poetas, letristas y cantantes”, juega no sólo con el mundo de los grandes poetas, tales como Gimferrer, Villena, de Cuenca, Siles, por citar sólo a cuatro, sino con la faceta desarrollada por algunos de ellos como letristas para importantes grupos musicales. Como bien dice Luis Alberto de Cuenca, escribir un poema no es lo mismo que hacer una letra de canción, pero Arturo Lara sabe encontrar sutiles puentes entre una actividad y otra. Batiatto, como no podía ser menos, ocupa aquí un lugar de excepción, en especial su culturalismo, que es explicado como un sentimiento, una actitud vital, sobre todo una forma de vivir la cultura con orgullo. Por otra parte, el capítulo “6. Los artistas y la metamorfosis” recorren las artes escénicas y visuales. Que arquitectos como Bofill encontraran en el lenguaje clásico una forma rompedora de hacer arquitectura no es más que la punta de un profundo iceberg. Nuestro autor recorre las carteleras de Mérida durante aquellos años (él fue atento espectador de muchas de las obras), donde se representaron a Esquilo (Rodríguez Adrados), Sófocles (el Edipo que tradujo García Calvo y encarnó con maestría José Luis Gómez), así como a los cómicos grecolatinos, Aristófanes y Plauto. Sorprende encontrar no sólo una documentación periodística tan copiosa, sino, sobre todo, tomada de primera mano, que nos lleva a incluso a otras literaturas, como el Mahabharata montado por Peter Brook para un festival de otoño en Madrid. La parte relativa a las artes visuales ofrece un catálogo impresionante de manifestaciones, donde destacamos al pintor Pérez Villalta, lector de Ovidio durante la movida madrileña, y a la fotógrafa Ouka Lele, cuya fotografía de la Cibeles supone, en opinión de nuestro autor, no sólo una localización necesaria, sino también un acto puro de corporeidad mítica. Finalmente, el capítulo “7. Enrique Tierno Galván, o el latín clandestino” nos inicia en la tortuosa relación, no siempre clara, entre el gobernante y el saber. El autor parte de una conocida anécdota, precisamente cuando el entonces presidente de España, Felipe González, declaró que en su mesilla de noche estaban las Memorias de Adriano escritas por Marguerite Yourcenar, algo que convirtió un libro supuestamente escrito para minorías en un verdadero best seller. Este guiño culturalista de un gobernante necesariamente culto forma parte de un anhelo que encarnó como nadie Enrique Tierno Galván, catedrático de Teoría del Estado en la Universidad Autónoma de Madrid y consumado latinista, como tuvo ocasión de comprobar el propio Arturo Lara en una amena conversación que mantuvo con el entonces alcalde de Madrid. La clandestinidad a la que se refiere Lara tiene que ver, en definitiva, con el arma de doble filo que constituyó en aquel entonces la cultura. Su prestigio supuso, en cierta medida, su ruina, pues quienes intentaron imitar los hábitos culturalistas no estaban dispuestos a aprender, sino a representar sus propias banalidades mediante presentaciones de libros, conferencias, o ruedas de prensa (los futbolistas o los tertulianos son hoy día un ejemplo perfecto de esta banalización). El latín se convierte, por ejemplo, en casi un personaje dentro de la novela titulada El nombre de la rosa, donde su autor, Umberto Eco, quiso dejar un verdadero homenaje a las litterae humaniores. 
Este es, en definitiva, un libro vitalmente necesario. Los jóvenes ya no se reconocerán en estos años, antes reales y ahora míticos, pero quienes hemos vivido esa época volveremos a experimentar muchas pasiones dormidas. “Vuelve, sensación amada, vuelve muchas veces y tómame en la noche”, que diría Constantino Cavafis. FRANCISCO GARCÍA JURADO 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

