martes, 11 de agosto de 2009

EL VIAJE SENTIMENTAL

Viajar, además de ser una fuente de aprendizaje y experiencias, supone una forma distinta de sentir y vivir. Un viaje no deja de ser una pequeña vida dentro de nuestra vida, algo que comienza y termina, aunque queda luego en nuestra conciencia como recuerdo. El viaje tiene un aspecto práctico, fundamental, que implica desde decidir un destino, un medio de transporte y un residencia temporal. Algunos blogs sobre viaje se centran fundamentalmente en estos aspectos y en un sinfín de datos prácticos cuyo conocimiento puede resultar útil y hasta vital. Pero el viaje no es sólo un conjunto de datos prácticos. En el siglo XVIII, Lawrence Sterne escribió una obra singular de gran tradición literaria. Se titula "El viaje sentimental" ("A sentimental journey"), y el autor quiso contar de una manera algo diferente su periplo por Francia e Italia. Ya se habían escrito muchos libros de viaje donde los autores contaban su experiencias y desvelos. Sin embargo, en este caso, Sterne nos contó sus sensaciones, su estado anímico ante lo que iba viendo. El hecho de contar qué sentimos cuándo llegamos a un lugar, nuestras impresiones subjetivas, puede hacer que el interés del relato quede invertido, y no importe tanto a dónde vamos como qué sentimos en un lugar, al margen de donde estemos. Cuando Marcel Proust llega a Venecia nos cuenta cómo el sol matutino que penetra a través de las persianas le recuerda al sol de su infancia en Normandía. Un viaje físico nos lleva, en sus evocaciones, a otro viaje más íntimo. Así es como hacemos que los nuevos lugares se vuelvan también nuestros. La literatura hace posible, asimismo, que a menudo algunos lugares hayan sido soñados por nosotros antes de recorrerlos, y que la novedad que suponen sea tan sólo física. Esto nos ocurrió con el Petersburgo de Ossip Mandelstam o de manera más reciente con el Boston de Henry James. En particular, la experiencia de recorrer la Perspectiva Bolshoi o Mount Vermon Street (en la fotografía) a partir de recuerdos literarios fue una manera de hacer de aquellos lugares algo único e irrepetible. No me basta con llegar tan sólo a un lugar, necesito que ese lugar transcienda, tenga una vida propia.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 9 de agosto de 2009

