jueves, 21 de febrero de 2013

"Todas las cosas que merecen lágrimas". Borges y Virgilio

Caben muchas aproximaciones a ese universo literario que algunos llaman "J.L. Borges". Una de ellas, y sumamente atractiva, es tratar acerca de su Eneida. Al igual que Pierre Menard quiso ser "autor del Quijote", Borges pretendió en cierto momento ser "autor de la Eneida", y en esto siguió los pasos inmortales de Dante. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

Los borgesianos, tanto argentinos como españoles, recibimos en los años ochenta del pasado siglo XX una grata sorpresa. Había aparecido en los quioscos de prensa la “Biblioteca Personal Jorge Luis Borges”, una variada colección que proyectaba publicar cien volúmenes básicos donde pudieran encontrarse las principales lecturas que más habían influido en el autor argentino. La colección ofrecía dos tesoros: de una parte, el de los prólogos escritos por Borges, textos que han terminado constituyendo un libro en sí mismo (Miguel García Posada selecciona este conjunto de prólogos como modelo de crítica en su obra titulada El vicio crítico) . Ahora bien, más allá de los prólogos escritos especialmente para esta “Biblioteca personal”, llenos de claves de lectura, está la de la propia materialidad de los libros que constituyen la valiosa colección. La biblioteca se publicó primero en Argentina, entre 1985 y 1986, y luego en España, entre 1987 y 1988. La muerte de Borges, acaecida el 14 de junio de 1986, hizo imposible que pudiera desarrollarse el proyecto completo. No obstante, los tomos negros y uniformes que llevan en su lomo la efigie de Borges se convirtieron hace ya mucho tiempo en paraíso de lecturas esenciales (Meyrink, Machen, Schwob...). Cabe destacar en esta feliz selección de obras la inclusión de la Eneida. La traducción elegida fue la de Eugenio de Ochoa (cuya primera edición es de 1869), traducción decimonónica en prosa, que ha venido a ser un tanto la versión castellana por excelencia, entre otras cosas, porque ya no tiene que rendir cuentas a los derechos de autor. Borges, al contrario de lo que expresó sobre las versiones de Homero o de Las mil y una noches, no se pronuncia casi nunca acerca de la traducción de la Eneida, ya que pudo acceder a ella en su lengua original, seguramente desde los tiempos escolares. No es desdeñable el hecho de que después la fuera encontrando también, citada o entrevista, en otros textos modernos, como la Comedia de Dante, la Autobiografía de Edward Gibbon o incluso algún moderno relato gótico, en especial Melmoth el errabundo, de Charles Maturin. Quizá no pudo leer la obra de Virgilio al completo en latín, pero sí supo extraer un compendio de versos verdaderamente selecto de los que se apropió y que retuvo a lo largo de toda su vida. Aquí está la clave de esta lectura, donde no importa tanto la extensión de lo leído como su intensidad. En este sentido, debe destacarse la exquisita enumeración de versos virgilianos que hace en el propio prólogo a la Eneida de la citada “Biblioteca personal”. Como luego veremos, no es una compilación casual:

“Virgilio no nos dice que los aqueos aprovecharon los intervalos de la oscuridad para entrar en Troya, habla de los amistosos silencios de la luna. No escribe que Troya fue destruida, escribe “Troya fue”. No escribe que un destino fue desdichado, escribe “De otra manera lo entendieron los dioses”. Para expresar lo que ahora se llama panteísmo nos deja estas palabras: “Todas las cosas están llenas de Júpiter”. Virgilio no condena la locura bélica de los hombres, dice “El mal del hierro”. No nos cuenta que Eneas y la Sibila erraban solitarios bajo la oscura noche entre sombras, escribe:

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram

No se trata, por cierto, de una mera figura de la retórica, del hipérbaton; solitarios y oscura no han cambiado su lugar en la frase; ambas formas, la habitual y la virgiliana, corresponden con igual precisión a la escena que representan.”

(“Publio Virgilio Marón. La Eneida”, en Biblioteca Personal [Obras Completas IV, Barcelona, 1996, p. 521])



FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 19 de febrero de 2013

Etimología y semántica, o cada cosa en su sitio

No es difícil percibir cómo desde la antigua etimología el significado se concibe como algo inmanente a la propia palabra. El propio método de la etimología antigua, basado en el juego de letras (anagrama) y la búsqueda del origen de una palabra poniéndola en relación con la más parecida que pueda encontrarse, encierra en sí la concepción del significado como algo connatural a la misma palabra. La semántica, sin embargo, rompe con este cordón umbilical que une la palabra a su origen. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Veamos uno de los ejemplos más significativos, la supuesta etimología de la palabra "Latium", tal y como puede encontrarse en la Eneida de Virgilio, quien nos ofrece una explicación etimológica explícita que pone en relación LATIVM con LATET, según una etimología que ya puede rastrearse en Varrón:

Primus ab aetherio venit Saturnus Olympo,
arma Iouis fugiens et regnis exsul ademptis.
Is genus indocile ac dispersum montibus altis
composuit legesque dedit LATIVMque vocari
MALVIT, his quoniam LATVISSET tutus in oris. (Verg.Aen.8,319-323)

("Saturno llegó el primero del etéreo Olimpo, huyendo las armas de Júpiter y desterrado, despojado de su reino. Él fue quien reunió aquella nación indomable y dispersa por los altos montes, les dio leyes, y prefirió que se llamara «Lacio», ya que sano y salvo estuvo «latente» por estas riberas.")

Los ejemplos más universalmente conocidos de este tipo de etimología se deben a Isidoro de Sevilla, como en el caso de su explicación de "caelum":

Clarus, a caelo, quod splendeat. Vnde et clara dies pro splendore caeli. (Isid.Orig.10,32)

(“Clarus (claro) deriva de caelum (cielo), porque resplandece. Así, hablamos de un «claro día» a causa del esplendor del cielo”) (trad. de Oroz Reta y Marcos Casquero)

En este ejemplo tenemos representados tanto la búsqueda de una palabra que tenga un parecido evidente con el adjetivo "clarus" (caelum), como el juego anagramático del cambio del orden de las letras (CLArVM y CAeLVM) . Queda, pues (y esta es la parte semántica de la investigación etimológica en la Antigüedad), encontrar el hilo conductor entre los contenidos de las dos palabras puestas en relación. Varrón o Isidoro de Sevilla entienden que la etimología sirve para conocer mejor el significado de las palabras, ya que la etimología antigua busca casi obsesivamente la congruencia entre las formas y los contenidos. De hecho, Isidoro dice explícitamente en un famoso y discutido pasaje de las Etymologiae (Orig. 1,29) que si se conoce el origen de una palabra antes se dará con su sentido:

Etymologia est origo vocabulorum, cum vis verbi vel nominis per interpretationem colligitur. Hanc Aristoteles symbolon, Cicero adnotationem nominavit, quia nomina et verba rerum nota facit exemplo posito; ut puta flumen, quia fluendo crevit, a fluendo dictum. Cuius cognitio saepe usum necessarium habet in interpretatione sua. Nam dum videris unde ortum est nomen, citius vim eius intellegis. Omnis enim rei inspectio etymologia cognita planior est.

