martes, 15 de marzo de 2011

FASCINADOS POR EL DICCIONARIO DE MARÍA MOLINER

A los que tenemos temperamento de ensayista, amantes de las metas precisas y cortas, las hazañas propias de los lexicógrafos nos dejan admirados y perplejos. Es, sencillamente, imposible que una persona sola pueda escribir un diccionario, pero esa imposibilidad se vuelve real cuando hablamos de personajes como María Moliner o Samuel Johnson. Hace años, cuando impartía una asignatura "mítica", "La etimología latina, de Varrón a Borges", daba en hablar sobre la relación de la literatura con los diccionarios. La literatura no sólo alimenta esas obras alfabéticas o ideológicas, también se inspira en ellas y las recrea. Imagino que algunos de mis antiguos alumnos, como Elena Prado, que seguro que lee estas líneas, tendrá ahora un recuerdo grato de unas remotas tardes de marzo, a las cinco de la tarde, que era la hora de aquellas clases en que lexicógrafos y escritores bailaban al mismo son. Ejemplos de grandes autores que hablan sobre diccionarios o lexicógrafos hay muchos. Hoy quiero recordar éste de Gabriel García Márquez, que nos habla sobre María Moliner:

La mujer que escribió un diccionario

GABRIEL GARCIA MARQUEZ

EL PAÍS - Opinión - 10-02-1981

Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años.María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.

María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero". De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no habla mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner's Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablan do del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que Ie preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