De cómo descubrí a Aulo Gelio en un texto de Julio Cortázar

En 1984 adquirí en la Feria del Libro de Madrid una edición de Rayuela, de Julio Cortázar. Se trataba de la primera edición académica, dentro de la colección de literatura hispánica de Cátedra, a cargo de Andrés Amorós. Desde el año 63, fecha de la primera edición de la mítica novela, hasta los ochenta, había dado tiempo a la canonización de la obra, sin que por ello perdiera un ápice de su vitalidad: simplemente cambia la nueva generación de lectores que revivirán la historia. Rayuela cuenta una de las historias de amor, la de la Maga y el protagonista de la novela, más intensas y tristes que jamás se hayan contado: historia de azares, de vértigos y de dolor. La forma de la novela, en especial su estructura, tampoco deja indiferente. Ilustramos este blog con una fotografía del París de Cortázar. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Posiblemente sea su estructura lo más impactante para un convencional lector de novelas, dado que, merced a un “Tablero de Dirección”, no nos ofrece una esperable lectura lineal. No obstante, la obra se divide, físicamente, en tres partes: “Del lado de allá”, “Del lado de acá” y “De otros lados (capítulos prescindibles)”. El libro me dejó, ciertamente, boquiabierto. Hoy día, con las nuevas técnicas hipertextuales, no ofrece demasiada dificultad escribir un texto que no sea lineal. En realidad, Rayuela es una obra que fue por delante de su tiempo en muchos aspectos, y también en el relativo al propio soporte en papel. Mi curiosidad por saber cómo era una novela que no se leía linealmente quedó plenamente satisfecha. Ahora bien, hubo algo que por mínimo e inesperado sembró en mí por aquel entonces una nueva inquietud de lector: precisamente, dentro de los llamados “capítulos prescindibles”, conjunto variopinto de materiales a menudo dejados allí en estado crudo, y que iban tendiendo llamadas constantes a los capítulos de la parte primera y segunda, observé que se había trascrito la traducción de un texto latino procedente de un autor que aún no conocía: era Aulo Gelio. Una breve nota a pie de página que había puesto el editor aclaraba la época en que este autor había vivido y el título de su única obra: las Noches áticas. Creo que uno de los mayores placeres de un lector es ese momento previo al encuentro físico con un libro, cuando sólo sabemos de él su título. Conviene recordar que uno de los aspectos más logrados de la obra de Gelio es, precisamente, su título, donde se presenta un tiempo (“las noches”) teñido de la magia y la nostalgia de un lugar (“áticas”). Se trata del tiempo dedicado a la plenitud del estudio, la vigilia, en el lugar que representa por excelencia lo mejor de nuestra civilización. A partir de ese título, de esa puerta que sirve como reclamo, nos ponemos a imaginar cómo serán los momentos felices de su lectura. Nos vemos a nosotros mismos en los lugares habituales de nuestra vida fijando la mirada en unas páginas y unas líneas que todavía no están a nuestro alcance. Sí, las Noches áticas parecían una obra prometedora, y en ella, sorprendentemente, se nos iba a contar todo tipo de datos y anécdotas, según le viniera en gana a su autor. Cortázar compara su Rayuela con un Liber fulguralis, de imprecisas y desordenadas páginas, y Gelio dice que sus Noches pueden leerse ordine fortuito, es decir, al azar. No tardé en poner en relación esa libertad expositiva del autor latino con la propia estructura no lineal de Rayuela. No tardaron en fijarse en mi cabeza dos preguntas, casi dos enigmas, que iban a llevarme, con el tiempo, por derroteros insospechados. La primera pregunta era: ¿por qué aparece un texto de Gelio en la obra de Cortázar? Naturalmente, cabían muchas respuestas. La más inmediata era, simplemente, que fuera una mera casualidad, pero el propio contenido de la cita, del que todavía no he hablado, me llevaría a conclusiones diferentes. La segunda pregunta era esta: si las coincidencias estructurales entre una obra y otra no son fortuitas, ¿cómo ha llegado a Cortázar el conocimiento de las Noches áticas y de su estructura no lineal? No era improbable este conocimiento, dada la cultura interminable de Cortázar. Él mismo ha dejado en otros lugares testimonio de ese saber sobre los antiguos, como en la recreación de los famosos versos de Adriano (animula, vagula, blandula...) que se pueden encontrar evocados en Rayuela. Se trata de los mismos versos que abren la novela Memorias de Adriano, de Yourcenar, y que Cortázar tradujo para la editorial Edhasa. Probablemente, Adriano es el emperador bajo cuyo mandato vivió el propio Gelio, y hay un pasaje de la novela de Yourcenar donde cabe recordar, disimulado en el fluir de la prosa poética y memorialista, hasta el título mismo de la obra de Gelio:

Jamás, desde las noches de mi infancia en que el brazo alzado de Marulino me mostraba las constelaciones, me abandonó la curiosidad por las cosas del cielo. Durante las vigilias forzosas de los campamentos contemplaba la luna corriendo a través de las nubes de los cielos bárbaros; más tarde, en las claras noches áticas, escuché al astrónomo Terón de Rodas explicar su sistema del mundo; tendido en el puente de un navío, en pleno mar Egeo, vi oscilar lentamente el mástil, desplazándose entre las estrellas, yendo del ojo enrojecido de Toro al llanto de las Pléyades, de Pegaso al Cisne; contesté lo mejor posible a las preguntas ingenuas y graves del joven que contemplaba conmigo ese mismo cielo. Aquí, en la Villa, hice levantar un observatorio al que la enfermedad ya no me deja subir.
(Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, trad. de Julio Cortázar, Barcelona, Edhasa, 1984, p. 124)