MEMORIA LEJANA DE LA "EDAD DE PLATA". UNA ESPAÑA SOÑADA

Una exposición en el Museo Arqueológico de Alcalá de Henares y, sobre todo, la actual exhibición de los grandes cuadros de Sorolla en el Museo del Prado han hecho de la Hispanic Society of America una referencia de primer orden en la vida cultural madrileña. Cuando María José Barrios y yo fuimos a Alcalá para admirar la exposición sobre piezas arqueológicas, sentimos que ya era un destino ineludible la posible visita a esta institución mítica que desde los Estados Unidos soñó la cultura española. Hoy lo hemos conseguido, y no nos ha decepcionado. Vicente, un madrileño que atiende la pequeña tienda en la sala principal del museo, nos ha mostrado algunos libros en venta verdaderamente tentadores. No me he resistido a la adquisición del catálogo publicado precisamente en 1938. Parece mentira, pero todavía se venden allí impresos de los años 30. Es como si nos hubieran estado esperando, pacientemente, al margen de cualquier otra cosa que hubiera pasado entre tanto. El catálogo, titulado "The Hispanic Society of America Handbook ", publicado en Nueva York, es digno de cualquier Fondo Antiguo. Sólo vale quince dólares llevarse este pedacito de belleza que evoca tanto una época pasada como un país lejano. He explicado a Vicente cuánto me gustan los libros editados en la llamada Edad de Plata de la Cultura Española. De hecho, también se venden allí otros pequeños ejemplares temáticos, como uno dedicado a Zuloaga o a la "Modern Talavera Pottery". Tiempo y espacio se combinan, pues, en una sutil mezcla, pues a la lejanía espacial de España hay que sumar la propia lejanía temporal de una época que ya queda entrevista en un pasado mítico, en un paradigma histórico. Archer M. Huntington creó en 1904 este paraíso cultural del hispanismo. La colección es impresionante, pues reúne desde piezas arqueológicas hasta espléndidos cuadros del Siglo de Oro de la pintura española. Asimismo, Sorolla, que podemos considerar como uno de los grandes pintores de la "Edad de Plata", pintó los famosos y monumentales cuadros dedicados a los distintos pueblos de España que hoy día son ya un icono de la pintura de la época. Me ha resultado muy gratificante encontrar en el catálogo de 1938 la constancia de tales cuadros, entre el resto de tesoros que guarda esta benemérita institución. Este es el sueño, pues, de una España que probablemente nunca fue y que, sobe todo, jamás tendría la posibilidad de ser como fue soñada. El año 38 ya es terrible de por sí si echamos un vistazo a la Historia. España ya estaba inmersa en una guerra, y el mundo se disponía a caer en su particular infierno. Pero el Handbook de la Hispanic Society ha esperado nuestra llegada pacientemente, como si nada hubiera pasado entretanto. Hoy, María José y yo hemos tenido la suerte de caminar en las lindes del tiempo.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Gilbert Highet y Edward Said: Tradición Clásica y Orientalismo


La Universidad de Columbia me ha traído a la memoria dos grandes académicos a los que me siento especialmente unido: uno de ellos es Gilbert Highet, autor del libro titulado The Classical Tradition, que se publicó en 1949. El otro autor es Edward Said, que en 1978 dio a la luz otro libro relevante: Orientalism. Ambos profesores tienen en común su adscripción a Columbia, pero hay otro lazo de unión más sutil: me refiero al juicio que sobre la propia cultura occidental expresó cada uno de ellos desde un punto de vista bien diferente. Cuando Highet publica su obra en 1949 el mundo acaba de salir de una terrible guerra mundial. La primacía de Europa y su cultura toca a su fin, y los imperios coloniales comienzan su agónica fase de derrumbe. Es en ese momento cuando Highet da a la luz en la Oxford University Press un libro panorámico sobre la Tradición Clásica en Occidente. Esta publicación no obedece a la casualidad. Nuevas culturas comienzan a reinvindicar su lugar en el mundo, y aquello que Goethe y Thomas Mann denominaron "Cultura burguesa" comienza a tocar a su fin. La Cultura Clásica y Occidente han ido secularmente unidas. Cuestionar una supone cuestionar la otra. Precisamente, tras varias décadas de cuestionamiento y emergencia de nuevas relidades, el profesor Edward Said, de origen palestino, formuló la interesante hipótesis de que esa cultura occidental había sido, precisamene, la que se consideró a sí misma legitimada para interpretar el resto de culturas desde su particular punto de vista. De esa forma surgió el orientalismo como un conglomerado de disciplinas encaminadas a la "invención" de Oriente. En este sentido, Oriente no dejaba de ser lo que los occidentales querían ver en él.

En ambos casos, el de Highet y el de Said, tenemos dos puntos de vista distintos sobre un mismo tema. Dos épocas y dos circunstancias marcan la gran diferencia. Es probable que a nadie se le haya ocurrido relacionar a ambos profesores, pues pertenencen a ámbitos académicos distintos, el de la Filología Clásica y el de la Literatrura Comparada, respectivamente. Aquí queda la idea, que es mía, pero que comparto (esto lo digo precisamente el día en que Ana González-Rivas Fernández me comunica que nos han plagiado en Ucrania nuestro artículo sobre Poe y Berenice). Ideas son las que le faltan al mundo, esta es mi impresión. Lo siento por quienes no las tienen.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