domingo, 13 de marzo de 2011

LAS EDICIONES "RETROSPECTIVAS" DE TUCÍDIDES EN LA ESPAÑA DEL XIX

Presento en este blog el comienzo de mi ponencia titulada "Tucídides y Diego Gracián en las ediciones retrospectivas de 1882 y 1889"(puede leerse en http://eprints.ucm.es/11219/), impartida en un congreso celebrado en la Universidad de Toulousse en 2008. En este caso, la oportunidad del recuerdo de mi ponencia viene dado para recordar el concepto de "edición retrospectiva", muy propio del siglo XVIII (debo la idea al profesor Juárez Medina) y muy útil para entender una particular huella que deja la propia Historia en la portada de los libros. El interés por una edición antigua requiere de una elaboración mental que sólo la historiografía hace posible. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El profesor de literatura griega y latina más importante que tuvo España en el siglo XIX, Alfredo Adolfo Camús, de innegable origen francés, recomienda y comenta en el primer tomo de su Compendio de Historia Universal la siguiente traducción del historiador Tucídides : “LA GUERRA del Peloponeso por Thucydides (traduc. Franc. de l’Evêque [sic].) 4 tomos en 8º.- Ninguno de sus traductores han logrado trasladar á sus respectivos idiomas la enérgica diccion del original ; la francesa indicada es la mas estimada”. No se trata de una recomendación aislada dentro del contexto de los demás historiadores griegos citados en el mismo compendio (Diorodoro Sículo, Herodoto, Jenofonte, Arriano, Polibio), para quienes se ofrece también su correspondiente traducción francesa. La recomendación de Tucídides, en particular, propone una versión publicada en Francia a finales del siglo XVIII, la de Pierre-Charles Levesque . Esta edición volverá a ser editada al siglo siguiente, en 1846, dentro de la conocida colección Charpentier . Esta colección será el modelo, como veremos más adelante, de la Biblioteca Clásica, en la que también se reeditará una importante traducción humanística de Tucídides al castellano. Es notable que en este contexto educativo hispano de los años subsiguientes a la muerte de Fernando VII se haga una recomendación tan precisa - si bien motivada por un juicio negativo sobre los traductores de Tucídides en general - de un libro francés publicado a finales del siglo XVIII. Vemos que, descartada la posibilidad de que haya algún lector español que pueda acceder al texto directamente en griego, se recomienda una moderna traducción francesa, al carecer de una adecuada versión castellana. Estos datos reflejan un estado de cosas más amplio. El precario mundo de los estudios helénicos en España durante el siglo XIX mira decididamente a Francia hasta bien entrado el decenio de los años ochenta. Además de la historiografía gala del siglo XVIII, hay autores modernos de referencia, como Alexis Pierron (su manual de literatura griega se traduce al castellano en 1861) y, en caso de que se trate de un autor alemán, como el muy reputado Ficker, su lectura se hace a partir de la traducción francesa .
No obstante lo dicho, encontramos también una corriente cultural y bibliográfica que mira al propio pasado español, en especial al de las traducciones castellanas de autores griegos y latinos. Esta corriente, que tuvo en el siglo XVIII su mayor exponente en la figura de Gregorio Mayáns, encuentra en la España de la segunda mitad del siglo XIX avales intelectuales sólidos en personas como Gumersindo Laverde y Marcelino Menéndez Pelayo. Si bien otros autores de la Antigüedad han gozado de buenas traducciones, España no ha sido hasta bien entrado el siglo XX muy afortunada en lo que a Tucídides se refiere. Sin embargo, la difusión de Tucídides en el mundo hispano desde finales del siglo XIX hasta los años cincuenta del siglo XX se debió al rescate de una vieja traducción humanista, la de Diego Gracián, especialmente gracias a los empeños de Marcelino Menéndez Pelayo. El fenómeno no es, ni mucho menos, baladí, pues responde a unas claves culturales concretas sobre las que vamos a hablar precisamente en este trabajo.
Así las cosas, nuestro propósito es el estudio de las razones intelectuales por las que a finales del siglo XIX, concretamente en 1889, se vuelve a editar una vieja traducción de Tucídides dentro de la más importante colección hispana de traductores de clásicos jamás iniciada hasta entonces : la Biblioteca Clásica de Luis Navarro, que intenta tomar el testigo de las reediciones hechas por Antonio de Sancha en el siglo XVIII, pero que adopta en la práctica el modelo de la colección Charpentier. No dejaremos de lado otra circunstancia interesante, como es el hecho de que siete años antes un afamado militar y bibliófilo, el Marqués de San Román, hubiera editado también la misma traducción de Gracián en su así llamada Biblioteca Militar Económica.
Nuestro método consiste, pues, en una aproximación a Tucídides desde la propia historiografía moderna de la literatura grecolatina, concretamente desde el punto de vista de los criterios posilustrados que motivan las reediciones de clásicos de la Antigüedad traducidos por autores españoles de siglos anteriores. Este hecho, en apariencia circunstancial, se convertirá en un importante argumento para comprender el complejo fenómeno de la edición retrospectiva, bien estudiado por Juárez Medina a partir de las ideas sobre la “lectura burguesa” de José Antonio Maravall . Se trata de un tipo de lectura que pretende contextualizar la obra en el momento en que fue escrita para convertirla en testimonio histórico de una tradición cultural, susceptible de servir de ejemplo para el presente. El propósito de este tipo de lectura, que conlleva, asimismo, la reedición, es doble : el puramente cultural, o histórico puro, y el fin práctico, es decir, el de la utilidad que ese documento histórico pueda seguir aportando. Este segundo ámbito será muy pertinente para el caso de Tucídides, pues coincide con el del carácter pragmático de la materia de que trata (aspectos militares y políticos).
Es preciso que antes de entrar en la cuestión concreta de las reediciones que vamos a estudiar atendamos a sus orígenes históricos en el siglo XVI y a su forzada canonización como la traducción castellana de Tucídides a lo largo de varios siglos. Será de esta manera como podremos valorar por qué, a pesar de sus errores, termina siendo la traducción por excelencia de Tucídides hasta bien entrado el siglo XX, debido a su peso específico como valor cultural dentro de la moderna construcción de una historia de la traducción hispana de los clásicos, inserta en el contexto de la llamada “Polémica de la ciencia española”. FRANCISCO GARCÍA JURADO