Por poner otro ejemplo relativo a la interminable cultura de Cortázar, el personaje clave de Rayuela tiene intencionadamente el nombre de Horacio, motivado por el propio poeta romano de la época de Augusto. No falta en Rayuela, por cierto, tampoco el gorrión de Lesbia, cuya muerte inmortalizó Catulo. Mientras escribo estas líneas, veintitrés años más tarde, aquellos enigmas aparecen ahora resueltos y encarnados en varios libros que guarda mi biblioteca, y que iré presentando con calma. Puedo decir, y no me causa rubor, que la lectura de Cortázar me llevó a la de Aulo Gelio. Acudí presuroso a la Biblioteca de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid y consulté la edición latina de los Oxford Classical Texts, con sus dos tomos de Gelio, en la idea completamente infundada de que su latín sería muy fácil y no me haría más falta que la esporádica ayuda de un diccionario. No me fue tan fácil penetrar en la obra como había creído en un principio. Allí podía ver noticias varias que debía ¡yo mismo! organizar en mi cabeza para conferir un sentido a aquella lectura. Se me ocurrió, y no me equivoqué, que debía articular una estrategia de lectura: comenzaría buscando datos sobre un tema concreto. El que más me llamó la atención fue el de Alejandro Magno, en especial la traducción latina que Gelio hacía de las cartas destinadas a su madre, Olimpíade, o a su maestro Aristóteles. Todas estas cartas encierran preciosas enseñanzas morales y vitales. Así, por ejemplo, cuando Alejandro se dirige a su madre autoproclamándose soberbiamente “hijo de Zeus” ella le responde, con sabia ironía, que eso la convierte en concubina del dios. A su maestro Aristóteles se queja porque éste ha publicado algunas de las enseñanzas a las que, supuestamente, no habían de acceder más que el selecto grupo de sus discípulos. Sin embargo, el filósofo le tranquiliza diciéndole que no se preocupe, pues la lectura de tales libros no la entenderán más que aquellos que han sido iniciados por él en la filosofía. En fin, hay en este libro mucho conocimiento, y hasta preciosas dramatizaciones de personajes. Su espacio literario y vital va de Atenas a Roma (el de Cortázar se extiende de París a la Argentina), y en el libro no faltan recuerdos vivos de las estancias de estudio en la campiña ática o de las lecciones imborrables de los grandes maestros de la época: Herodes Ático, Tauro y Favorino. El lenguaje y la literatura ocupan un lugar no menos importante. Entre otras cosas, fue gracias a este libro por lo que ya en el siglo XVI se comenzó a llamar “clásicos” a los mejores autores de la literatura. Gelio, gran estudioso de las instituciones de la Antigüedad, trasladó del ámbito social la forma de denominar a aquellos ciudadanos que pertenecían a la clase más alta, es decir, los classici (frente a los proletarii o los capite censi) al ámbito de la humanitas. De esta forma, los autores classici se convirtieron en los “aristócratas”, los mejores, de una ideal República Literaria. Esta metáfora, que no es más que una culta broma de Gelio, pasó después a constituir esa envidiable categoría a la que todo escritor aspira. No de menor fortuna ha sido la trascripción que el propio Gelio hace de una etimología, la de la palabra persona, que en latín significa “máscara”. Según el texto de Gelio, la máscara se dice persona porque ésta “resuena”, es decir, per-sonat. De una manera hábil, aunque incierta, se pone en relación una palabra de origen etrusco, persona, con el verbo que más se le parece, per-sonare, que en castellano decimos, “resonar”. A pesar de la falsedad histórica, su difusión como etimología que aclara el origen de la máscara teatral ha sido grandísima, y ni el propio Cortázar se sintió ajeno a ella cuando incluyó la cita completa del capítulo de Gelio dentro de los materiales diversos que componen su novela Rayuela:

De la etimología que da Gabio Basso (sic) a la palabra persona.
Sabia e ingeniosa explicación, a fe mía, la de Gabio Basso, en su tratado Del origen de los vocablos, de la palabra persona, máscara. Cree que este vocablo toma origen del verbo personare, retener. He aquí cómo explica su opinión: «No teniendo la máscara que cubre por completo el rostro más que una abertura en el sitio de la boca, la voz, en vez de derramarse en todas direcciones, se estrecha para escapar por una sola salida, y adquiere por ello sonido más penetrante y fuerte. Así, pues, porque la máscara hace la voz humana más sonora y vibrante, se le ha dado el nombre de persona, y por consecuencia de la forma de esta palabra, es larga la letra o en ella».
AULIO (sic) GELIO, Noches Aticas.
(Julio Cortázar, Rayuela, Madrid, Cátedra, 1984, cap. 148)

Por cierto, ya había tenido puntual noticia acerca de esta traducción castellana que transcribía Cortázar y de la que es oportuno hablar, pues es una pieza importante para nuestro relato. En todo caso, ya había supuesto, casi desde el principio, que la traducción citada no era suya (sí el error de “AULIO” en lugar de “AULO”), pues el castellano me parecía propio de otro siglo. Así las cosas, tras este repaso inicial a la obra de Gelio, salvada ya la primera impresión y viendo cuánta enjundia cabía en sus páginas, no pude menos que soñar con el proyecto de traducirla. Pensé en mi futuro, naturalmente incierto, pero lleno de proyectos e ilusiones. Pasara lo que pasara en mi vida, debía marcarme como anhelo llevar a cabo una traducción de esta obra o de una parte de ella. Al cabo del tiempo, puedo decir que ese anhelo se vio cumplido por causas que son más que curiosas y que, con Ernesto Sábato, podríamos explicar desde el hecho de que, en realidad, no existen las casualidades. Sábato, por cierto, supuso en la lenta indagación de las conexiones de Gelio con los autores argentinos otro pequeño eslabón, dado que alude en su novela Sobre héroes y tumbas, dos años anterior a la publicación de Rayuela, a la misma relación entre la palabra “persona” con su antiguo significado latino de “máscara”:

Pues, como decía Bruno, «persona» quería decir máscara y cada uno tendrá muchas máscaras: la del padre, la del profesor, la del amante. Pero ¿cuál era la verdadera? ¿Y había realmente una que fuese la verdadera? (...)
(Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas, Barcelona, Seix Barral, 1984, p. 189)

