viernes, 11 de mayo de 2012

La clase de mitología

Las sorpresas, a partir de cierto momento de la vida, suelen ser malas. Sin embargo, mi experiencia de este año con un grupo de primero del grado de inglés al que vengo dando clase estas últimas semanas está siendo una grata sorpresa. Estamos estudiando el ciclo troyano en mitología, en realidad estamos leyendo despacio, más bien recreándonos, con la Iliada, la Odisea y la Eneida. Hoy, al hilo de la caída de Troya, tocaba hablar sobre las soluciones inesperadas, sobre la inquebrantable fe en la vida. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Eneas cuenta, avanzado ya el libro segundo de la Eneida, que él mismo, con sus propios ojos, vio cómo el griego Pirro mataba al anciano rey de Troya, Príamo, tras haberle sometido a la crueldad indescriptible de presenciar primero la muerte de uno de sus hijos. Esta escena me ha recordado el mismo castigo que unos versos antes había sufrido Laoconte a manos de un monstruo gigantesco, que primero acabó con la vida de sus dos hijos. Me sorprende, y delante de mis alumnos he sido aún más evidente, un pequeño detalle. En ese momento, Eneas, al presenciar la muerte de Príamo, se acuerda de su propio padre y decide acudir a su lado. En este momento comienza a cambiar, casi sin percibirlo, el curso de los acontecimientos. Hasta ese momento, la única salida digna para Eneas y los suyos era la muerte digna, es decir, encontrar las muerte tras haber matado a unos cuantos enemigos: una forma de convertir la derrota en victoria honrosa. Pero poco a poco la perspectiva cambia. No sabemos si es una interpolación, pero de camino al encuentro de su padre Eneas se encuentra con Helena, a quien desea matar. En ese momento, la madre de Eneas, Venus, se aparece en forma divina y aconseja a Eneas que la deje, que perdone tanto a Helena como a Paris, pues la culpa de la destrucción de Troya no es de ellos, sino de los dioses. Aconseja Venus a Eneas que vaya en busca de su padre, su esposa y su hijo. En este momento, presenciamos uno de esos momentos en que se produce el milagro de lo positivo, la esperanza, frente a la destrucción. Es algo parecido al momento en que Príamo, en la Ilíada, acudió a la tienda de Aquiles a rogar que éste le devolviera el cadáver de su hijo, a lo que Aquiles accede en un acto de piedad. También aquí, en la Eneida, surge la esperanza en medio de tanta destrucción, precisamente cuando Eneas vuelve a encontrarse con los suyos y una serie de señales divinas les indica cuál va a ser su destino. Cuando la destrucción nos rodea, a menudo cuesta pensar en el futuro, en la esperanza y la ilusión. Esta forma de sentir, de descreimiento del porvenir, nos sitúa en una disposición adecuada para aceptar, llegado el caso, la esperanza. Esta ha sido hoy la lección que la Eneida nos ha brindado. Mis alumnos de mitología son muy jóvenes, y esto les confiere a menudo una capacidad de asombro que me conmueve. Creo que nos sentimos a gusto en clase, sobre todo porque están dispuestos a aceptar reflexiones que nos llevan del pasado al presente y del presente al futuro. Espero, lo necesito, que el futuro que les aguarde sea digno de su interés y su atención. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 8 de mayo de 2012