sábado, 12 de marzo de 2011

CLARÍN Y MENÉNDEZ PELAYO ANTE LAS HUMANIDADES

En su necrología (1892) sobre el maestro Alfredo Adolfo Camús, «Clarín» nos refiere una anécdota que él mismo vivió el primer día que llegó a la cátedra donde suponía que impartía su clase el propio Camús. «Clarín» esperaba encontrarse con un anciano que estaría enseñando literatura latina, pero quien estaba en ese momento en la cátedra era un joven moreno que impartía metafísica. Como pudo saber luego, se había producido un cambio de hora entre la clase de Camús con la de Urbano González Serrano, entonces ayudante de la Cátedra de Metafísica de Nicolás Salmerón, de manera que cuando «Clarín» entró en la clase por vez primera, en lugar del viejo latinista encontró a un joven pensador meridional que transmitía las nuevas ideas de una filosofía venida de Alemania . POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Esta anécdota, contada por otra persona que no fuera «Clarín», quizá podría haber sido utilizada de manera demagógica como la alegoría de una juventud dedicada al nuevo pensamiento filosófico frente a un ancianidad caduca dedicada a la enseñanza del latín. Pero nada más lejos de esto. «Clarín», de hecho, ve a Camús como una persona que utiliza de manera natural la nueva pedagogía del entusiasmo, no lejana a los presupuestos educativos del krausismo. Este planteamiento, dadas las muchas lagunas que tenemos con respecto al pensamiento de Camús, nos hace pensar en la relación que este profesor pudo tener con los propios krausistas ya en la misma universidad. Sabemos que tenía buenas relaciones con Nicolás Salmerón, quien, de hecho, asistiría años después a su entierro, y su ausencia en la toma de posesión como catedrático de Menéndez Pelayo, sin entrar ahora en el trasfondo político de aquel episodio, es un indicio más que suficiente de la postura que Camús adoptó en ese delicado momento . Podemos decir que si bien Camús es hijo del pensamiento francés, su relación con el krausismo oficial y universitario no debió de ser hostil, a diferencia de lo que ocurrió con Menéndez Pelayo ya desde su época de estudiante en la misma Universidad Central. En definitiva, «Clarín» nos presenta a Camús como ejemplo de docente que ha sido capaz de salvar con creces, gracias a su entusiasmo, el esperable desinterés de los estudiantes de derecho que acuden por obligación gubernamental a su cátedra de literatura latina sin saber nada de latín. Leamos uno de los pasajes más emotivos de la necrología:

"Y Camus se entusiasmaba; (...) y era elocuente desde luego aquel amor por lo clásico, a lo griego, que se manifestaba en sus gestos, en el timbre de su voz, en el calor que le enrojecía el rostro, mientras maldecía de los pícaros romancistas y elogiaba con ditirambo perpetuo a cuantos, desde el Renacimiento acá, supieron comprender y sentir de veras el quid divinum del arte helénico. (...) Si hubiera muchos Camus, las dulces humanidades no correrían en España a la fatal ruina a que se precipitan. La famosa cuestión del latín tiene para mí estas dos diferentes soluciones condicionales. Las letras clásicas explicadas por maestros como don Alfredo Adolfo Camus, a nadie le sobran: las letras clásicas explicadas por los pedantes, por el vulgo del profesorado mecánico, no sirven para nada." (Leopoldo Alas «Clarín», “Camus”, en Ensayos y revistas 1888-1892, Madrid, Manuel Fernández y Lasanta, 1892, pp. 5-26).

La necrología sobre Camús puede considerarse, en este sentido, como un ensayo acerca de la filosofía de la educación. Camús, por lo demás, no es un profesor fanático de su disciplina, sino una persona capaz de darse cuenta de que el humanismo cerrado y caduco no conduce a ninguna parte. Llama, asimismo, la atención, el hecho de que «Clarín» culpe del declive de las humanidades clásicas a los profesores que califica de “pedantes” y de “profesorado mecánico”. Este pequeño detalle podría pasar desapercibido si no pusiéramos en contraste el testimonio de «Clarín» con el de Menéndez Pelayo, pues la pedagogía natural, de inspiración krausista, que «Clarín» atribuye a Alfredo Adolfo Camús es la que en el testimonio de Menéndez Pelayo se convierte, precisamente, en el verdugo de su educación, merced a las “dosis cada vez más homeopáticas” de conocimiento que se da a los alumnos, como podemos leer en uno de los párrafos más encendidos de la necrología:

“En 1845, fecha de la memorable transformación de nuestros estudios, faltaban manuales de muchas artes y ciencias, y Camús y otros profesores, entonces novísimos, acudieron a llenar este vacío, ajustándose a los programas que de Francia había importado Gil y Zárate. (...) Mucho más importantes y originales, aunque no bastante conocidos, son sus estudios como humanista. Además de la Synopsis de sus lecciones, impresa en 1850, puede y debe citarse la extensa y bien ordenada colección de clásicos latinos y castellanos, en cinco volúmenes, que, por encargo del Gobierno, formó en 1849, asociado con otro eminente profesor de esta Universidad y memorable historiador de nuestras letras en la Edad Media, D. José Amador de los Ríos; obra que, por la riqueza de su contenido, por lo vario y ameno de los textos, por la integridad con que se presentan, por las doctas ilustraciones que los acompañan, por el buen gusto y la amplitud de criterio con que la selección fue hecha, y por el carácter histórico-crítico que sus autores la dieron, traspasa los límites de una vulgar antología y llega a ser una pequeña biblioteca, que ojalá hubiera sido compañera inseparable de cuantos han pisado desde entonces nuestras aulas de letras humanas. Fue aquel un grande esfuerzo, y no sé si bastante agradecido, y de generaciones formadas por aquel método, algo y aun mucho hubiera podido esperarse; pero la rutina venció, como tantas otras veces, al buen celo, y sepultó en olvido, al cabo de pocos años, la colección de Camús y de Amador, por el capital e imperdonable defecto de ser demasiado buena, sustituyéndola con dosis cada vez más homeopáticas, útiles tan sólo par mantener la ignorancia y la desidia, hasta que totalmente acabe de borrarse en España todo vestigio de latinidad.” (Marcelino Menéndez Pelayo, Discurso leído en la Universidad Central en la solemne inauguración del curso académico de 1889 a 1890, sobre La vicisitudes de la Filosofía platónica en España, en Obras Completas de Menéndez Pelayo (Edición Nacional) Vol, XLIII, Ensayos de crítica filosófica, Santander, Aldus, 1948, pp. 9-115)

De esta nueva consideración acerca de la enseñanza de las humanidades se desprende, además, una visión diferente del mundo clásico, pues mientras en «Clarín» éste tiene que ponerse necesariamente en función del mundo moderno, en Menéndez Pelayo encontramos una visión absoluta y nostálgica. Asimismo, apartándose de lo que decía «Clarín», Menéndez Pelayo ve en las instituciones gubernamentales a los culpables reales de la ruina de la letras clásicas.
De esta forma, «Clarín» y Menéndez Pelayo consideran desde posturas ideológicas bien diferentes las causas de la ruina de las humanidades, y éste último pasa por alto cualquier dato, por anecdótico que sea, que ponga en relación a Camús con las corrientes liberales de su tiempo. FRANCISCO GARCÍA JURADO

domingo, 6 de marzo de 2011

FEIJOO Y VIRGILIO

¿Virgilio o Lucano? Aunque hoy parezca mentira, esta ha sido una de las cuestiones polémicas que ocuparon a algunos de nuestros más eminentes eruditos dieciochescos. Terciaron en esta polémica autores como Feijoo, a favor de Lucano, o Luzán, a favor de Virgilio. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
A este respecto, destaca la obra del jesuita Joaquín Xavier Aguirre titulada "El príncipe de los poetas Virgilio, mantenido en su soberanía contra las pretensiones de Lucano, apoyadas por el Rmo. Padre fray Benito Jerónimo Feijoo" (Madrid, Imprenta y Librería de Manuel Fernández, 1744). Asimismo, es significativa la disputa que, según relata Luis Gil, tuvo lugar a mitad del siglo XVIII, en el seno de la Academia Latina Matritense: “La Academia de latinidad de la corte, en este y otros aspectos, nacía ya muerta científicamente y todos los esfuerzos de Campomanes y de algunos de sus miembros para insuflarle vida fueron infructuosos. Una idea de la altura de los actos literarios de esta institución en los primeros años de su vida la depara el título de las conclusiones que el 16 de diciembre de 1756 defendió en la iglesia parroquial de San Ginés don José Pastor, a la sazón secretario de la Academia. Era la primera: Noster Hispanus poeta Lucanus, dignitate canendi, pura Latinitate Virgilium superavit; (...) Pastor había demostrado con ayuda de un discípulo, por vía silogística, nada menos que la superioridad de Lucano sobre Virgilio (...).” Mayáns fue más allá de los tópicos y replanteó perfectamente la cuestión, como he tenido ocasión de contarlo en otro lugar, cuando establece una relación razonada entre Virgilio y los mejores autores del siglo de Oro, como Fray Luis.
Por su interés, reproduzco el texto de Feijoo, extraído del Proyecto de Fillsofía en Español:


Teatro crítico universal / Tomo cuarto


Discurso catorce
Glorias de España. Segunda parte
XV
38. {Poesía} Lo que tengo que decir de los Españoles en orden a la Poesía, dista poco de lo que he dicho en orden a la Retórica. Tiene no sé que parentesco la gravedad y celsitud del genio Español con la elevación del Numen Poético, que sin violencia nos podemos aplicar lo de Est Deus in nobis. De aquí es, que en los tiempos en que florecía la lengua Latina, todas las demás Naciones sujetas al Imperio Romano, todas, digo, juntas no dieron a Roma tantos Poetas, como España sola; y Poetas, no como quiera, sino de los más excelentes; que si no exceden, por lo menos igualan ó compiten a los mejores que nacieron en el seno de Italia. Tales fueron Silio Itálico, Lucano, Marcial, Séneca el Trágico, Columela, Latroniano, y otros.
39. Lo que es muy de notar es, que entre los expresados hay uno que no tuvo igual en lo festivo, y otro que disputa la preferencia al más eminente (según la opinión común) en lo heroíco. El primero es Marcial, a quien nadie cuestiona el Principado en las sales y agudezas jocosas: el segundo Lucano, a quien Stacio, y Marcial (votos sin duda de gran valor) dan preferencia sobre Virgilio. Del mismo sentir es el discreto y erudito Historiador Francés Benjamín Priolo. Otros algunos se contentaron con hacerle igual. Y aunque no puede negarse que la común opinión le deja inferior, creo que la preocupación favorable por el Poeta Mantuano, y la envidia de las demás Naciones a la nuestra, contribuyó más que la razón a establecer la inferioridad del Poeta Español. Lisonjeó con exceso Virgilio a los Romanos, en tiempo que estos reinaban no sólo en los hombres, mas aún en las opiniones de los hombres: interesábanse en la gloria de un Poeta que [420] había trabajado y mentido tanto por la gloria de ellos. Por eso procuraron remontar tanto su fama, que no alcanzase a ella el vuelo de otra pluma. El favor de Augusto la ayudó mucho. Son los Príncipes Astros que ilustran a los sujetos hacia donde inclinan sus rayos; y cuyo benigno aspecto influye aún en la fortuna de la fama. En Augusto concurrieron mil grandes cualidades para hacer en él más eficaz este influjo. Su poder era inmenso, su discreción acreditada, y su felicidad como contagiosa, que se pegaba a todos los que arrimaba el corazón. Al contrario miraban los Romanos a Lucano; esto es, con indiferencia cuando le consideraban Extranjero, y con aversión cuando le contemplaban émulo de Virgilio. [421]
{(a) Confieso que sería insigne temeridad sostener por mi capricho sólo, la igualdad, mucho más la preferencia de Lucano a Virgilio. Mas entretanto que hallo votos de la más alta clase, y desnudos de toda parcialidad a favor de nuestro Español, no es justo abandonar su partido. He alegado por él a Estacio, el cual dos veces le da la preferencia de los versos que compuso, solemnizando después de muerto Lucano, el día de su nacimiento. La primera, cuando dijo: Baetim Mantua Provocare noli; la segunda, cuando después de concederle ventajas sobre Ennio, Lucrecio, Valerio Flaco, y Ovidio, añadió: Quin Majus loquor, ipsa te Latinis Aeneis venerabitur conantem. Contémplese de cuánto peso es Estacio en materia de Poesía, a quien Lipsio llamó grande y supremo Poeta: Sublimis, & celsus, magnus, & summus Poeta: De quien Julio César Scaligero, el Idólatra de Virgilio, dijo que era el Príncipe de todos los Poetas Latinos y Griegos, exceptuando únicamente al Mantuano: At profecto heroicorun Poetarum (si Phaenicem illum nostrum eximas) tum Latinorum, tum etiam Graecorum facile Princeps: Nam & meliores versus facit, quam Homeris.
2. Añadiremos ahora al voto de Estacio el de otro Poeta, no menos, y acaso podré decir más plausible entre los modernos, que fue Estacio entre los antiguos. Hablo del gran Cornelio, aquel que subió al más alto punto de perfección el Teatro Francés. Tengo el testimonio del Marqués de S. Aubin (trait. De l’Opin. Tom. I, lib. I, cap. 5.) de que este grande hombre daba preferencia a Lucano sobre Virgilio.