Este tipo de argumentos lingüísticos tiene mucho de recurso conceptual, como también fui averiguando al cabo del tiempo. Autores como Pérez de Ayala, Unamuno u Ortega ya lo habían ensayado en sus escritos, y el uso de la etimología a la hora de argumentar o, simplemente, de jugar con las palabras, era tan antiguo como el propio lenguaje. Que dos autores argentinos se hubieran interesado por la etimología de la palabra “persona” no tenía por qué ser una rareza. No en vano, estamos en el país del psicoanálisis, tan preocupado por el estudio de la personalidad y sus máscaras. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 22 de diciembre de 2012

La literatura latina en artículos de prensa: o la vida en papel

Ayer, di una clase que me ha costado preparar al menos 25 años. En la bonita asignatura titulada "Roma imaginada", concretamente dentro del tema dedicado a Roma en la prensa escrita, quise ofrecer en clase un particular recorrido por la literatura latina: mi manual era una carpeta repleta de artículos de prensa. No sólo era la literatura latina, sino también el afán recopilador, la pasión por saber y vivir, a la que no renuncio. (en la fotografía, una vista de la ciudad de Bolonia) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A mi grupo de "Roma imaginada", en la espera de que alguna vez estas personas jóvenes y felices sean conscientes de todo lo que hicimos en aquel curso 2012-2013.

Cuando lo anecdótico o circunstancial, en este caso unos pobres recortes de prensa, se convierte en un inesperado argumento es, seguramente, cuando comenzamos a darnos cuenta de que nuestra vida esconde un sentido peculiar que no desciframos hasta pasado el tiempo. Aquellos recortes que llevé a la Complutense una  mañana de diciembre eran parte de mi vida, de vivencias a menudo felices. Entre otras, cómo olvidar el artículo que el gran Ettore Paratore escribió sobre Horacio en 1992, y que me encontré, precisamente, volviendo a España desde Milán, en la revista de una compañía aérea italiana. En un lugar donde uno sólo espera encontrar los abalorios al uso de este tipo de publicaciones (los rutinarios Rólex, los palos de Golf, o estrafalarios gustos de lo que se supone que es la buena vida) me encontré el artículo titulado "Tra una satira e un'epistola". Volvía cargado con la propia edición de Plauto del mismo Paratore, los cinco tomos que había encontrado en una tienda de periódicos al lado del mismo colegio donde me hospedaba (con el precioso nombre de I Poeti) en Bolonia. También mostré en clase el artículo que apareció en el diario El País sobre el bimilenario de Virgilio (28 de marzo de 1981, ahí es nada), con una semblanza de Luis Antonio de Villena. Llamó la atención un artículo sobre el pintor Guillermo Pérez Villalta, quien afirmaba haber leído a Ovidio (con toda seguridad las Metamorfosis, pero quizá también el Ars Amatoria) en los tiempos cándidos y ahora irreconocibles de la llamada "movida". Es uno de mis propósitos poder dirigir una tesis doctoral sobre el valor que la cultura del mundo grecorromano tuvo durante los felices años 80 del pasado siglo XX. La posible correspondencia de San Pablo y Séneca motivaba un artículo del diario El Mundo (domingo 24 de octubre de 1999), y nada menos que Francisco Ayala escribía acerca de una relectura del Satiricón de Petronio en El País del 27 de junio de 1995. Entre otros artículos, recordé con especial cariño el que Joan Perucho escribió para el ABC cultural con el título de "Los viñedos del poeta Ausonio". Fue el 10 de marzo de 1995, y todavía pude leerlo junto a mi padre. El tiempo ha pasado irremediablemente, como diría un antiguo poeta, pero ha quedado cierta conciencia de lo vivido. Cuando toca a su final la última de las novelas de "A la búsqueda del tiempo perdido", el personaje protagonista de Proust encuentra felizmente las claves de su vida gracias a una asociación circunstancial de cosas (simplemente, vuelve a tener una misma sensación que hacía años había sentido mientras degustaba una madalena). No en vano, esta última novela se titula "El tiempo recobrado". FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 14 de diciembre de 2012

Joan Perucho y Mayáns: la Ilustración y lo fantástico


Hasta hace muy pocos años, la historiografía ha maltratado a la Ilustración española. Todavía puede percibirse un poso de displicencia cuando se habla de este período de la historia de España, tachado de adjetivos como "erudito", o "falto de vida", si se compara, sobre todo, con los dos siglos anteriores. Frente a esta tradicional interpretación, las historiografía más reciente, de la mano de estudiosos como Aguilar Piñal o Antonio Mestre, nos ha ido descubriendo un mundo complejo, diverso en ideas y conflictivo que si bien mira por un lado a la cultura francesa, también, por otro, tiene unas sólidas raíces en la cultura española del siglo XVI. Mundo de reformas, de anhelos por lo general incumplidos, donde palabras como "jansenismo", o "regalismo" se hacen en poco tiempo familiares para cualquiera que se adentre en los vericuetos de este peculiar y crucial período de la cultura española. Por lo demás, que sea exclusivamente la razón la "diosa" que preside este Siglo de las luces sería asunto cuando menos matizable. FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE 
Autores del momento, como el Marqués de Sade, o de nuestro siglo, como Michel Foucault, se han encargado de hacernos ver la otra cara de esta razón ilustrada. De esta forma, el siglo XVIII es un objeto de estudio ideal para romper tópicos adquiridos y sorprender al desprevenido lector interesado por la época con aproximaciones novedosas e inquietantes.
En relación con lo que decimos, dentro del ámbito de la creación literaria, en concreto de la literatura fantástica, el escritor catalán Joan Perucho, bibliófilo y amante de las letras dieciochescas, tuvo la original idea de crear un bestiario de monstruos fantásticos remitibles nada menos que al Siglo de las Luces, cuando lo esperable es que tales monstruos aparecieran en épocas más irracionales u oscuras, como es el caso de la Edad Media. Pero fue su deseo que los monstruos aparecieran en los gabinetes ilustrados, y no sabemos si pensando en la leyenda del conocido grabado de Goya, que tales monstruos nacieran precisamente del sueño de la razón. La primera parte de este bestiario fantástico constituyó el asunto de su discurso de ingreso a la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, el año 1976. Como era esperable, uno de esos monstruos, concretamente el llamado "La Pesanta", que es "un animal de fino pelaje, del tamaño de un perro, que tenía la virtud de provocar sueños escalofriantes", se introdujo en la casa del ilustrado don Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781):