Andrea Camilleri y Aulo Gelio: sorpresa literaria


Fue durante nuestro viaje a Sicilia cuando tuve noticia de un famoso autor italiano llamado Andrea Camilleri. Y no voy a negar mi prevención, a veces prejuicio, ante los autores muy leídos y populares. Camilleri recrea, en homenaje a Vázquez Montalbán, un personaje llamado Montalbano, comisario y héroe cotidiano, con un espacio literario ubicado en una particular forma de concebir Sicilia. No había leído a Camilleri hasta que un día, un poco de casualidad, me entero de que tiene un relato con un título realmente significativo: "Lo que contó Aulo Gelio". ¿Qué cuenta Camilleri en este relato? POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Ya he tenido ocasión de referir en alguna otra ocasión que yo conocí la existecia de Aulo Gelio, autor latino del siglo segundo después de Cristo, en la novela Rayuela de Julio Cortázar. Al cabo del tiempo también me enteré de que Bioy Casares elogiaba la obra del erudito romano, o de que había un gran poeta Argentino, Arturo Capdevila, que había escrito un hermoso retrato del autor latino por el que muchos lectores argentinos llegaron a conocer a Gelio cuando todavía eran niños. Lo del cuento de Camilleri me dejó muy sorprendido. Por desgracia, la obra en la que podía encontrarse, la recopilación de cuentos titulada Un mes con Montalbano, no estaba disponible en las librerías donde lo busqué. También me ha pasado con otro libro, Noches áticas, del malagueño José Antonio Padilla Pérez, y que ha dado lugar a una curiosa historia en la que interviene, justamente, un homónimo del poeta. Ya he contado esta triste historia en otra ocasión. En todo caso, gracias a un compañero del instituto de María José logré acceder al libro de Camilleri y leer la historia en cuestión sobre Aulo Gelio. Un capitulo de las Noches áticas, precisamente el dedicado al episodio singular de Androcles y el león, ha sido releído en clave detectivesca por Camilleri. No voy a revelar el contenido del cuento, pero sí hablaré un poco sobre esta fábula referida por Gelio. Un esclavo llamado Androcles ha huido al desierto escapando de un amo cruel. Se refugia en una cueva para intentar evitar la muerte, pero allí se encuentra con un temible león. El animal, lejos de mostrarse con fiereza, le muestra una pata malherida. El esclavo le cura y el león, en prueba de agradecimiento, alimenta al esclavo con carne cazada por él mismo. Así conviven humano y león durante mucho tiempo, hasta que Androcles abandona la cueva. La desgracia hizo que el esclavo volviera a ser atrapado y condenado a morir comido por los leones. Allí, sorprendentemente, el león que debía matarlo no le hace ni un rasguño, sino que se porta con él de manera cariñosa y amigable. Androcles reconoce entonces al querido león de otros tiempos y el emperador les permite pasar el resto de sus vidas juntos. Camilleri utiliza esta historia para explicar uno de los casos que narra. Sólo referiré el momento en que se nos habla acerca de Gelio:


"Aquella noche se le caían los ojos de sueño y pensaba apagar la luz y echar un buen sueñecito, pero le llamó la atención un artículo largo dedicado a Aulo Gelio, con ocasión de la publicación de una selección de fragmentos de sus Noches áticas. El autor, después de haber dicho que Aulo Gelio, que vivió en el s. II después de Cristo, compuso su dilatada obra para entretenerse durante las largas noches invernales en su propiedad del Ática, concluía dando su opinión: Aulo Gelio era un escritor elegante de cosas absolutamente fútiles Sólo cabría recordarlo por una historieta que contó, la de Androcles el león."


El juicio sobre Gelio que aquí desarrolla un crítico anónimo no es algo nuevo. El poeta Arturo Capdevila vio en Gelio el prototipo de la erudición vana, por lo que nuestro autor latino ha pasado a formar parte de esa nómina de eruditos inútiles que puebla la literatura (en estos momentos releo la Recherche de Proust y me encuentro con Brichot, profesor de literatura). El juicio negativo ya aparece en Luis Vives, nuestro autor valenciano del XVI, y en este caso es un juicio motivado por causas patrias, pero de esto hablaré otro día.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