("La etimología estudia el origen de los vocablos, ya que mediante su interpretación se llega a conocer el sentido de las palabras y los nombres. Aristóteles la denominó symbolon, y Cicerón, adnotatio, porque, a partir de un modelo, se nos dan a conocer las palabras y los nombres de las cosas. Por ejemplo, flumen (río) deriva de fluere, porque fluyendo crece. Su conocimiento implica a menudo una utilización necesaria en la interpretación léxica. Pues, si se sabe cuál es el origen de una palabra, más rápidamente se comprenderá su sentido. El examen de cualquier objeto es mucho más sencillo cuando su etimología nos es conocida.” (trad. de Oroz Reta y Marcos Casquero)

No obstante, esta concepción tan confiada debe enfrentarse a otra orientación escéptica que ya puede intuirse en el Crátilo de Platón. Este escepticismo, que es posible rastrear en Platón, Sexto Empírico, así como en Cicerón y Quintiliano, nos lleva a un texto crucial de Agustín de Hipona donde puede observarse cómo aparece completamente diferenciado el estudio de la etimología, en calidad de dudosa disciplina que indaga acerca del origen (¿verdadero?) de las palabras, y el de la semántica, o el conocimiento del significado , para lo que se puede prescindir perfectamente de la etimología:

De origine verbi quaeritur, cum quaeritur unde ita dicatur: res mea sententia nimis curiosa, et non nimis necessaria. Neque hoc mihi placuit dicere, quod sic Ciceroni quoque idem videtur; quamvis quis egeat auctoritate in re tam perspicua? Quod si omnino multum iuvaret explicare originem verbi, ineptum esset aggredi, quod persequi profecto infinitum est. Quis enim reperire possit, quod quid dictum fuerit, unde ita dictum sit? Huc accedit, quod ut somniorum interpretatio, ita verborum origo pro cuiusque ingenio praedicatur. Ecce enim verba ipsa quispiam ex eo putat dicta, quod aurem quasi verberent: Immo, inquit alius, quod aerem. Sed nostra non magna lis est. Nam uterque a verberando huius vocabuli originem trahit. Sed e transverso tertius, quam rixam inferat. Quod enim verum, ait, nos loqui oporteat, odiosumque sit, natura ipsa iudicante, mendacium; verbum a vero cognominatum est. Nec ingenium quartum defuit. Nam sunt qui verbum a vero quidam dictum putent, sed prima syllaba satis animadversa, secundam negligi non oportere. Verbum enim cum dicimus, inquiunt, prima eius syllaba verum significat, secunda sonum. Hoc autem volunt esse bombum. Vnde Ennius sonum pedum, bombum pedum dixit: et βoασαι Graeci clamare; et Virgilius, "Reboant silvae" (Georg. lib.3, v.223) Ergo verbum dictum est quasi a vero boando, hoc est verum sonando. Quod si ita est, praescribit quidem hoc nomen, ne cum verbum faciamus, mentiamur: sed vereor ne ipsi qui dicunt ista, mentiantur. Ergo, ad te iam pertinet iudicare, utrum verbum a verberando, an a vero solo, an a vero boando dictum putemus: an potius unde sit dictum non curemus; cum, quod significet, intelligamus. (Aug. Principia Dialecticae VI. P.L. 32, 1409-1420)

("Nos preguntamos acerca del origen de una palabra cuando nos planteamos de dónde proviene que se diga de tal manera: asunto muy curioso, en mi opinión, pero no muy necesario. No me gustó decir esto que a Cicerón parece merecerle la misma opinión; aunque, ¿quién necesita de una autoridad en un asunto tan "evidente"? Pero si fuera de mucha utilidad explicar el origen de una palabra, no sería apropiado adentrarse en lo que ciertamente es imposible de alcanzar. ¿Quién hay que pueda justificar por qué se tiene que decir de tal manera lo que nombramos? Ocurre que, al igual que en la interpretación de los sueños, así se declara el origen de una palabra de acuerdo con el ingenio de cada cual. He aquí que hay quien interpreta que el mismo término verba (palabras) se dice así porque es como si azotasen ("reverberasen") el oído; más bien, dice otro, porque es como si azotasen el aire. Pero esto no supone un gran problema, pues uno y otro remontan el origen de esta palabra del verbo "azotar" (verberando). Inesperadamente mira qué discordia viene a sembrar un tercero: verbum es sinónimo de "verdadero" porque, según dice, conviene que hablemos lo verdadero, y es odiosa la mentira, siendo la naturaleza el juez mismo. Pero no faltó un cuarto ingenio que dijo que, si bien hay quienes estiman que verbum se dice de "verdadero", quedando, pues, la primera sílaba suficientemente constatada, no conviene olvidarse de la segunda. De esta forma, declaran que cuando decimos verbum la primera sílaba significa "verdadero", y la segunda "sonido"; pretenden, pues, que éste (el sonido) sea un "zumbido" (bombum). Por ello, Ennio llamó al sonido de los pies "ruido de pasos", los griegos dicen "gritar" con el término boasai, y Virgilio dice "resuenan los bosques". Luego, se dice verbum como si hiciéramos retumbar la verdad, es decir, como si hiciéramos sonar la verdad. Por tanto, si esto es correcto, el mismo nombre ordena que no mintamos al hablar, mas temo que mientan incluso estos mismos que afirman tales cosas. Por lo tanto, a ti corresponde juzgar si hemos de considerar que verbum se dice de verberando ("azotar"), o de vero ("verdad") tan sólo, o de vero boando ("hacer resonar la verdad"), o si, por el contrario, es preferible que no nos preocupemos por su origen, ya que sin necesidad de ello entendemos lo que significa.”)