3. Finalmente no quiero omitir lo que Gaspar Bartio (que sobre insigne Crítico, fue también Poeta) dice de Lucano; porque ya que [421] no en todos, en muchos primores de la Poesía le concede asimismo ventajas sobre Virgilio: Lucanus Poeta magni ingenii, neque vulgaris doctrinae, vero prorsus heroyci, jam inde ex eo tempore quo floruit, maxima semper fuit autoritate; praecipue apud Philosophos, propter grave, nervosum, & acutum, vibransque, & penetrabile scientiarum pondus, quibus universa ejus oratio mirifice floruit, adeo ut in genere parem nunquam ullm habuerit. (Apud Pope-Blount).
4. Confesaréle a Lucano un defecto, de que ya otros le han acusado, que es la prolijidad y amplificación algo tediosa en varias partes del Poema, nacida de que no era dueño del ímpetu que le arrebataba para reprimirle oportunamente. ¿Pero no hay también en Virgilio defectos? Pienso que más esenciales; porque desfiguran a su Héroe, degradándole de tal. Este punto hemos tocado en el Discurso, alegando algunas pruebas que ahora confirmaremos con otras. El erudito Carlos Perrault le notó haber pintado un llorón a Eneas. Es así que frecuentemente y sin mucho motivo le hace derramar copiosas lágrimas. Otro Crítico satisfizo esta acusación, diciendo que Virgilio en las fingidas lágrimas de Eneas tuvo la ingeniosa mira de lisonjear las verdaderas de Augusto, de quien refiere que era de corazón tierno y muy ocasionado al llanto. Mas replico, que si ese fuese su designio, pintaría a Eneas clemente, y fácil en condonar la vida a sus enemigos cuando les veía rendidos, como lo hizo comúnmente Augusto. Bien lejos de eso, jamás le permite dar cuartel en la campaña, aunque varias veces el enemigo postrado imploró su clemencia. Más desdice de lo heróico esta dureza, que aquella ternura.
5. Pero lo que sobre todo no puede perdonársele a Virgilio, es haber representado en algunas ocasiones a su Eneas con ánimo apocado. Lo de tristi turbatus pectora bello es nada, con aquel hielo del corazón, ó frío desaliento que mostró al empezar la tempestad que se pinta en el primer libro:
Extemplo Aeneae solvuntur frigore membra:Ingemit, &c.
6. ¡Oh qué diferente papel hace César en Lucano, constituido en el mismo trance! A los primeros furores del Mar le notifica el Barquero Amiclas, que respecto de la horrenda tempestad que se previene, no hay otro remedio para salvar la vida que retroceder sin dilación al Puerto de donde acababan de salir. ¿Qué responde César? [422]
Sperne minas, inquit, pelagi, ventoque furentiTrade sinum: Italiam, si caelo auctore, recusas,Me pete, &c.
Cierto que por grande que se contemple el corazón de Julio César, nunca puede considerarse mayor que cual se representa en la suprema energía de esta valentísimas voces. No pienso que excederá quien diga que el espíritu Poético de Lucano igualó al valor heroico de César.
7. Los que notando en Lucano la falta de ficción quieren excluirle por este capítulo de la clase de los Poetas, inútilmente se embarazan en una cuestión de nombre. El más apasionado de Lucano se empeñará poco en su defensa sobre este artículo, como en el resto le concedan todos los primores que pide la versificación heróica. ¿Pero es cierto como pretenden estos Censores, que la ficción es de esencia de la Poesía? Es sin duda este el dictamen más válido. Dudo si el más verdadero. Julio César Scaligero, nada indulgente por una parte con Lucano, le reconoce sin embargo de la falta de ficción, por Poeta: Nugantur, dice, more suo Grammatico, cum objiciunt illum Historiam composnisse. Principio fac Historiam meram: oportet eum a Livio differre: differt autem versu: hoc vero Poetae est. (I. 2. Poetic. c. 2.)