sábado, 5 de mayo de 2012

El libro más peligroso: nazis y visionarios tras la Germania de Tácito

Fue mi colega (y, sin embargo amigo), el dr. Pedro Conde Parrado, profesor de la Universidad de Valladolid, quien primero me habló sobre este singular capítulo de la historia de la filología: la búsqueda de un manuscrito latino de la Germania de Tácito orquestada nada menos que por Himmler. Durante los tiempos del fascismo mussoliniano, una delegación nazi acudió a una población cercana a Osimo para llevarse un códice medieval. El manuscrito, felizmente, no cayó en manos de los nazis, pero casi termina devorado por las aguas durante la inundación que sufrió Florencia en 1964. Este asunto es parte de lo que nos cuenta Christopher B. Krebs en su obra titulada "El libro más peligroso. La Germania de Tácito, del imperio romano al Tercer Reich". El libro es interesantísimo, pero no creo que satisfaga las expectativas de todos los lectores, y mucho menos de los que vayan buscando una mera historia de nazis. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Se nota a primera vista que Krebs es un buen especialista tanto en Tácito como en la historia textual de su obra titulada Germania, ese librito que marca, en cierto sentido, el nacimiento de la literatura etnográfica en Roma. Como alguien que nunca ha estado probablemente en la Germania, Tácito recurre a fuentes de terceros y a lugares comunes para describir las costumbres germanas que, al cabo del tiempo, pasaron a legitimar ciertas teorías raciales acerca de los rubios guerreros del norte. Krebbs tiene una sólida formación germánica y ahora, por lo que puedo ver en la página web de la Universidad de Harvard, forma parte de la plantilla de su departamento de clásicas. Esta doble cirtunstancia, imagino, le obliga a demostrarnos casi en cada una de las páginas del libro que es un profesor brillante y excepcionalmente documentado, lo que hace que este libro rebose de erudición, a menudo alimentada por la descomunal biblioteca Widener de la misma Harvard. Krebbs hace lo que podemos interpretar como una "historia cultural" de la Germania de Tácito, no una mera historia textual. Con ello quiero decir que Krebs busca mostrarnos no tanto la lectura o la tradición del libro de Tácito como su SIGNIFICADO SIMBÓLICO desde la Antigüedad hasta el siglo XX. La Germania, en este sentido, está muy cerca del mismo tejido que construye las invenciones nacionalistas de los pueblos, o los bucles melancólicos a los que se refiere Jon Juaristi hablando de otros nacionalismos. He disfrutado mucho con el libro, lo confieso, pero no sé si un lector menos dado a erudiciones y más a relatos divulgativos podrá leer la obra de corrido. Las notas que se atesoran al final de la obra son prescindibles para entender el relato, pero a menudo descubren nuevas claves de lectura. Si tuviera que quedarme con algún lugar concreto de este libro me quedaría con el capítulo dedicado al siglo XVIII y, en particular, a Montesquieu (ya conté algo sobre esto hace unos días).
Creo, sinceramente, que si un académico español hubiera escrito un libro semejante, los editores le habrían obligado a quitar notas y a descargarlo de apreciaciones filológicas. La alternativa habría sido publicar la obra en una editorial universitaria, para su difusión entre especialistas. Naturalmente, como se trata de un profesor de Harvard, no se ha contemplado esta posibilidad, pues el profesor de Harvard no puede escribir simplemente un mero libro divulgativo sin más. En realidad, estamos ante un libro de alta, muy altta divulgación donde el "gancho", es decir, la referencia a la búsqueda que el III Reich organizó para dar con el manuscrito más antiguo de la Germania, no constituye más que una pocas páginas finales. Antes está la larga Edad Media, el incipiente humanismo del norte de Europa, el complejo de inferioridad de los eruditos germanos que al final terminará siendo de superioridad, el pensamiento ilustrado, legitimador de las voluntades populares, o las mitologías nacionalistas del siglo XIX. En definitiva, el libro es una fiesta para los amantes de la historia cultural de los estudios clásicos, pero que los lectores menos exigentes no se llamen a engaño. FRANCISCO GARCÍA JURADO

miércoles, 2 de mayo de 2012

Una visión romántica de la literatura latina

Es bueno, pues relativiza lo que hacemos, poder contar de vez en cuando aquello sobre lo que venimos investigando, siempre que la burocracia nos lo permita. La relación entre el movimiento romántico y la herencia cultural de los clásicos grecolatinos siempre es un tema apasionante e inacabable. Precisamente, nos encontramos abordando esta cuestión desde un prisma diferente al acostumbrado. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Se ha discutido, se discute y se seguirá discutiendo aceca de lo clásico y lo romántico, esas dos categoría que una mujer inteligente y viajera, Madame de Staël, dejó establecidas para la posteridad en su libro dedicado a Alemania. Pues bien, es curioso observar cómo el movimiento romántico tiene una importantísima faceta filológica que no sólo permite ver la relación entre ambas cosas, sino, incluso, observar cómo nuestra moderna visión de la literatura clásica grecolatina tiene un inconfundible cuño romántico hoy día casi imperceptible, porque ya nos parece algo natural. Intento, pues, trazar algunos de los rasgos inconfundiblemene románticos, en particular para la literatura latina. He determinado cinco de esos rasgos para poder desarrollar un trabajo titulado "Los manuales de literatura latina en lengua española (1833-1868)". Voy a enumerarlos:


(a) La estética prerromántica del fragmento y del texto (aún) oculto

(b) La nueva forma de contar la literatura latina como un relato, una biografía colectiva, que la vuelve "literatura romana"