"Este sueño, que fue insoportable para el patriarca de Cervera (sc. José Finestres), se repitió muchas noches y lo debilitó físicamente. Esto fue notorio para todos, hasta que un día la Pesanta, no pudiendo soportar las costumbres eclesiásticas de Finestres, se metió dentro de una cajita de madera que éste enviaba a su gran amigo Mayans Siscar en Valencia, llena de chocolate de la «pedra» y de libros de crítica histórica, con la intención de cambiar de aire y, si podía, visitar la ciudad del Turia. El viaje fue largo, porque el que conducía el carro se paraba a cada paso bajo cualquier pretexto o excusa, y la Pesanta se preguntaba si llegaría alguna vez, y por fin, al término del viaje. Éste terminó, efectivamente, y fue el día que, en su pueblo de Oliva, Mayans Siscar recibió, mientras escribía unas cartas, la cajita con el chocolate y los libros. Poco sospechaba el gran erudito que también recibía la Pesanta, y que ello llegaría a ser el tormento de su alma; en consecuencia, continuó escribiendo a su amigo Juan Cristóbal Strodtmann, rector del Gimnasio de Osnabrück, dándole las gracias por haber sido admitido en la Academia Latina de Jena y copiándole su poesía Chocolata, sive, in laudem Potionis Indicae quam appellant Chocolate, Elegia. También le contaba la opinión displicente del gran Gerar Meerman sobre el padre Feijóo, de quien decía que «aunque no puede negarse el mérito a la obra (Theatro crítico), es de poca utilidad para los conocedores de la lengua francesa o inglesa, en las cuales hay escritores mucho mejores en este género».
Aquella misma noche, la Pesanta se instaló sobre el pecho generoso de Gregorio Mayans Siscar, que inmediatamente empezó unos sueños inquietantes, ya que soñó que le habían robado la Oración que exhorta a seguir la verdadera idea de la elocuencia española, así como el famoso Epistolarum libri sex. Pero aun así, totalmente dormido, se levantó angustiado y sudoroso y, al incorporarse, la Pesanta se deslizó con todo su peso y cayó sobre uno de los pies, produciéndole una gran tumefacción, que curó gracias a la intervención del médico catalán Antonio Diophanis Capdevila (personaje recientemente estudiado por el padre Batllori).
Diophanis Capdevila expulsó a la Pesanta con fuego de virutas y la famosa agua de flor de «carqueixa», descubierta por el padre Martín Sarmiento. Estos hechos fueron cuidadosamente ocultos por los biógrafos del «Generosi Valentini», y así Strodtmann, en Geschichte des edlen Herrn Gregorius von Mayans und Siscar, disimula las causas de la enfermedad del erudito (ocultando la existencia real de la Pesanta), diciendo que, «habiéndole arrancado un callo en malas condiciones, sufrió una inflamación con agudos dolores y tuvo que guardar cama, con fiebre, durante tres meses». Pero consta que se restableció satisfactoriamente el 5 de mayo de 1754." (Joan Perucho, Bestiario Fantástico, en Fabulaciones. Edición de Carlos Pujol, Madrid, Alianza Editorial, 1996, 473-474, publicado primero en catalán en La zoologia fantàstica a Catalunya en la cultura de la Il.lustració. Discurs d'ingrés llegit el dia 14 de març de 1976 a la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona per... i discurs de contestació per l'acadèmic de número Guillem Díaz-Plaja, Barcelona, Real Academia de Buenas Letras, 1976, 36-37).