Sorprende, lo primero, esta singular comparación de la interpretación etimológica con la interpretación de los sueños. Marck Amsler ha observado en su excelente estudio sobre el discurso etimológico en la Antigüedad Tardía que al ser comparada la etimología con la interpretación de los sueños, se entiende como una actividad hermenéutica que, al igual que aquélla, debe resolver la ambigüedad de los signos mediante una interpretación alegórica. La etimología, así entendida, presenta infinidad de posibilidades, lo que la convierte por su imprecisión en inútil, y más todavía porque la materia que estudia, el lenguaje verbal humano, es engañosa. Como bien apunta Umberto Eco, San Agustín rechaza el lenguaje constituido de palabras porque está pensando en una forma de lengua perfecta que no es verbal, y que no es otra que la lengua en la que Dios habló a Adán. Se trata de una lengua de imágenes, pansemiótica, poblada de alegoría, que tan importante será para la representación de la cultura en la Edad Media, en sus distintos lapidarios, bestiarios, o en los beatos (Eco 1996, 24-25). Contrariamente a la prevención que muestra por la etimología Agustín, la vieja disciplina terminará triunfando como metalenguaje y llave para el conocimiento del mundo, llegando a su cima más alta con San Isidoro de Sevilla, excelente ejemplo de recuperación y creación etimológica.
Centremos ahora nuestra atención en dos frases concretas de los textos citados:

-nam dum videris unde ortum est nomen, citius vim eius intellegis (Isidoro)

-unde sit dictum non curemus; cum quod significet, intelligamus (Agustín)

En estas dos frases podemos ver resumidos los aspectos que hemos comentado. Mientras Isidoro aúna etimología y semántica, Agustín las diferencia cuando nos dice que de poco nos sirve saber de dónde se puede decir una palabra para conocer su significado. Por otra parte, Isidoro habla de la vis nominis (recuérdese lo que decíamos acerca de la fuerza de las palabras con referencia al cuento de Horacio Quiroga), pero Agustín emplea explícitamente el verbo significare, consciente del valor que tiene la palabra como signo convencional. La semántica como estudio del significado y la etimología, concebida desde el siglo XIX como una “historia de las palabras”, quedan desligadas una de otra por sus métodos y objeto de estudio. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 11 de febrero de 2013

Claudio Guillén y los estudios de Tradición


En 1979 se publica el segundo número del anuario 1616, editado por la entonces flamante Sociedad Española de Literatura General y Comparada. Son tiempos aptos para nuevas empresas. Durante estos años, un consagrado y aún prometedor comparatista de la Universidad de Harvard (en la ilustración, el mítico Río Charles, a su paso por la institución académica), Claudio Guillén, comienza a plantearse la posibilidad de vivir en España para fundar allí los estudios de Literatura comparada. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
En el número de 1616 al que nos hemos referido aparece un singular artículo que va a tener una gran trascendencia, por lo que supone de revisión del conocido discurso de las fuentes y las influencias. El artículo se titula “De influencias y convenciones” (Guillén 1979, pp. 87-96, luego Guillén 1989, pp. 95-117) y se trata de la versión española de uno de sus estudios recogidos en Literature as system (Princenton, 1971). De manera significativa, en el apéndice que se añadió para la traducción española, se afirma lo siguiente:

Resulta algo anacrónica o anticuada la importancia concedida en España –por algunos- a los estudios de influencias, que al parecer nos retrotraen a la época, anterior a los años cuarenta, del influjo francés en la Literatura Comparada. (Guillén 1989, p. 115)

A partir de un estudio precedente de uno de sus míticos maestros de Harvard, Harry Levin (Véase Levin 1950, quien se inspira, a su vez, en las ideas de T.S. Eliot sobre la tradición), Claudio Guillén vino a superar la vieja cuestión de las influencias y los estudios de fuentes mediante la dinámica polaridad entre el concepto de “influencia” frente a los más amplios de “convención” y de “tradición”. La influencia, según Guillén, tiene que ver, sobre todo, con el “talento individual” (de nuevo T.S. Eliot) frente a la convención, cuyo carácter es compartido por los escritores de una generación dada. La influencia, por su parte, supone una relación no mediatizada, sino directa. La convención, por el contrario, es un fenómeno colectivo, dado en un tiempo concreto (sincrónico).

                “influencia” (hecho individual) / “convención” (hecho colectivo)

Asimismo, Claudio Guillén apunta al hecho de cómo ciertas influencias pueden devenir en convenciones que podrían dar lugar, por ejemplo, a que un poeta petrarquista no hubiera tenido necesariamente que leer a Petrarca, sino sencillamente seguir las modas literarias de su época. Por lo demás, si la convención viene dada por el repertorio de posibilidades que un escritor comparte con sus “rivales vivos”, la tradición se plantea en términos de rivalidad de los escritores con sus antepasados. Así las cosas, un joven escritor puede buscar deliberadamente en la tradición la influencia de un autor precedente para situarse en el terreno de la singularidad frente a las convenciones de su tiempo. En definitiva, Claudio Guillén lleva la influencia al terreno del “talento individual”, frente al carácter compartido de la convención e incluso de la tradición. Asimismo, la convención se mueve en el terreno del presente, mientras la tradición, que también es un fenómeno compartido, lo hace en el del pasado:

            “convención” (presente) / “tradición” (pasado)

De esta forma, “influencia”, “convención” y “tradición” constituyen tres conceptos que, lejos de estar compartimentados, mantienen una rica relación opositiva entre sí. Si aplicamos estos criterios de manera práctica a nuestros estudios de Tradición clásica, lo más importante acaso sea que no nos quedemos simplemente en relaciones binarias de mera influencia, o de tipo genético, entre un autor antiguo y otro posterior. Es el caso de Virgilio y Dante, según el propio Guillén:

Es insuficiente afirmar que Virgilio influyó en Dante con independencia de otros factores, cuando tantos otros elementos sustentaron esa relación y lo fundamental fue el funcionamiento de un “campo” total: la autoridad y la continuidad de una tradición. Verdad es que lo que se imita es la obra singular, no la tradición. Pero es asimismo cierto que ciertos poemas encarnan tradiciones, condensan y vitalizan sistemas de convenciones y simbolizan otros poemas. (Guillén 1989, pp. 104-105)

Claudio Guillén podría haber constituido la verdadera piedra de toque para una total renovación de los estudios de Tradición clásica en España, al tiempo que se creaban los de Literatura comparada. FRANCISCO GARCÍA JURADO