lunes, 3 de agosto de 2009

HISTORIA PARA EVOLUCIONAR, PERO TAMBIÉN PARA IMITAR EL PASADO


Este tiempo en los Estados Unidos me está permitiendo reflexionar bastante sobre la propia función de la Historia en las sociedades modernas. No me parece ahora que la experiencia del pasado sea la misma en países con mucha Historia que en lugares con Historias más recientes. Mucho me ha rondado en la memoria el libro de Arno Mayer del que hablé hace unos días. Me refiero al titulado "The perstistence of the ancient regime". Mientras paseamos no dejamos de ver edificios neogóticos, sueños de un pasado intexistente en esta parte del mundo. Todo ello me hace pensar en la añoranza de un mundo pasado que se vuelve, precisamente, "paradigma", que se idealiza para intentar crear, o inventar, un sistema de creencias determinadas que miran en lo retrospectivo la clave del presente y del futuro. El mundo intelectual de la Ilustración creó nuestra idea moderna de Historia. Así lo he podido ver, por ejemplo, en nuestro admirable Gregorio Mayáns. Esa Historia miraba, es verdad, al Siglo de Oro de las letras hispanas en busca de modelos válidos para la mejora del buen gusto. José Antonio Maravall consideró este fenómeno como propio de una lectura "burguesa", que lograba crear la distancia necesaria entre el moderno lector y el antiguo autor. Comprender la distancia temporal podía permitirnos aceptar y conocer ideas diferentes y propias de otros tiempos sin tener que asumirlas necesariamente. La historia adquiría de esta forma un interés histórico "puro" al tiempo que podía mostrar, asismismo, una dimensión práctica para el presente. Aceptar el cambio histórico era, para el pensamiento ilustrado, una clave esencial de los nuevos tiempos. El ascenso del llamado "Tercer Estado" al protagonismo histórico es fruto de ese mismo cambio, y es por ello por lo que esta clase emergente mira la Historia como su esencia razón de ser. Pero al siglo siguiente la Historia da un giro inverso. No mira tanto el cambio como en intento de fijar el tiempo, de volver a esquemas pasados. La reacción anti-ilustrada es poderosa. De la llamada Historia Literaria ilustrada, de carácter culto y universal, pasamos a las Historias de la literatura románticas, populares y particulares. La Edad Media se vuelve paradigma estético e ideológico de los conservadores, frente al ideario renacetista de otros pensadores más liberales. Me sorprende que un país como los Estados Unidos, donde se crea un Estado propiamente ilustrado, es decir, un Estado en el que prima el "Contrato social" de sus ciudadanos frente a la condición de súbditos, luego se llene de iglesias neogóticas como sueño de una Edad Media que nunca tuvo lugar allí. Pero quizá estas paradojas de la Historia, tan parecidas a nuestras propias paradojas personales, sean lo que hace a tal estudio tan fascinante.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

jueves, 30 de julio de 2009

EL DOBLE EN SU LABERINTO


Algunas personas llenas de ilusión han logrado sacar a la luz el segundo número de la Revista Nostromo, que se edita en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es una revista dedicada al apasionante tema de la política y la literatura hispanoamericana, muy cuidadosamente editada, además de interesante. Entre las personas que han hecho posible este pequeño-gran milagro editorial destacaré a Edgar Adrián Mora, de nombre tan literario como el de la propia revista Nostromo. Hace ya unos meses, los editores de Nostromo me invitaron a contribuir con un ensayo. Elegí un tema que me apasiona, el del doble. Esta vez lo he analizado desde la óptica de una singular novela, Amphytrion, escrita por un autor mexicano, Ignacio Padilla. Se le adscribe a la llamada generación del Crack. En particular, la obra de Padilla titulada Amphytrion fue publicada por España Calpe en 2000. Su relectura el verano pasado me ha abierto nuevas puertas para entender mejor el tema del doble, sobre todo tras haber publicado con María Jesús Pérez Ibáñez otro trabajo dedicado a la novela de Saramago titulada El hombre duplicado. Asimismo, durante el verano de 2008, mientras redactaba este ensayo, reapareció aquel siniestro dictador de la República Servia: Karadzic. Sin embargo, su aspecto era ahora muy distinto, y realmente parecía otro. Esto me hizo recordar, como nos cuenta un genial escritor ruso, que sólo las malas personas pueden tener este tipo de dobleces. Voy a permitirme reproducir el comienzo de mi trabajo sobre el Doble en su laberinto, publicado en el número 2 de Nostromo, como pequeño botón de muestra de lo que quiero decir:

Cuando escribo estas líneas veo en la prensa una fotografía de Radovan Karadzic, el sanguinario presidente de la República Serbia entre 1992 y 1996. Su rostro está cubierto por una poblada barba blanca que lo hace difícilmente reconocible y tiene un inquietante aspecto de santón. El criminal de guerra había adoptado una identidad falsa y se dedicaba a la medicina alternativa. La realidad supera la ficción constantemente. Tras los genocidios, los verdugos adoptan nuevas identidades y procuran ser otros para sobrevivir. De igual manera, tras la Segunda Guerra Mundial, el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann huyó de Austria y marchó a Argentina, donde vivió bajo el nombre de Ricardo Klement. No fue desenmascarado hasta 1960, cuando agentes del servicio de seguridad hebreo lo capturaron y trasladaron a Jerusalén para su posterior enjuiciamiento y ejecución. Karadzic o Eichmann representan una de las dimensiones más escalofriantes de lo que venimos en llamar el tema del doble: la relación de la duplicidad con el mal. Como diría Fiodor Dostoyevski en su fundamental novela titulada El doble, sólo son dúplices los malvados.
El tema del doble constituye uno de esos aspectos esenciales de nuestra cultura y creación literaria desde el testimonio más antiguo, la comedia Anfitrión, del comediógrafo latino Plauto. La vieja historia de Júpiter que, ayudado por otro dios, Mercurio, suplanta al general tebano Anfitrión, ausente por la guerra, para poder pasar una larga noche con su legítima esposa, Alcmena, supone uno de los argumentos más recreados de la literatura de Occidente. Es una comedia donde todo parece duplicarse: el propio nombre del protagonista, ambiguamente llamado Anfi-trión, el género de la obra, que, no conforme con ser comedia o tragedia, se vuelve tragicomedia, o los propios suplantadores, nada menos que dos dioses, que ocupan el lugar de Anfitrión y su criado Sosia. Al final de la obra, Alcmena da a luz dos niños, concebidos de su legítimo esposo y del dios. El del dios será Hércules. La comedia plautina supone el horizonte imprescindible de cualquier nueva obra que se escriba sobre el doble. Algunos de sus elementos, como la importancia del nombre propio como dispensador de identidad, el papel que tiene el vestido como disfraz para poder ser “el otro”, el peso específico de los personajes femeninos, víctimas del engaño, la aparición de la noche como tiempo de suplantaciones y la plasmación del espacio literario, donde el suplantador queda dentro y el suplantado fuera, se van repitiendo con audaces variaciones.
Cuando un escritor moderno vuelve a plantear el tema del doble debe ser consciente de que sus lectores pueden pensar en las obras que le han precedido. Cada nueva historia es, como diría Juan José Arreola en un famoso cuento, una nueva versión del parto de los montes. El asunto ha sido tratado una y otra vez en la literatura y en el cine. No puedo ofrecer aquí una lista interminable de obras, pero sí debo recordar algunas imprescindibles, como ciertos relatos de Borges (“Borges y yo”, o “El otro”) y algunas novelas sobre el tema escritas a comienzos del siglo XX, en especial El Gólem, de Gustav Meyrink1, heredera de la tradición romántica del siglo XIX, que nos ha dejado la novelita titulada El haya de los judíos, de Annette von Droste-Hülshoff, la fundamental El doble, de Fiodor Dostoyevski, y atrevidos desarrollos del tema en autores como Oscar Wilde, Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson. Antes del romanticismo, verdadero hito en la explicación del desarrollo literario del tema, están los cultivadores de la tradición más clásica, como Molière o Shakespeare, y al final de este camino inverso nos queda el Amphitruo de Plauto. Mis dos lecturas más recientes sobre este tema son El hombre duplicado (Madrid, Alfaguara, 2003), de José Saramago, y Amphitryon (Madrid, Espasa-Calpe, 2000), de Ignacio Padilla. Ninguna de las dos me ha defraudado, sobre todo al leerlas desde el prisma del texto plautino. Esta lectura tan particular no implica, en todo caso, una relación servil de estos autores modernos con respecto al texto primigenio, más bien son ellos los que hacen que ese primer texto cambie y se reafirme con la llegada de los nuevos aportes. En este punto, hace años formulé una manera algo distinta de plantear las relaciones entre los autores antiguos y modernos del siglo XX. Propuse una relación múltiple entre ambos, más allá de los consabidos modelos de influencia o imitación, cuyas relaciones imprevistas daban lugar a una suerte de contrahistoria de la literatura que denomino «encuentros complejos». Ignacio Padilla dialoga o plantea un encuentro complejo con muchas de las obras fundamentales que constituyen el tema del doble.