En verdad, fueron otros monstruos los que hicieron a Gregorio Mayans la vida imposible dentro del complejo y conflictivo mundo de la erudición ilustrada. Debemos hacer una observación que aunque discutible y matizable resulta muy útil para poder entender mejor el papel de Mayans en la Ilustración española: Mayans no encaja exactamente en el prototipo de ilustrado que encarnan las figuras del padre Feijoo, o Jovellanos, ya que, si bien se trata de un hombre abierto a las nuevas corrientes francesas y, además, mantiene un intenso contacto con algunos de los focos intelectuales y académicos más importantes de Europa, presenta, por otra parte, un profundo poso tanto de pensamiento español del siglo XVI, así como de pensamiento clásico que le confieren una dimensión bien distinta de lo que entendemos como "afrancesado". De esta forma, frente al ensayismo tan del gusto francés de Feijoo, Mayans sigue cultivando géneros como la oratoria y, frente a la pasión de aquél por la lengua francesa, Mayans sigue escribiendo en latín, todavía lengua internacional de comunicación entre muchos eruditos. Pero todo es mucho más complejo como para trazar una simple polaridad entre Mayans y Feijoo. Mayans era acérrimo enemigo de los jesuitas, con quien, por cierto, estudió. En esto tiene mucho en común con las corrientes reformistas de la Iglesia en la España del XVIII, en la que ilustrados y "jansenistas" encontraron causas comunes. Los compañeros universitarios de Valencia resultaron ser también sus enemigos, y luego, en la Corte, acabó sufriendo la oposición de compañeros de trabajo de la Biblioteca Real, como Juan de Iriarte. Demasiados enemigos en esta España convulsa, aunque siempre quedaba el consuelo de los amigos europeos. Ya lejos de aquellas polémicas, Mayans se nos presenta como una figura gigantesca intelectualmente hablando. La Filología, la Crítica Literaria, la Historia de la Lengua Española, la Jurisprudencia, la Historia, la Oratoria, y otras tantas disciplinas encontraron en Mayans no sólo un digno cultivador, sino, incluso a veces, un fundador. Editor de Fray Luis, de Vives, de Sánchez de Las Brozas, o del Diálogo de la lengua (entonces titulado "de las lenguas") de Juan de Valdés, entre otros, supuso para la cultura española un hito difícil de igualar. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 8 de diciembre de 2012

Pompeya, una ciudad con dos vidas

Una vez más, volvemos a Pompeya con la alegría de reconocer ya en ella una parte de nuestras emociones y recuerdos más felices. Todavía recordamos el educado grupo de estudiantes colombianos con quienes compartimos la visita de alguna de las casas que tan sólo podían visitarse previa concertación de la visita. Les guiaba su profesora de latín, una persona amabilísima. Aquella mezcla de ruinas y de juventud dorada, de pasado insigne que motiva un viaje inolvidable es, en buena medida, la que ha hecho de Pompeya un lugar de peregrinación obligada desde el mismo siglo XVIII. POR MARÍA JOSÉ BARRIOS CASTRO Y FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Hace ya tiempo que acariciamos la idea de emprender un ambicioso viaje que quisiéramos titular "Recontrucción de la mirada: el Grand Tour". El profesor José María Luzón nos puso la miel en los labios cuando organizó, hace unos años, la exposición sobre el Westmorland, la fragata proveniente de Livorno que iba cargada con un imponente cargamento de recuerdos procedentes de uno de aquellos viajes, y que terminaron en España, concretamente en la Real Academia de Bellas Artes. El Museo Getty organizó, asimismo, una magnífica exposición sobre aquel "Gran" recorrido que sólo pudimos visitar de manera virtual, aunque luego, en las tiendas del Palacio Real, pudimos encontrar uno de sus souvenirs, la réplica de una cajita de pequeños medallones ("Intaglio Colletion") que reproducen esculturas de la Antigüedad (podéis verla en la fotografiada más abajo). Aquí está el origen de los recuerdos turísticos que luego, con tan mal gusto (excepto los del Metropolitan y algún otro museo) proliferan por los tenderetes de lugares arqueológicos. Quizá el gran libro de las Antigüedades de Sir William Hamilton terminó por completar esta colección de sueños, pues no deja de ser, en su formato infolio, un verdadero museo de la Antigüedad vista a través de los ojos del siglo XVIII. Hamilton estuvo enamorado del Vesubio como quizá pocas personas pueden enamorarse de un volcán. El hecho de que en el Westmorland también fuera uno de aquellos ejemplares ilustrados sobre el volcán cierra magnífcamente este círculo mágico.
En nuestro afán por reconstruir el Gran Tour de los jóvenes ingleses del siglo XVIII como verdadero viaje de iniciación, por un lado, y de reinvención de la Antigüedad, por otro, nos encontramos con los magníficos lugares de Herculano (en la foto de arriba) y Pompeya.