(c) La preferencia por lo arcaico, así como por lo popular frente a lo culto

(d) El gusto nacional, especialmente alemán o francés, y el uso decidido de una lengua moderna para hablar del mundo antiguo, frente al latín

(e) El problema de la originalidad de la literatura romana frente a la griega

Muchos nombres propios afloran tras estas ideas, en particular los de Angelo Mai, F. A. Wolf, B. G. Niebuhr, F. Schlegel, F. Schöll o Bernhardy. Todos ellos tienen en común la creación de una nueva forma de ver un patrimonio cultural heredado directamente de la erudición del siglo XVIII. Quizá el aspecto más visible sea el de los textos que vuelven a la vida, los palimpsestos, como los que descubrió el cardenal Angelo Mai, y que tanto inspiraron al poeta Giacomo Leopardi. Italia renacía como nación junto a "sus" clásicos.
En todo caso, Angelo Mai hizo de los palimpsestos un verdadero instrumento de resurección textual (el poeta Leopardi convertiría este milagro filológico en todo un emblema del romanticismo incipiente). Wolf, por su parte, convirtió la literatura romana en una biografía del pueblo romano, idea tan productiva que de ella nacieron los nuevos manuales escolares, tan lejanos ya de las bibliotecas eruditas del siglo XVIII. Niebuhr, por su parte, creó el mito de la Roma arcaica, que hizo posible que poetas como Macauly inventaran antiguas baladas romanas en sus "Lays of ancient Rome". Schelegel, tan ligado a la estética filobarroca, hizo de lo popular la clave del nuevo estudio literario. Schöll, prusiano que escribe en francés, llevó a sus manuales la cuestión del gusto nacional que ya aparecía en la obra "Alemania", de Madame de Staël. Bernhardy, finalmente, uno de los grandes continuadores de las ideas de Wolf, confirió a los manuales de literatura clásica la forma que ya reconocemos hasta hoy día. Esta somera enumeración es fruto de varios años de estudio. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 30 de abril de 2012

"Edades y sueños: una historia no académica de la mitología clásica en las literaturas modernas, de Marcel Schwob a Antonio Tabucchi"


Al cabo del tiempo me he ido volviendo cada vez más escéptico y quizá por ello he observado que las obras más importantes del pensamiento no lo son tanto por el grado de verdad que puedan comportar como por el grado de polémica y duda que acaso nos suscitan. Este aspecto no dogmático del conocimiento me lleva, por supuesto, a sentirme como hombre de mi tiempo y, no por casualidad, mientras escribo estas líneas, todavía me recuerdo paseando con María José por la Vía Po de la ciudad de Turín, esa preciosa calle porticada que abre un eje diagonal en la casi perfecta cuadrícula que conforman sus calles. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El recuerdo de esta calle no es gratuito y viene motivado por unos carteles conmemorativos que allí podían verse de la mítica editorial EINAUDI donde se recuerda a una buena parte de sus no menos míticos escritores. Entre ellos, encontramos a Cesare Pavese, cuyos “Diálogos con Leucó”, publicados en 1947, me llevé a la ciudad durante los días pasados de la semana santa. En este libro, algunos de los personajes más relevantes de la mitología clásica, como Edipo y Tiresias, Calipso y Odiseo, Eros y Tánatos o Aquiles y Patroclo hablan acerca de asuntos tan inevitables como el destino o el dolor. Pavese se inscribe en una larga lista de escritores-pensadores que se han atrevido a llevar a cabo una lectura personal de los mitos. Pasear por Turín, por el rumor intelectual de sus calles, me llevó a pensar en todo esto, así como en uno de mis maestros académicos, el profesor Giacomo Gianotti, que imparte en la facultad de letras de la universidad de Turín su sabia docencia. Gianotti estudió hace tiempo cómo se había constituido una de las disciplinas fundamentales de la filología clásica, precisamente la historia de la literatura griega y romana. No de manera diferente, también se constituyó el estudio científico de la mitología, tan importante para poder comprender la historia del arte en la antigüedad. Pero ya en el siglo XIX, algunos filólogos y, en especial, F. Nietzsche, salieron al paso de las lecturas académicas en obras como “El origen de la tragedia”. La dicotomía que estableció el filósofo alemán entre un Dionisos irracional y un Apolo racional se ha revelado, con el tiempo, inexacta (así lo vio Giorgio Colli en “Los orígenes de la filosofía”, un libro donde la brevedad va pareja a la propia brillantez de sus reflexiones). Sin embargo, y como decía al principio, el carácter revisable de las ideas expuestas por Nietzsche en nada empaña el interés y el empuje de sus ideas. Tengo la impresión de que a partir de cierto momento ciertos autores se propusieron trazar un relato no académico de la mitología clásica, sobre todo desde la conciencia de que ya existía un relato plenamente académico. La idea de la “vida imaginaria” de Marcel Schwob puede servir para definir una de las características de tales relatos: los mitos son “reales”, en la medida en que esa realidad hunde sus raíces en los viejos textos grecolatinos, pero no así los datos y los planteamientos que constituyen su historia interna. Pavese, Italo Calvino, Borges, o el recientemente fallecido Antonio Tabucchi nos ofrecen hermosos ejemplos de esa mitología audaz. Soy consciente de que mi planteamiento es provisional y revisable, pero creo que de ahí emerge su fuerza. Francisco García Jurado