Bibliografía

Guillén, C., 1979, “De influencias y convenciones”, 1616, 2, pp. 87-96
Guillén, C., 1989, Teorías de la Historia literaria, Madrid, Espasa Calpe
Levin, H. 1950, “Notes on Convention”, en H. Levin (ed.), Perspectives on Criticism, Cambridge, Harvard University Press, pp. 55-83

sábado, 9 de febrero de 2013

Encuentros complejos: Fedro y Augusto Monterroso


Al lector desprevenido quizá le sorprenda que, por ejemplo, Aulo Gelio ocupe el título de un cuento de Andrea Camilleri. Se trata de un "encuentro complejo" e inesperado entre un autor antiguo y otro moderno. Entre ellos se tiene un puente rico e interminable que va más allá de una mera imitación. Hoy quería traer aquí otra relación curiosa y fructífera: la del fabulista latino Fedro con el autor hispanoamericano Augusto Monterroso. FRANCISCO GARCÍA JURADO HGLE

Para mi amigo y colega David García, allí, en la propia UNAM donde habitó Monterroso

Nos resulta difícil pensar que haya alguien, incluidos los niños, que no supieran darnos su versión de una fábula como la de la cigarra y la hormiga. Con razón dice Gérard Génette que la "fábula es casi íntegramente un género hipertextual y paródico"[1], hipertextual porque de manera indeleble subyace el texto clásico, ya sea de Esopo, Fedro, o La Fontaine (por no recordar nuestros fabulistas hispanos Iriarte, Samaniego y Hartzenbusch), y paródico porque siempre tenemos la posibilidad de reconvertir el asunto de la fábula a nuestro gusto, actualizándola o convirtiéndola en arma de doble filo. Estamos también de acuerdo con Genette cuando afirma que el éxito de la fábula viene dado por su brevedad y su notoriedad[2], condiciones necesarias para que sea un género tan popular. Esa brevedad o concisión, precisamente, tan acorde con el gusto por la breuitas en la literatura latina, convertida en una obsesión en los tiempos del Imperio[3], va a ser una de las metas de ciertos maestros del relato breve de nuestro siglo, entre quienes debemos destacar el autor en el que vamos a centrarnos en este capítulo, el guatemalteco exiliado en México Augusto Monterroso (1921), recreador irónico de fábulas, un eslabón más, el más moderno quizá, de la larga cadena que constituye este género, y autor de cuentos tan breves como el titulado "El dinosaurio", que es como sigue:

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."
(Obras completas (y otros cuentos), incluido en el volumen Cuentos, fábulas y lo demás es silencio, México, Alfaguara, 1996, p.69)

Precisamente, a la brevedad dedica nuestro autor las breves líneas siguientes, no exentas de sabor clásico:

"Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Sin embargo, en la sátira I,1, Horacio se pregunta, o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan, ¿verdad?
Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujección al punto y coma, al punto.
A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio." ("La brevedad", en Movimiento perpetuo, recogido en Cuentos, fábulas..., p.144)

A esta misma brevedad alude Gayo Julio Fedro (ca. 15 a.C.-ca. 55 p.C.) en los senarios que abren su libro segundo de fábulas[4]:

Sed si libuerit aliquid interponere,
Dictorum sensus ut delectet uarietas,
Bonas in partes, lector, accipias uelim,
Ita, si rependet illam breuitas gratiam.
Cuius uerbosa ne sit commendatio,
Attende, cur negare cupidis debeas,
Modestis etiam offerre, quod non petierint[5].

Monterroso se relaciona de manera "natural" con la fábula, pues es un cultivador consumado del relato breve y, quizá por ello, también un fabulista. Una suerte de alter ego literario de Augusto Monterroso es Eduardo Torres, quien en un ficticio ensayo titulado "De animales y hombres" se dedica a hacer una crítica literaria de la obra fabulística de su propio creador, Monterroso, concretamente de su libro titulado La oveja negra y demás fábulas. Veamos qué rasgos destaca acerca del género de la fábula en esta suerte de metacrítica:

"Decíamos que Monterroso va piano; pero debemos añadir que su parquedad corre pareja con su lentitud. De donde resulta que no sólo nos hace esperar sino que cuando se decide y nos da, nos da poco en cantidad. Y aquí viene a pelo un buen símil. ¿Habéis observado a la diligente Hormiga cuando lleva en los debilitados hombros una carga desproporcionada a sus fuerzas, cómo sufre, cuál cae aquí y allá, cuál se agita y gime y suda y a veces se duerme dulcemente acariciando quién sabe qué sueños, para después volver a su fardo, y cómo se angustia ante la lejanía de la meta final en que quizá, y aun sin quizá, la espera la bota del malvado campesino, o la vara del niño malo de la aldea que la aguarda con la sonrisa peculiar de la inocencia en los labios pero al mismo tiempo con la fría mirada del que piensa tan sólo en la destrucción de vidas laboriosas y útiles a la Sociedad? Tal los textos demasiado largos, sobre todo cuando se trata de textos breves y no de novelas... a las que pudiera pensarse malévolamente que me estoy refiriendo con el símil, tal vez más que traído por los cabellos, o las antenas, de este sufrido insecto. Cada quien, pues, lleve el fardo que sus energías le permitan, y recuerde que en cualquier caso arar ha sido siempre una tarea que pueden compartir al unísono el Buey y la Mosca, dicho esto sin entrar a saco en los difíciles terrenos del autor.
¿Quién lee hoy fábulas? ¿Quién lee al malicioso La Fontaine, a Esopo sabio, a Fedro prudente, a Hartzen­busch, al excelso conde, al ameno Lizarsi? Todo el mundo; quizá por ser éste un género reservado a muchos escrito­res y, por ende, con el sabor de la fruta del cercado ajeno (Garcila­so). Es probable que de ahí haya partido el interés de nuestro inquieto autor en brindarnos este puñado de apólogos o enxiemplos que, y esto ha trascendi­do ya por la prensa diaria y las revistas literarias de la capital, interesa por igual a niños (ver la fábula titulada "Origen de los ancianos"), jóvenes (ver "La honda de David") y viejos (ver las restantes)." (La oveja negra, pp.309-310)