Francisco García Jurado H.L.G.E.

viernes, 4 de marzo de 2011

A LOS 63 AÑOS DE EDAD

Hoy sería difícil llamar ancianas a las personas que tienen 63 años, pero en otros tiempos la vida era mucho más corta. Cuarenta años era una edad normal para morir. Aulo Gelio nos cuenta en sus Noches áticas qué les ocurre a aquellas personas que, longevas ya, logran superar incluso estos 63 años de edad, que parecen ser todavía hoy una edad crítica. Como venimos diciendo, la vejez aparece aquí considerada como un peligroso “escalón”, que es la manera en que podría definirse el llamado período climatérico, relacionado con los momentos críticos de la vida. Personas muy queridas y cercanas a mí no han logrado superar esta fatídica franja. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

"Se ha observado que entre los ancianos que están a punto de cumplir sesenta y tres años esta edad viene marcada por penalidades, la muerte o algún tipo de desastre; y aquí también, relativo al mismo asunto, se añade el testimonio de una carta del divino Augusto a su hijo Gayo (15, 7)

Se ha observado y comprobado gracias al testimonio de muchos ancianos que a la mayoría de ellos les llega su sexagésimo tercer año de vida con peligro y alguna desgracia, como una grave enfermedad, la muerte o un mal anímico. Por ello, los que se preocupan por el estudio de estas cosas y los términos que las designan denominan a esta edad “climatérica”.
La noche anterior, mientras estaba leyendo un libro de cartas del divino Augusto, dirigidas a su nieto y luego hijo adoptivo Gayo, y me dejaba llevar, asimismo, por la elegancia de un discurso en absoluto moroso o afectado, sino, por Hércules, fácil y simple, esto mismo fue lo que encontramos acerca del año en cuestión dentro de cierta carta; he aquí el texto:

Saludos, mi querido Gayo, mi asnillo gratísimo, a quien echo de menos, a fe mía, cuando estás ausente. Y, especialmente, durante días especiales como el de hoy mis ojos buscan a mi Gayo, a quien, donde quiera que hayas estado este día, confío en que feliz y sano te hayas acordado de mi sexagésimo cuarto aniversario. Pues, como puedes ver, he logrado superar los sesenta y tres años, esa edad crítica para el común de los viejos que se llama climaterio. Ruego a los dioses que a mí, en lo que me quede de vida, me sea posible vivirlo con salud en la más absoluta prosperidad del Estado, y siendo vosotros, mis sucesores, personas de bien preparadas para asumir el relevo."
FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 3 de marzo de 2011

DECIR "LITERATURA" IMPLICA "HISTORIA"

La lectura de viejos libros de actas, como los dedicados a las reuniones de las antiguas academias del siglo XVIII, depara algunos momentos inolvidables. La rutina de las fechas y sus reuniones nos permite mirar a veces, como tras el ojo de una cerradura, una pequeña vida cotidiana que está muy lejos de los grandes acontecimientos. De los pequeños detalles que nos deparan tales lecturas recuerdo especialmente unas actas redactadas precisamente el día 3 de mayo de 1808. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Hoy día hemos convertido lo que entonces pudo ocurrir en Madrid en materia histórica, en puro acontecimiento. Los cuadros de Goya han grabado en nuestra retina esos momentos, y la historiografía oficial nos ha contado que el pueblo de Madrid se alzó en armas contra los invasores franceses. Aquellos sucesos se han vuelto hoy materia legendaria, y nos cuesta imaginar que las personas que poblaron aquellos escenarios fueron también de carne y hueso. De carne y hueso eran los preceptores de latinidad que se reunieron al día siguiente en casa de uno de ellos para celebrar, como de costumbre, su reunión académica. Podría pensarse que allí aparecería alguna referencia a lo ocurrido tan sólo unas horas antes. No en vano estamos ante testigos casi directos. Lo curioso es que no hay ni una sola referencia a lo acontecido. Al cabo del tiempo, y tras meditar sobre ello, he llegado a la conclusión de que quizá no sea tan curioso, pues, en definitiva, no somos capaces más que de relatar aquello que creemos comprender. Para estos preceptores de latín, no en vano personas de un siglo anterior, aquel levantamiento no fue otra cosa que un hecho levantisco. Aquellos hombres, cuyos predecesores crearon una academia en 1755 tratando de subirse a la nuevas modas ilustradas (sin comprenderlas), no sentirían lo ocurrido como un hecho heroico. El pueblo de Madrid todavía no había ocupado oficialmente ese lugar en la historia, concedido sobre todo por los nuevos ideales románticos que penetrarían débilmente en España hacia 1820. Aquellos “ilustrados menores”, o “ilustrados de a pie” que eran algunos de estos académicos no podían entender que el populacho se convirtiera en “pueblo”. Por esta misma razón tampoco podrían entender aquellos componentes de la Real Academia Latina Matritense lo que terminaría siendo la nueva historia de las literaturas nacionales, legítima voz de sus respectivos pueblos, frente a la universalidad de la poética. La incorporación de nuevos paradigmas a la historia de la enseñanza suele ser larga y a menudo compleja. Resulta de gran ayuda, cuando no imprescindible, que haya un poder político decidido a introducir y legitimar las nuevas materias . La enseñanza de la literatura ha venido siendo desde la Antigüedad hasta bien entrado el siglo XIX un dominio propio de la Poética y la Retórica. Sin embargo, a lo largo de ese siglo observamos cómo a tales materias les va saliendo un curioso competidor, el de la Historia de las literaturas nacionales. Mientras las dos primeras materias tratan de explicar la literatura desde una perspectiva atemporal y normativa, la tercera, no en vano heredera del pensamiento ilustrado, hace hincapié en el cambio, en el devenir de los hechos. No tenemos, por lo demás, formulaciones tales como “Poética griega”, “latina” o “española” , pero sí hablamos de literaturas nacionales con gentilicio. Un formulación como “Literatura española” es resultado de una construcción moderna, marcadamente romántica, que es, precisamente, cuando se desarrollan desde el punto de vista metodológico las modernas historias literarias nacionales. No se trata, en todo caso, como bien señala José Carlos Mainer, de un sintagma que designe sustancias naturales . Decir “Literatura española” implica historia. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 25 de febrero de 2011