sábado, 28 de abril de 2012

Palimpsestos: resurección y romanticismo

Ahora que estamos a punto de publicar un trabajo sobre los manuales románticos de literatura latina (a partir de entonces "romana", al menos entre los alemanes), sabemos que el descubrimiento de los palimpsestos se convirtió, a comienzos del siglo XIX, en una de las características definitorias de una nueva forma de ver las letras latinas. También sabemos que hubo un poema que vinculó este descubrimiento filológico con el propio espíritu de su tiempo. El palimpsesto es el texto resucitado, y la imagen se volverá romántica por excelencia. POR FRANCISCO FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
El cardenal y filólogo Angelo Mai fue quien inició la lectura y recuperación de los palimpsestos, labor que su entonces amigo Leopardi supo reconocerle encontrando, además, un hermoso motivo poético en esta técnica de rescate de una escritura anterior borrada para escribir sobre ella, y así lo expresa en el Canto que dedica en 1820 precisamente al descubrimiento de Angelo Mai:

"Italo audaz, ¿es que jamás te cansas
de arrancar de las tumbas
a nuestros padres, obligando a que hablen
en este siglo muerto, en el que pesa
tanta niebla de tedio? ¿Y cómo llegas
tan fuerte y tan frecuente a nuestro oído,
voz de nuestros abuelos,
tan largo tiempo muda? ¿Por qué tanta
resurrección? Fecundos se han tornado
los pergaminos; a la edad presente
los claustros polvorientos
reservaban las obras generosas
de nuestros padres. ¿Qué valor te infunde,
ítalo egregio, el hado? ¿Acaso en balde
contra el valor humano lucha el hado?
Voluntad de los dioses fue sin duda
que cuando era más hondo
y grave nuestro olvido irremediable,
sonara en todo instante nuevamente
la voz de nuestros padres. Aún se apiada
de Italia el cielo. Aún velan por nosotros
algunos inmortales:
que siendo exactamente ésta la hora
en que hay que restaurar las herrumbrosas
virtudes de las ítalas naturas,
vemos cómo se alza
el clamor de los muertos, y a los héroes
olvidados abrir casi sus tumbas
para saber si en esta edad ociosa
te es grato, patria, aún, el ser cobarde (...)"

(Cantos, trad. de Diego Navarro, Barcelona, Orbis/Origen, 1982, pp.17-18.)

Pocas veces podremos encontrar en la historia de la literatura que una técnica filológica llegue a ser un motivo poético, pero este caso es importante sobre todo por lo que significa: la resurrección de los "padres clásicos". No debemos olvidar la extraordinaria formación clásica del poeta de Recanati, que a los quince años comienza a aprender griego sin necesidad de maestro alguno, y que un año más tarde hace entrega a su padre de una versión latina con comentarios acerca de la vida de Plotino . Llama la atención, además, que el término "palimpsesto" haya servido después como metáfora de la reescritura en la teoría literaria. Así lo hizo Antonio Machado al decir que todo poema era un palimpsesto y, sin saber que el término había sido ya propuesto por el poeta español, luego lo hizo Gérard Genette. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 26 de abril de 2012