De nuevo, Monterroso trata graciosamente acerca de la brevedad y parquedad del género que cultiva, ejemplificándolo con distintas fábulas. Por otra parte, el tercer lugar que confiere al poeta latino Fedro en la enumeración de fabulistas, y su consideración elogiosa en el adjetivo "prudente", frente a un "malicioso" La Fontaine y un "sabio" Esopo, nos da cierta idea de sintonía de Monterroso con el fabulista latino por excelencia, a pesar de que su figura aparezca presionada entre el griego Esopo y el francés La Fontaine, por citar acaso los dos más importantes. El Monterroso fabulista ha sabido captar perfectamente el tono y lenguaje de un Esopo o de un Fedro, adaptándolos a los tiempos y circunstancias modernos, no desprovisto de ironía con respeto al propio género, como es el reconocimiento a diversos especialistas de ciencias naturales al comienzo de la obra. Veamos un ejemplo significativo a partir de la fábula de Fedro titulada "La vaca, la cabra, la oveja y el león" (Phaed.1,5), que reproducimos primero en su versión original latina para facilitar la comparación:

VACCA, CAPELLA, OVIS ET LEO

Numquam est fidelis cum potente societas:
Testatur haec fabella propositum meum.
Vacca et capella et patiens ouis iniuriae
Socii fuere cum leone in saltibus.
Hi cum cepissent ceruum uasti corporis,
Sic est locutus partibus factis leo:
«Ego primam tollo, nominor quoniam leo;
Secundam, quia sum fortis, tribuetis mihi;
Tum, quia plus ualeo, me sequetur tertia;
Malo adficietur, siquis quartam tetigerit».
Sic totam praedam sola inprobitas abstulit.

Añadamos, además, esta traducción anónima recogida por Menéndez Pelayo[6]:

LA VACA, LA CABRA, LA OVEJA Y EL LEÓN.

Nunca con el potente
Fue fiel la compañía.
La fábula mía
Confirma mi propuesta claramente.
La Vaca y la Cabrilla, y la paciente
Oveja, compañeros del León fueron
En los bosques, y un Ciervo muy crecido
Entre todos cogieron,
El cual en cuatro partes dividido,
El león engreído
Habló de esta manera:
Me llaman León, me tomo la primera.
De aquesta misma suerte
Me daréis la segunda, pues soy fuerte;
También, porque más puedo,
Seguirá la tercera mi denuedo;
Nadie la cuarta toque;
Muy mal lo pasará quien lo provoque.
Con esto la maldad y la insolencia
Toda la presa entrega a su violencia.

La recreación y variación que hace Monterroso sobre la fábula de Fedro precisa en buena medida del texto subyacente que acabamos de leer para su perfecta comprensión. No en vano, como el mismo Monterroso reconoce, la conoce de memoria, como fruto de una más que especial relación con el latín a la que luego aludiremos. La nueva fábula, por lo demás, bien podría haber sido escrita por un Fedro actual, dado su respecto a las normas del género y su contenido crítico con el poder:

"La Vaca, la Cabra y la paciente Oveja[7] se aso­cia­ron un día con el León para gozar alguna vez de una vida tranquila, pues las depredaciones del monstruo (como lo llamaban a sus espaldas) las mantenían en una atmósfe­ra de angustia y zozobra de la que difícilmente podían esca­par como no fuera por las buenas.
Con la conocida habilidad cinegética de los cuatro, cierta tarde cazaron un ágil Ciervo (cuya carne por su­puesto repugnaba a la Vaca, a la Cabra y a la Oveja, acostumbradas como estaban a alimentarse con las hierbas que cogían[8]) y de acuerdo con el convenio dividieron el vasto cuerpo[9] en partes iguales.
Aquí, profiriendo al unísono toda clase de quejas y aduciendo su indefensión y extrema debilidad, las tres se pusieron a vociferar acalorada­mente, confabuladas de ante­mano para quedarse también con la parte del León, pues, como enseñaba la Hormiga, querían guardar algo para los días duros del invierno.
Pero esta vez el León ni siquiera se tomó el trabajo de enumerar las sabidas razones[10] por las cuales el Cier­­­vo le pertenecía a él solo, sino que se las comió allí mismo de una sentada, en medio de los largos gritos de ellas en que se escuchaban expresiones como Contrato Social, Constitución, Derechos Humanos y otras igualmente fuertes y decisivas." (La oveja negra, p.208)

Nótese la fina ironía, sobre todo en la intencionada translación al presente, con términos como Derechos Humanos, o Constitución, que nos vuelve a mostrar un texto de inquietudes sociales y políticas. El texto latino de Fedro, aunque presupuesto en la fábula ("enumerar las sabidas razones"), aflora esporádicamente en los adjetivos "paciente" -patiens- ("la paciente Oveja"), o "vasto" -uastus- ("el vasto cuerpo"). El respeto a las convenciones del género es escrupuloso, haciendo hincapié siempre en el carácter universal de los protagonistas, frente a la posibilidad del personaje individual propio de un cuento[11], lo que refuerza, además, con alusiones a otras fábulas, como la de la hormiga. La historia no acaba aquí, pues, como si de una ironía del destino se tratara, el libro de Monterroso donde se contiene esta fábula ha sido traducido al latín por Tarsicio Herrera Zapién, con el título de Ouis nigra atque caeterae fabulae[12]. El mismo Monterroso nos comenta ante este hecho: "¿Cómo podía imaginar allá lejos que algún día mis propias fábulas estarían traducidas al idioma que me abrió las puertas a las maliciosas expresiones de Aristófanes por uno de estos sabios peripatéticos, concretamente por Tarsicio Herrera Zapién, traductor de Horacio y de Tibulo? Sólo se cumple lo que no se ha soñado"[13].

FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1] Palimpsestos..., p.89. Véase también el más reciente estudio de Carlos García Gual, El zorro y el cuervo. Diez versio­nes de una famosa fábula, Madrid, Alianza, 1995, p.19.
[2] Palimpsestos..., p.89.
[3] José Carlos Fernández Corte y Antonio Moreno, Antología de la literatura latina (ss. III a.C.-II d.C.), Madrid, Alianza, 1996, p.51.
[4] El propio La Fotaine recurría en el prefacio de su obra fabulística a unos versos del "Ars Poetica" de Horacio que hemos tendremos ocasión de leer con motivo del cuento "Parturient Montes", de Juan José Arreola (V.1): "et quae / desperat tractata nitescere posse relinquit".
[5] "Mas si me agradase intercalar algo, / para que la variedad de los dichos deleite los sentidos, / desearía que lo recibas de buen grado, lector. / De tal forma, la brevedad compensará ese favor. / Y para que la recomendación de esto no sea superflua, / presta atención a porqué debes negar a los ávidos / y otorgar a los moderados lo que no han pedido".
[6] Fue publicada en el Diario de Valencia el 23 de octubre de 1799 (Menéndez Pelayo, Bibliografía..., tomo III, p.350).
[7] Es prácticamente el verso tercero de la fábula de Fedro: Vacca et capella et patiens ouis (...).
[8] Monterroso señala el absurdo de la fábula de Fedro, donde se nos escapa ciertamente el sentido último que puede tener el hecho de que unos animales herbívoros tengan interés en la caza de un ciervo. Nótense también los ecos literarios del texto.
[9] Recuérdese el verso 5 de Fedro: ceruum uasti corporis.
[10] Es decir, las enumeradas en los versos 7 a 10 de la fábula de Fedro.
[11] "El protagonista de la fábula es el universal, como lo prueba el que ya lleve artículo determinado en su agnición o primera aparición; sólo el universal, por cuanto comporta el acto intencional que refleja la mención sobre la lengua misma, constituye, en efecto, en «personaje» un ser ya conocido por todo oyente: «el cordero bajó a beber al río; el lobo,, que estaba bebiendo aguas arriba de él, le dijo...». El protagonista del cuento es, en cambio, un particular individual indefinido, como lo prueba el que su mención de agnición se componga de un nombre común precedido de artículo indeterminado: «Había una vez un molinero que tenía una mujer joven y hermosa...» (...)" (Rafael Sánchez Ferlosio, "Un esquema", en EL PAÍS, 24 de agosto de 1996).
[12] Publicado por la Universidad Autónoma de México.
[13] Tomado del sabrosísimo artículo de Augusto Monterroso titulado "Mi relación más que ambigua con el latín", publicado en Diario 16 el 26 de mayo de 1990.

jueves, 7 de febrero de 2013

Elogio de los prólogos

En otro tiempo, el del comediógrafo latino Terencio, el prólogo era un actor que daba comienzo a la obra teatral. Luego le sustituyó el telón y el prólogo pasó a ser un texto. Los prólogos, curiosamente, despiertan filias y fobias. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Cierta condesa española declaraba en 1993 que no terminaba jamás su tesis doctoral, dedicada precisamente a los prólogos españoles del siglo XVII, por culpa de la belleza de los libros que manejaba. Por el contrario, Camilo José Cela puso ciertas reservas a la hora de nombrar académico al Duque de Alba, aduciendo que la persona en cuestión tan sólo había escrito prólogos. Amamos o despreciamos a los prólogos, probablemente por causas poco claras. En el primer caso, porque se trata de textos dialogantes que a menudo nos muestran circunstancias del libro, pormenores que quizás sean los que luego mejor recordaremos. En el segundo caso, hay quien desprecia los prólogos porque le parecen textos accesorios y prescindibles. Sin embargo, rompo aquí una lanza a favor de ellos, pues estos pequeños documentos que abren las obras dicen a menudo más de lo que nos imaginamos. El prólogo, más allá de las convenciones que le imponga su época, revela a menudo claves para la lectura. Hoy me he ido a la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense para copiar el prólogo de la famosa traducción del historiador latino Salustio que Ibarra publicó en 1772. Es un prólogo muy representativo de su momento y, además, pretende esconder la autoría de quien supuestamente lo escribe en un también supuesto acto de humildad. La traducción de este Salustio se atribuye al impar Infante don Gabriel de Borbón, del que ya he tenido ocasión de hablar en otro blog. Sin nombrarse a sí mismo, el infante escribe en primera persona y luego se refiere, también de manera implícita, a su preceptor Pérez Bayer, que escribió para él un tratado sobre las letras fenicias. Todo el libro responde a una operación de propaganda, al crear un personaje, un infante de España, capaz de dar a las prensas semejante traducción. Un príncipe que encarna lo mejor de la Ilustración carolina. Averiguar dónde comienza el personaje y dónde la persona real sería cuestión compleja. Creo, más bien, que a la creación del personaje han contribuido varias personas, incluido el editor. Sin más reflexiones, os dejo con este magnífico prólogo que transcribo aquí en su grafía del siglo XVIII:

"Mi intento en esta traduccion es, que puedan los Españoles sin el socorro de la Lengua Latina, leer y entender sin tropiezo las obras de Cayo Salustio Crispo. Su hermosura, sus gracias y perfeccion han dado en todos los tiempos que admirar a los Sabios, los quales a una voz le han declarado por el principe de los Historiadores Romanos. Ninguno de ellos es tan grave y sublime en las sentencias: tan noble, tan numeroso, tan breve, y al mismo tiempo tan claro en la expresión. En él tienen las palabras todo el vigor y la fuerza que se les puede dar; y en su boca parece que significan mas que en la de otros Escritores: tan justa es la colocacion, y tan proprio el uso que hace de ellas. Aun por esto son casi inimitables sus primores; y no es menos dificil conservarlos en una traduccion. Pero si en algun Idioma puede hacerse, es en el Español. A la verdad nuestra lengua, por su gravedad y nervio, es capaz de explicar con decoro y energia los mas grandes pensamientos. Es rica, harmoniosa y dulce: se acomoda sin violencia al giro de frases y palabras de la Latina: admite su brevedad y concisión; y se acerca mas a ella que otra alguna de las vulgares. Bien conocieron esto los Sabios estrageros que juzgaron desapasionadamente; y aun huvo entre ellos quien la vindicó de cierta hinchazon y fasto, que algunos le han querido injustamente atribuir. Por otra parte los genios Españoles aman de suyo lo sublime, y no se contentan con la mediania; y asi nuestros Escritores de mayor credito se propusieron imitar a Salustio, con preferencia a Cesar, Nepote, Livio, y demas Historiadores Latinos; como se echa de ver en D. Diego de Mendoza, Juan de Mariana, D. Carlos Coloma, D. Antonio Solís, y otros. Pedro Chacon y Geronimo Zurita le ilustraron con eruditas notas. Y cuando todavia los Griegos no havian renovado en el Occidente el buen gusto de la Literatura, ya entre nosotros Vasco de Guzman, a ruego del celebre Fernan Perez de Guzman Señor de Batres, habia hecho la traduccion Española de este Autor, que cito algunas veces en mis Notas, y se halla manuscrita en la Real Biblioteca del Escurial: obra verdaderamente grande para aquellos tiempos, y de que no tuvo noticia D. Nicolas Antonio. De ella desciende la que en el año 1529 publicò el Maestro Francisco Vidal y Noya: el qual, especialmente en el Yugurta, apenas hizo otra cosa, que copiar a este Autor, aunque no le nombra. Otra hizo Manuel Sueiro, que se imprimio en Amberes en el año 1615. Y es bien de notar la estimacion con que se recibieron en España esta traducciones: pues la del Maestro Vidal y Noya, o bien se llame de Vasco de Guzman, se imprimio tres veces en poco mas de treinta años. La desgracia es, que ninguna de ellas se hiciese en el tiempo en que florecio mas nuestra Literatura, y en que por la misma razon se cultivò tambien la Lengua con mayor cuidado. Realmente todas desmerecen cotejadas con el original, y distan mucho de aquel decir nervioso preciso que caracteriza al Autor. Esto me ha movido a emprender de nuevo el mismo trabajo; y a experimentar si podría hacerse una traduccion mas digna de la Lengua Española, y que se acercáse mas a la grandeza del Escritor Romano. Para ello, en quanto al estilo y frase, me he propuesto seguir las huellas de nuestros Escritores del Siglo XVI, reconocidos generalmente por maestros de la Lengua; y evitar con la atencion posible las expresiones y vocablos de otros Idiomas, que muchos usan sin necesidad; no debiendo esto hacerse, sino quando en Español no se halla su equivalente, o no puede explicarse con propiedad y energia lo que se intenta declarar. Tal vez porque huyo este escollo, havrá quien diga que doi en el opuesto; y que en mi traduccion uso afecadamente alguna voz Española ya antiquada. Si se creyese afectacion, la misma notaron muchos en Salustio respecto de las voces Latinas. Y ojala que con esto abriera yo camino a nuestros Escritores, amantes de la riqueza y propiedad de su Lengua, para que hiciesen lo mismo, y poco a poco le restituyesen aquella su nobleza y magestad que tuvo en sus mejores tiempos. No puede verse sin dolor, que se dexen cada dia de usar en España muchas palabras proprias, energicas, sonoras, y de una gravedad inimitable; y que se admitan en su lugar otras, que ni por su origen, ni por la analogia, ni por la fuerza, ni por el sonido, ni por el numero son recomendables; ni tienen mas gracia que la novedad.
Para mayor exactitud en la traduccion, he procurado seguir no solo la letra, sino también el orden de las palabras, y la economia y distribución de los periodos: dividiendolos como Salustio los divide, en quanto lo permite el sentido de la oracion, y el genio del Idioma. De suerte que en muchos de ellos, si se cotejan, se hallarà la misma estructura, y los mismos apoyos y descansos con que se sostiene y suaviza la pronunciacion.
Reconociendo quan dificil es hallar un texto puro de Salustio, he escogido una Edicion acreditada, qual es la de los Elzevirios de Leyden del año 1634; y la he seguido sino en uno y otro lugar, en que manifiestamente està viciada. El Indice de todos puede verse al fin, y en las Notas los motivos por que me aparto de ella, fundado en la autoridad dos Codices de la Real Biblioteca del Escurial, de otro de mi Estudio, y de varias Ediciones antiguas, especialmente de una del año 1475, sin nombre de Impresor, ni de Lugar.
Al fin he añadido algunas Notas, que me han parecido oportunas. En ellas no he querido acumular erudicion, sino dar luz para la mejor inteligencia de varios lugares. Donde he visto que hai dificultad en el texto, he procurado aclararla; y si me ha sido posible, con el mismo Salustio, que seguramente es su mejor interprete: quando no, con sus coetaneos Cesar, Ciceron, Nepote; o con los que mas se acercaron a su tiempo, Livio, Valerio Maximo, Paterculo, Asconio, Plinio el mayor, Tacito, Floro, Suetonio, y otros. En su defecto me ha sido preciso recurrir a los siglos posteriores.
En la Nota 103. sobre el Jugurta, en que se habla de la Lengua de los Leptitanos, viendo que lo que podria decirse para ilustracion de este Lugar de Salustio pedia mayor campo; y que contribuiria mucho a ella, la explicacion de algunas monedas de los Fenices, y de sus antiguas Colonias en España: dispuse por sugeto de mi satisfaccion, y versado en esta Literatura, se tratáse con alguna extension el punto. Y haviendo examinado su escrito, he creido que convendria imprimirlo a continuacion de mis Notas."

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

martes, 5 de febrero de 2013

Borges, el latín y la cultura occidental moderna

Sabido es que Borges concedió muchas entrevistas durante la etapa final de su vida, como aquellas ya míticas de Joaquín Soler Serrano en 1976 y 1980. Como era de esperar, en ellas se repetían juicios críticos, recuerdos y afinidades. No obstante, de vez en cuando aparecía algún llamativo aserto típicamente borgiano que alteraba esa rutina de las ideas repetidas (en la fotografía, la placa que conmemora en Ginebra la muerte de Borges. Fotografía de F. García Jurado) POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE.

Precisamente, en una entrevista concedida sólo un año antes de su fallecimiento a José-Miguel Ullán, Borges volvía a hablar sobre su conocida aversión a los comunistas, precisamente en relación con las importancia de las lenguas clásicas:

“-¿Le sigue preocupando el comunismo?
-Está en la Universidad. Los comunistas han encontrado una trampa. Dicen que el estudiante puede optar por el griego, el latín, el inglés, el italiano, el ruso, el alemán... Eso quiere decir, ni más ni menos, que el estudiante puede prescindir del latín y del griego. Se trata, en consecuencia, de una opción falsa. Esa opción está hecha para matar las humanidades. Optar por quiere decir realmente prescindir de. Si el estudiante puede recibirse de doctor en Letras sin conocer las lenguas básicas, eso tiene un nombre: incitación a la pereza” (José-Miguel Ullán, “El olor de los tigres (entrevista con Jorge Luis Borges”, Culturas. Suplemento semanal de Diario 16, nº 10, 16 de junio de 1985)