LA HUELLA DE LAS IDEAS: EL INCIPIENTE ESTUDIO DE LA TRADICIÓN CLÁSICA EN ESPAÑA

Voy a reproducir el comienzo del trabajo que acaba de aparecer en el interesante libro colectivo titulado "Tradición clásica y universidad", que ha compildado el profesor Francisco Lisi en la editorial Dykinson. En particular, me refiero a la ponencia que impartí en 2007 con el título siguiente: “La incipiente conciencia de la tradición clásica en España: La vida de Virgilio de Mayáns”, donde presentaba un caso muy concreto y notable de lo que vengo en llamar "edición retrospectiva". Este tipo de edición tiene como característica fundamental la de sacar a la luz una obra editada siglos antes. El lector sabe, así, que el interés básico de ese libro es el histórico. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE.
Es un lugar común pensar en la idea de Tradición Clásica como algo dado desde siempre. Sin embargo, en el siglo XVIII todavía no se utilizaba la expresión “Tradición Clásica”, si bien comenzaba a intuirse el concepto que iba a designar, al calor de la idea más general de Tradición Literaria. Primero como “Tradición”, la grecolatina por antonomasia, y ya después “Clásica”, para diferenciarla de otras tradiciones emergentes, la expresión como tal cristalizó hacia los años 70 del siglo XIX . Es la propia conciencia de la historicidad literaria la que dio lugar al concepto, dado que la Tradición Clásica no es otra cosa que la historia de la fortuna de la Literatura Grecolatina en las propias literaturas modernas . Para llegar a esta formulación han tenido que desarrollarse al menos tres conceptos previos:

-La idea de “Historia de la Literatura”, frente a los paradigmas atemporales de la Poética y la Retórica
-La idea global de “Literatura Clásica Grecolatina”, concebida como un conjunto delimitado de obras que ilustran sobre un periodo concreto de la historia humana
-La idea de diversas literaturas modernas, a las que se van añadiendo gentilicios que se corresponden con las incipientes culturas nacionales

De esta forma, para llegar a la formulación de “Tradición Clásica” tuvieron que darse unas circunstancias complejas, en particular la articulación de un pensamiento histórico desde el siglo XVIII. Dadas las circunstancias antes expuestas, es mi deseo plantear la cuestión siguiente, que da lugar al presente trabajo: ¿cómo se refleja el incipiente concepto de Tradición Clásica, aún sin ser formulado en estos términos, dentro de las ediciones de finales del siglo XVIII? Es decir, cómo deja una idea su huella. El interés por la historia y, en particular por la historia literaria, dio lugar a un fenómeno editorial bien estudiado por Juárez Medina , la edición retrospectiva, cuyo afán es dar a la luz obras de siglos anteriores por el propio interés de su carácter pasado. Este tipo de edición vino motivado por lo que, con Maravall, podemos llamar cultura burguesa, en la que la nueva clase intelectual emergente lee las obras anteriores a su propio siglo en calidad de monumentos históricos, de testigos de otras épocas. A ello hay que unir los empeños patrióticos de reconstrucción del pasado cultural del que no van a ser ajenos nuestros ilustrados hispanos, como Gregorio Mayáns. En este nuevo contexto, las obras de la Antigüedad Grecolatina ocuparon su discreto lugar en la edición española. Los grandes editores de la época (Ibarra, Sancha, Monfort, o la Imprenta Real) presentan en su producción notables y cuidados ejemplos, como Salustio, Luciano, Cicerón o Juvenal. Pretendo, en definitiva, mostrar mediante un ejemplo concreto, un libro sobre Virgilio publicado en Valencia en 1795 en la imprenta de José y Tomás de Orga, cómo las ideas antes expuestas articularon un primer esbozo del concepto y la conciencia de la Tradición Clásica y de cómo tales ideas dejaron su huella material en una edición concreta. FRANCISCO GARCÍA JURADO