Machado en Baeza y una errata en mi memoria

Rescato un texto escrito hace un tiempo que me gusta especialmente. Sólo quiero que veáis en él por qué para algunas personas el latín se ha convertido en parte de su propia biografía. Borges o Machado no fueron ajenos a este fenómeno. En particular, la lectura de la primera bucólica de Virgilio pervivió en ellos para siempre. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
Por cierto, como cuando lo publiqué por primera vez, este blog sigue estando dedicado a María José Barrios Castro, profesora de Cultura clásica, de latín y de griego.
Hace ya un tiempo, a finales del mes de mayo de 2009, acudimos a un congreso que se celebraba en Baeza, y una tarde bellísima visitamos el antiguo claustro de la universidad, anejo al instituto Santísima Trinidad, donde una clase rinde emotivo homenaje al poeta Antonio Machado, en recuerdo de su paso vital por Baeza en aquel instituto como profesor de francés. Aquella tarde recordé, cómo no, el cuaderno de notas que Machado tituló Los complementarios, y donde encontramos uno de los textos más elogiosos que he visto en la modernidad acerca del poeta Virgilio. Para quien quiera volver a leerlo, incluso en la propia letra de Machado, no tiene más que acudir a aquella entrada del blog (http://lectoresaudaces.blogspot.com/2009/02/si-me-dieran-elegir-un-poeta-machado-y.html). Pues, bien, no es de esto de lo que hoy quería hablar, pero sí de otro aspecto relativo al poeta latino que también está en el mismo cuadernos machadiano. No hay más que abrir su primera página (utilizo el facsímil que editó Taurus en 1971) para encontar una cita de la primera Bucólica, el verso 28: "candidior postquam tondenti barba cadebat", que en traducción de Vicente Cristóbal dice así: "cuando , afeitándome, ya más canosa caía su barba". Sin embargo, algo fallaba en mi recuerdo de este verso, pues mi memoria no me traía la forma "TONDENTI", sino otra menos comprensible para todo aquel que sepa algo de latín: "TONDENDI". Virgilio pone en boca de Títiro una manera indirecta de decir su edad, más o menos unos 45 años (cómo voy comprendiendo este verso ahora). Machado, seguramente, quería dar cuenta de su edad al comienzo de su cuaderno, en la época de bonanza que terminó viviendo en Baeza. Mientras pensaba todo esto, seguía bullendo en mi cabeza la incorrecta forma "TONDENDI", y no me explicaba bien por qué. Lo que la gramática corregía lo desleía el corazón al acudir a mi mente, al "re-cordar". Mi sorpresa fue cuando, a la vuelta, puede comprobar que la errata estaba en el mismo Machado, que seguramente escribió el verso de memoria y tal como le sonaba. La tímida "d" estaba ahí, y así la reproduzco en la foto que podéis ver al comienzo. Poco más arriba, en esta misma bucólica, el verso 25 nos dice "quantum lenta solent inter viburna cupressi", que Vicente Cristóbal traduce como "cuanto se eleva el ciprés superando a flexibles viburnos". Este verso, con la peculiaridad semántica de que "LENTA" sea "FLEXIBLE", es citado por el último Borges, el de los Conjurados. Machado, pues, está a mitad del camino de su vida cuando recuerda el verso 28, mientras que Borges anda por sus "cuatro veintes" cuando recurre al verso 25 para recrear una ficción de regustos góticos. Es muy probable que esta bucólica primera fuera el primer texto de Virgilio que tuvieron que leer y aprender tanto Borges como Machado. Y ahí quedaron para siempre en la memoria de ambos los dos versos. Borges jugó con los errores, como cuando hace terminar como plural el famoso "ibant obscuri sola sub noctem per umbram", y lo hace más veces, como ha mostrado Javier Gil en un hermoso artículo publicado en Cuadernos de Filología Clásica (Estudios Latinos). Lo que más me conmueve de todo esto que cuento aquí hoy es LA IMPLICACIÓN DEL LATÍN CON LA VIDA. Ellos lo estudiaron, y no podría entenderse la obra de Borges y de Machado sin ciertas lecturas clásicas, sin Virgilio u Homero. Hoy los estudiantes de eso que queda del bachillerato pueden prescindir de las asignaturas clásicas por engendros como el Ocio y demás (qué diría el OTIOSUS Aulus Gellius si levantara la cabeza y viera que el OTIUM ha quedado reducido a naderías). Yo no sería igual sin el latín, lo vivo y está en mí, y siento que el mundo se vuelva cada vez más anodino.
Francisco García Jurado H.L.G.E.