Tales asertos, en apariencia improvisados e ingeniosos, que ponen en relación a los comunistas con la optatividad de las lenguas clásicas no se deben exclusivamente a Borges, sino que pueden situarse dentro de una larga y compleja tradición cultural europea. A este respecto, resulta significativa, y va mucho más allá de lo casual, la defensa, a menudo apasionada, que algunos de los grandes autores del siglo XX hacen de las humanidades clásicas como parte fundamental de la propia cultura europea. Ésta, definida en clave de cultura burguesa, o aquella que entiende aún lícitamente las categorías de su cultura como universales, tiene su comienzo propiamente dicho después de la Revolución Francesa y continúa vigente como representación cultural por antonomasia hasta bien pasada la Segunda Guerra Mundial, momento en el que se van a ir constituyendo nuevas formas alternativas de interpretación del mundo que vienen definidas por las etiquetas genéricas de poscolonialismo y estudios culturales, entre otros .
Por lo demás, el concepto de cultura europea u occidental, ligado estrechamente al de cultura burguesa, ha desarrollado una manera de entender la propia realidad europea y mundial desde una cultura post-ilustrada que se caracteriza, entre otras posibles cosas, por el historicismo o el distanciamiento intelectual de aquello que se lee o interpreta . Era esta manera de interpretar lo propio la que se consideraba como válida o legítima también para interpretar el resto de realidades. Asimismo, esta cultura burguesa ha configurado un canon literario y una manera propia de entender la literatura, cuya manifestación más representativa es la novela burguesa. Tan ligadas están la cultura y la novela burguesas que, en realidad, la definición de la primera puede aplicarse a la segunda. En un interesante trabajo acerca de los trasiegos del héroe antiguo y el héroe moderno, Rubén Florio (1998,) recoge una certera observación de Carlos Fuentes sobre Thomas Mann, en la que consideraba a éste como el autor culminante de esta novela burguesa europea, por el hecho de entender aún “lícitamente” las categorías de su cultura como universales. Esta observación puede completarse con otra de Hans Mayer al respecto, que considera a Mann un “punto crítico” y ve, a su vez, las afinidades de éste con Goethe en cuanto a la conciencia que ambos tienen de su lugar en la Historia .
Goethe y Mann pueden representar, respectivamente, los comienzos de la literatura burguesa propiamente dicha y el final de su periodo dorado. Asimismo, ambos autores son exponentes de la íntima relación que esa cultura burguesa moderna tiene con la cultura clásica grecolatina. Sin embargo, no es Thomas Mann el único autor europeo del siglo XX que ilustra este peso específico que la cultura clásica ha tenido en el desarrollo de la cultura burguesa. Junto a Mann puede ponerse a otros destacados autores, como es el caso de T.S. Eliot. Para ambos, hay un poeta latino que encarna las virtudes y la tragedia de los clásicos en el mundo moderno: Virgilio. Para ambos la cultura clásica está íntimamente ligada con la cultura burguesa, frente a los peligros del “alba proletaria” (Mann) o el “radicalismo” (Eliot). Es aquí, pues, donde debemos incardinar las ideas borgianas acerca de la educación clásica y los comunistas. El asunto es, a todas luces, extremadamente complejo y no invita, precisamente, a la parcialidad, dado que cae en los terrenos de la actual incorrección política. FRANCISCO GARCÍA JURADO

martes, 29 de enero de 2013

Cuando leí a T.S. Eliot en una pradera londinense: viaje sentimental

Ahora que preparo una charla sobre "La metamorfosis de la tradición clásica", destinada a un curso que se celebrará en la Universidad de Zaragoza, acuden a mi memoria muchos recuerdos de lecturas que, sobre todo, he vivido intensamente. Una de ellas es la del ensayo de T.S. Eliot titulado "La tradición y el talento individual", que tuve el placer de leer en una pradera londinense. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Era el verano de 2003, y recuerdo que era un verano muy seco incluso para Inglaterra. En el mes de junio había estado en Bolonia, en un congreso, donde el calor era todavía más agobiante, así como en Atenas, ya en el mes de julio, donde el sofoco nos obligaba a pasear por la noche, disfrutando de las cervezas frías que vendían en los quioscos callejeros. Ya en agosto, Londres era, inusitadamente, un lugar bastante cálido donde algunas praderas comenzaban a tornarse amarillas. Era uno de los primeros viajes que hacíamos María José y yo, en circunstancias que ya iban marcando los senderos de una nueva vida. Recuerdo cómo cerca de Hyde Park ella encontró (o "supo hallar", tal como he escrito en una dedicatoria), la exquisita segunda edición de los ensayos de T.S. Eliot, publicados por su misma editorial, la Faber & Faber, cuya vieja sede en Russell Square todavía recuerda un placa (la que aparece sobre mí, en la fotografía). Aquel libro, que sólo costó 5 libras, me abrió los ojos a nuevas formas de entender los estudios sobre tradición literaria, pues en él se expone una curiosa teoría que invierte la perspectiva desde el presente hasta el pasado. María José marchó a visitar Westminster y yo me quedé plácidamente tumbado en una pradera, pensando, como el mismo Eliot, que los tiempos pasado y presente están tal vez en el futuro. Mi lectura del primer ensayo, el relativo a la tradición y el talento individual, me llevó en exquisito inglés al párrafo que ahora traduzco:

"Ningún poeta ni artista adquiere su sentido completo aisladamente. Su significado y su reconocimiento no es otro que el reconocimiento de su relación con los poetas y artistas muertos. No se le puede juzgar en solitario, hay que situarlo, merced al contraste y la comparación, entre los muertos. Formulo este aserto como un principio de crítica estética y no meramente histórica. La dependencia que conformará, a la que se adscribirá, no tiene un único sentido; lo que ocurre cuando se crea una nueva obra de arte es algo que afecta de manera simultánea a todas las obras de arte que la preceden. Los monumentos existentes configuran un orden ideal entre ellos que resulta alterado por la inserción en ese conjunto de una obra nueva (nos referimos a la que sea realmente novedosa). El orden existente es completo antes de que la nueva obra llegue; pero para que persista el equilibrio tras la llegada de la novedad, todo ese orden existente debe alterarse siquiera un poco; de esta forma se reajustan las relaciones, proporciones y valores de cada obra de arte con respecto al conjunto; y esta no es otra que la conformidad entre lo viejo y lo nuevo. Cualquiera que ratifique esta idea del orden, de la configuración de la literatura europea, de la inglesa, no encontrará ilógico que el pasado tenga que ser alterado por el presente tanto como el presente viene influido, asimismo, por el pasado. Y el poeta que esté al tanto de esto será consciente de sus grandes dificultades y responsabilidades."

Estas ideas, confrontadas luego con Borges y su teoría de los precursores de Kafka, dieron lugar a mi ensayo "Borges, autor de la Eneida", donde Borges habría alterado para siempre nuestra propia visión de Virgilio. El futuro estaba ya implícito en aquel pasado, y mi presente ahora los contempla con nostalgia. FRANCISCO GARCÍA JURADO