Como apunta Mary Beard en un reciente libro sobre Pompeya, la ciudad ha tenido dos vidas, una antigua y otra moderna. En realidad, se trata de existencias distintas, con habitantes que nada tienen que ver entre ellos. Estamos hablando, naturalmente, de los antiguos pompeyanos y de los nuevos descubridores, a los que han seguido otros extraños habitantes, más bien invasores, llamados turistas.
El descubrimiento de Pompeya fue una revelación tanto para el conocimiento de la Antigüedad y la vida cotidiana como un importante motivo de inspiración estética (el estilo pompeyano influyó sobre la decoración palaciega a partir del siglo XVIII). De manera fortuita, el día 2 de abril de 1748 aparecieron los primeros restos de Pompeya. Son los tiempos del próspero reinado de Carlos VII de Nápoles, futuro rey Carlos III de España. Un ingeniero español al servicio del rey, Roque Joaquín de Alcubierre (1702-1780), emprendió las excavaciones por medio de túneles sin saber todavía que lo que estaba bajo sus pies era la ciudad de Pompeya. La Historia parece haber sepultado al ingeniero durante mucho tiempo, al igual que la ciudad que descubrió. Uno de sus grandes detractores fue Johann Joachim Winckelmann, padre de la moderna historia del arte y por aquel entonces conservador de las antigüedades del Vaticano. Éste no creyó que en aquel lugar donde excavaba Alcubierre fueran a aparecer objetos artísticos ni confió jamás en los conocimientos arqueológicos del ingeniero español. Sin embargo, Pompeya volvió a la Historia, en este caso la historia moderna, repleta de tesoros artísticos y arqueológicos que acarrearon nuevos problemas. El principal era la condición de “cantera arqueológica” que adquirió el lugar durante muchos años, para el embellecimiento de los lugares de la corte. Cuando Goethe visita estas ruinas el 18 de marzo de 1787 se lamenta de que las excavaciones no se realizaran de manera metódica a cargo de mineros alemanes. Ya sabemos que cada época tiene su forma de hacer arqueología, pero no le faltaba razón.
No será hasta el siglo XIX cuando Giuseppe Fiorelli (1823-1896), catedrático de Arqueología en Nápoles, se hizo cargo de la excavación científica de Pompeya. Fiorelli ordenó la excavación metódica y limpió las calles para poder establecer de esta manera un plano de la ciudad, enumerando las insulae o manzanas. Una de las cosas más importantes fue el cambio de método ante los hallazgos, ya que ahora se hizo pertinente la localización precisa de cada objeto. Asimismo, Fiorelli ideó una forma de rellenar con una sustancia parecida al yeso las oquedades que habían dejado dentro de la lava los cuerpos y objetos perecederos. De esta forma, logró extraer impresionantes moldes que reproducían con exactitud y crudeza las posiciones adoptadas por los seres vivos, animales y personas, en el momento de su muerte.
Pero tan importantes como los descubrimientos arqueológicos en sí son sus interpretaciones modernas. Los nombres que se dan a las casas hoy día no dejan de ser ingeniosas invenciones. Es el caso de la llamada casa del moralista, denominada así por las inscripciones donde se nos prohíbe echar miradas lascivas, tentar a las mujeres ajenas o ser soez. Otra de las casas, la llamada del poeta trágico, se denominó de esta manera por sus pinturas relativas a la tragedia griega. Esta casa inspiró una de las más hermosas y famosas recreaciones literarias en la novela Los últimos días de Pompeya. Así lo vemos cuando habla uno de los personajes:

“Sin embargo, te agradan los eruditos, y el amor que sientes hacia la poesía, bien claramente se descubre en la pinturas de tu casa, donde admiramos a Esquilo y a Homero; al género dramático y a la epopeya.”

Quizá la mejor de todas estas modernas denominaciones sea la que ha puesto nombre a la propia erupción del volcán, llamada “pliniana” en honor del gran naturalista que allí encontró la muerte.
De todo lo encontrado en Pompeya, lo que mas tabúes ha supuesto para la interpretación moderna ha sido la propia mentalidad sexual romana. No fue hasta el 24 de agosto del año 2000 cuando el Museo Arqueológico de Nápoles se decidió a reabrir las salas de su Gabinete Secreto, integrado por 312 obras que han estado ocultas durante dos siglos. El gabinete, también llamado erótico, se creó en 1763 y permaneció expuesto con normalidad hasta 1819, cuando tras una visita con su hija de Francisco I, duque de Calabria y futuro rey de Nápoles, se decidió que a partir de ese momento sólo podrían contemplar aquellas piezas personas maduras y de buena reputación. El cambio de denominación del gabinete va desde el eufemismo de “secreto” hasta el juicio moral: “Colección pornográfica”. El historiador del arte Brian Sewell destaca la abundancia que hay en él de grandes falos, originariamente situados en los huertos como símbolo de fertilidad, y sugiere que aquellos descomunales miembros viriles, pintados de rojo, terminaron evolucionando hasta convertirse en nuestros famosos gnomos o enanos de jardín.
Pero si el sexo es impactante, no lo es menos la propia muerte. Los impresionantes vaciados de seres humanos, cuya huella ha permanecido al cabo de los siglos tras deshacerse la materia orgánica bajo la lava seca, son posiblemente el testimonio más conmovedor de cuantas cosas podemos admirar en la ciudad fantasma: no dejan de ser aire que se ha vuelto Historia. Ese mismo vacío es el que puede sentirse al pasear por aquellas calles, que hoy parecen intactas si las comparamos con otras ruinas de la Antigüedad donde sí se ha hecho presente y palpable el devastador paso del tiempo. También tenemos la misma sensación al entrar en las casas y los diferentes lugares. Aquella vida cotidiana, despojada de sus protagonistas, hoy vive ya para siempre en nuestro imaginario moderno. María José Barrios Castro y Francisco García Jurado. Doctores en Filología Clásicas y miembros del Grupo UCM de Investigación "Historiografía de la literatura griega y latina en España"

domingo, 2 de diciembre de 2012

La corrección política llega a los textos latinos: el caso de Julio César


Según las nuevas directivas de uno de los más altos organismos de la UNASCO, dedicado precisamente a la educación, los textos de la Antigüedad mantienen claros “casos de incorrección política” que, leídos con descuido y sin el suficiente carácter crítico, podrían inculcar valores “poco tolerantes entre los alumnos”. Naturalmente, para poder “corregir” la inadecuación de estos trasnochados valores se hace necesaria la labor del docente, pero el organismo oficial propone una solución más sencilla: “adaptar” los textos al nuevo contexto multicultural. El conocido comienzo de la Guerra de las Galias de César es, a este respecto, muy ilustrativo. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