lunes, 27 de julio de 2009

CANALEJAS, HISTORIADOR DE LA LITERATURA LATINA


Aunque no he tenido ocasión de ver el ejemplar, sé que acaba de aparecer hace unos días el volumen 9 de la Revista de Historiografía, editada por el Instituto de Historiografía de la Carlos III. Allí he podido dar a la luz un trabajo sobre la faceta de un importante político, José de Canalejas y Méndez, como autor de un interesante manual de Literatura latina. Toda esta pequeña aventura comenzó cuando descubrí en una de las bibliotecas de la UCM unos viejos apuntes de clase de la asignatura de Litertura latina. Además de dar nombre a una céntrica plaza madrileña, José Canalejas y Méndez (1854-1912) es conocido como un importante político cuya dimensión pública ha eclipsado las otras posibles facetas de su intensa biografía. Cabe preguntarse qué hubiera ocurrido si personajes como Canalejas o, un tiempo después, Manuel Azaña, no hubieran tenido esa importante responsabilidad política de ser presidentes de gobierno, y por la que todavía hoy son recordados. En cuanto a Canalejas, hay otro hecho en especial por el que ha quedado grabado en nuestra memoria: su trágica muerte en un atentado, mientras miraba el escaparate de una librería en la Puerta del Sol. Quienes se dedican a la historia intelectual de España recuerdan, asimismo, que Canalejas compitió con Menéndez Pelayo en las oposiciones a la cátedra de Literatura Española celebradas en 1878.1 No obstante, hay otros aspectos menores que nos pueden devolver facetas muy poco conocidas del personaje. Como decía, fue hace unos años, mientras intentaba buscar un libro en los anaqueles de la Biblioteca de Filología Clásica de la Universidad Complutense, cuando aparecieron por casualidad unos apuntes manuscritos del siglo XIX. Se trataba de una copia que un tal Mayone y del Mazo hizo de los apuntes que el propio Canalejas había tomado en las clases de Literatura Latina. El profesor de la asignatura era, naturalmente, Alfredo Adolfo Camús, maestro de tantos alumnos ilustres de aquel entonces, como Pérez Galdós o Clarín. Como fruto del paso por las clases de Camús, Canalejas publicó un interesante manual de literatura latina repartido en dos tomos que ha quedado discretamente relegado, pero que ofrece un gran interés para tomar el pulso, sobre todo, al mundo académico e intelectual de los años 70 del siglo XIX, concretamente entre 1874 y 1876, fecha de publicación de los dos tomos que componen el manual.
En este trabajo que ahora aparece en la Revista de Historiografía me he ocupado, por tanto, de esa faceta casi desconocida de historiador (muy brillante, por cierto), de la literatura latina, allá por los años setenta del siglo XIX. El ideario de aquel joven liberal aparece por doquier: exaltación de la obra de Lucrecio, comparado con Darwin, o rechazo de la tiranía, no aceptable bajo ningún presupuesto, como había querido hacer ver el propio Napoleón III bajo la sombra de un antiguo dictador: Julio César.