Los alumnos de latín recordarán este conocido texto inaugural de la Guerra de las Galias:

Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam Aquitani, tertiam qui ipsorum lingua Celtae, nostra Galli appellantur. Hi omnes lingua, institutis, legibus inter se differunt. Gallos ab Aquitanis Garumna flumen, a Belgis Matrona et Sequana dividit. Horum omnium fortissimi sunt Belgae, propterea quod a cultu atque humanitate provinciae longissime absunt, minimeque ad eos mercatores saepe commeant atque ea quae ad effeminandos animos pertinent important, proximique sunt Germanis, qui trans Rhenum incolunt, quibuscum continenter bellum gerunt.

Ensayo una apresurada traducción

Toda la Galia esta dividida en tres partes,  una de las cuales habitan los belgas, otra los aquitanos, y la tercera quienes en su propia lengua se llaman celtas y en la nuestra galos (1). Todos estos difieren entre sí por su lengua, instituciones y leyes. El río Garona separa a los galos de los aquitanos, y el río Marne y el Sena de los belgas. De todos estos, los más fieros (2) son los belgas, dado que están muy apartados de los refinamientos y educación (3) de la provincia, y rara vez llegan hasta ellos los mercaderes y les llevan esas cosas que sirven para afeminar los ánimos (4), y asimismo están muy cerca de los germanos que habitan a la otra orilla del Rin, con quienes contienden de manera habitual (5).

 El informe oficial de la UNASCO señala cinco aspectos “revisables” en este texto que deberían “adaptarse” a un pensamiento más tolerante y respetuoso con los “valores actuales de nuestra convivencia”. En cuanto al punto (1), sobre el hecho de que los romanos llamen “galos” a los celtas, el informe especifica lo siguiente: “aunque se trate de una forma ya común”, los celtas deben ser denominados en su lengua de origen y no en la de los foráneos. De esta forma, la Galia es un término impuesto, y la propia denominación debería cambiarse como "región celta". El punto (2), relativo a la fiereza extrema de los belgas, se afirma lo siguiente: “la fiereza es un juicio de valor subjetivo por parte del autor de la obra, que probablemente obedece más bien a la idiosincrasia cultural de este pueblo”. Mucho peor es, según el informe, las razones a las que se atribuye esta fiereza, pues “se llega a confundir con la brutalidad y la barbarie”. Nos referimos, naturalmente, a (3), es decir, al alejamiento de “los refinamientos y la educación”, pues, según el informe, tales aspectos no son más que “una forma de colonización por parte del imperio de Roma”. Muy severo se muestra el informe con respecto al uso de “effeminandos” que aparece en (4), dado que hay un “gratuito juicio sexista, donde el término afeminar se considera sinónimo de debilitar, de manera que se entiende defectivamente que las mujeres son débiles e inferiores”. Finalmente, no gusta en el informe la última frase del párrafo citado, indicada con (5) y relativa a las luchas habituales con los germanos, pues “no debe animarse a los alumnos a contender con el vecino, especialmente si la única razón que hay para contender es la de ser vecino”. Para que no se vea que el informe es completamente negativo, se elogia mucho una de las frases contenidas en el texto, en particular la siguiente: “Todos estos difieren entre sí por su lengua, instituciones y leyes”, pues, según los expertos evaluadores, “aquí se reconoce, aunque sea de una manera obligada y no necesariamente positiva, las naturales diferencias que deben existir entre los diferentes pueblos, a cuyo aniquilamiento contribuyó de manera decisiva el imperialismo romano, en  lugar de haberse creado una Europa de las tribus naturales”. En fin, el informe concluye con la siguiente remodelación del texto que yo les ofrezco ya adaptada a mi propia traducción:

TEXTO ADAPTADO A LA NORMATIVA

Toda la REGIÓN CELTA (que no Galia) esta dividida en tres partes,  una de las cuales habitan los belgas, otra los aquitanos, y la tercera quienes en su propia lengua se llaman celtas y en la nuestra DEBERÍAN LLAMARSE IGUALMENTE CELTAS (1). Todos estos difieren, Y ESTO ES MUY LOABLE, EN ARAS A UN CORRECTO ENTENDIMIENTO DE LAS DIFERENCIAS INTERCULTURALES, entre sí por su lengua, instituciones y leyes. El río Garona separa a los CELTAS (no galos) de los aquitanos, y el río Marne y el Sena de los belgas. De todos estos, los QUE TIENEN UNAS COSTUMBRES CULTURALES MÁS DINÁMICAS (2) son los belgas, dado que están muy apartados de USOS Y COSTUMBRES DEL IMPERIALISMO CULTURAL Y GLOBALIZADOR DE LOS ROMANOS (3) de la provincia, y rara vez llegan hasta ellos los mercaderes y les llevan esas cosas que sirven para DEBILITAR los COMPORTAMIENTOS DECLARADAMENTE MACHISTAS (4), y asimismo están muy cerca de los germanos que habitan a la otra orilla del Rin, con quienes MANTIENEN UN TRATO SOSTENIBLE de manera habitual (5).

Ustedes juzguen lo que les parecezca oportuno. FRANCISCO GARCÍA JURADO