Francisco Garcia Jurado
H.L.G.E.

jueves, 23 de julio de 2009

LA PERSISTENCIA DEL ANTIGUO RÉGIMEN


El espacio geográfico de Cambrige, frente a la ciudad de Boston, viene a estar polarizado por esas dos reputadas instituciones universitarias que conocemos como Harvard University y Massachusetts Institute of Technology. Están unidas por la línea roja de metro (red line) y el trayecto desde Harvard Square a Kendal MIT no supone más que unos cinco minutos de trayecto (dos largos túneles divididos por Central Square). Hoy día, dentro de la rivalidad esperable entre dos colosos de la investigación y la enseñanza superior como son ambas instituciones, hay acuerdos mutuos de colaboración, pero no por ello pierde cada una su identidad. Si Harvard es una universidad tricentenaria cuyo origen se remonta al siglo XVII, el MIT nace en pleno siglo XIX y adquiere su verdadero carácter en el XX, en la época marcada por las dos guerras mundiales. Harvard responde, en sus orígenes, a un modelo educativo de corte aristocrático, a la manera de la británica Universidad de Cambridge. John Harvard, gran benefactor de la nueva universidad norteamericana, aparece representado en una vidriera de la capilla del Christ's College. El MIT, sin embargo, se inspira en la nueva enseñanza profesional que estaba convirtiendo a Alemania en una potencia mundial a partir de 1870. Harvard representa la universidad de los colleges, el MIT la de las facultades (aquí, en el mundo norteamericano, estos nombres no se utilizan con estos sentidos que les conferimos en Europa, pero nos valen para entendernos). El edificio más representativo del MIT, inspirado en el Panteón de Roma, tiene una clara impronta de los politécnicos alemanes de comienzos del siglo XX. No he dejado de pensar en tales cosas, intentando recordar lo que cuenta al respecto un reputado historiador, Arno J. Mayer, en su libro titulado "The persistence of the Old Regime. Europe to the Great War", que se publicó en 1981. Fue hace mucho tiempo, en casa de mi antiguo amigo Enrique Aguado Asenjo, cuando recuerdo cómo él me leyó un largo párrafo relativo a Harvard y al MIT en el sentido que estoy esbozando aquí. Aquella lectura en voz alta sigue sonando en mí hasta hoy, aunque no sé qué habrá de invención y de realidad notarial en mi recuerdo. Arno Mayer exponía, por lo que creo recordar (o imaginar, no lo sé), cómo Harvard y el MIT encarnaban la dialéctica entre el antiguo y el nuevo régimen. Un modelo aristocrático frente a un modelo burgués. Una enseñanza no aplicada, de profundo contendio ocioso (no se confunda con "perder el tiempo", que el OTIVM de los clásicos tiene que ver, precisamente, con las personas LIBERALES, aquellas que no tienen que mancharse las manos para vivir), frente a una nueva enseñanza técnica, orientada a la industria. Que hoy el MIT parezca por sus aledaños un gigantesco polígono tecnológico es parte de aquel planteamiento.

Este texto viene a ser también un homenaje a aquellos amigos que se fueron, que pasan a ser parte del recuerdo, pero que dejan la impronta de sus vivencias y enseñanzas en nosotros. De igual manera que a veces el cariño que sentimos por los demás no es recíproco, a veces tampoco es simultáneo.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.