martes, 7 de mayo de 2013

Defensa de la literatura que nace de la filología

Nunca sabremos cuántas horas de feliz ocio pasó Marcel Schwob en los Archivos Nacionales, junto a legajos que le transportaban al París medieval, o al mundo en el que Villon modeló su novedosa forma de escribir poesía. Quiero que mi último recuerdo parisino de Schwob sea aquí, en el recogimiento ensoñador del estudio. (París. Archivos Nacionales. Fotografía de Francisco García Jurado. FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE

“No: no es la especialidad
lo que de su filología me interesa
sino la vida que hay entre los márgenes
de un libro hecho de tiempo
cuya lengua podemos, sin hablarla, leer”
(Jaime Siles, “De vita philologica”)

Cuando Schwob emprende el viaje a Samoa su vida ya está cerca del fin, y la empresa parece motivada por la desesperada necesidad de plasmar con imágenes reales lo ya soñado. Marcel quiere conocer el paraíso contado por aquel que alimentó su imaginación, y emprende una dura y estéril travesía, tan parecida a la cruzada de los niños a Tierra Santa. A menudo, muy a menudo, la realidad no está a la altura de los sueños y entonces la literatura o nuestros mismos sueños aparecen para corregirla, incluso para anularla. En ese momento, hasta es posible que nazca una literatura ajena a lo que entendemos como vida real y entremos en la sustancia sutil de dos dimensiones que a menudo se entrelazan: la erudición y la imaginación. Schwob y Moreau recrearon esa sutil mezcla de erudición y fantasía en sus respectivas obras, y los autores de la Antigüedad tuvieron mucho que ver en ello. Ambos recrean las personas de los viejos poetas hasta dar con nuevas imágenes no ajenas a sus legendarias leyendas: una Safo ensimismada y soñadora que casi no muere, un Tirteo dúplice, viejo y joven a un tiempo, pero siempre cantor ideal de batallas, o un Hesíodo amante de las musas que, recostado, se confunde con el mito de Endimión, el soñador eterno. No menos sugerente es Lucrecio enloquecido por un filtro de amor, o Petronio convertido en protagonista de sus propias ficciones al tiempo que escapa a la muerte. Las propias lecturas de ambos artistas son, asimismo, ricas e intensas: Plutarco y Ovidio enriquecen los imaginarios de Moreau, mientras que en Schwob tales lecturas han de recibir su justo término: la biblioteca. La Antigüedad se reinventa en ambos gracias a imágenes poderosas, como la de Ulises, bien ante las sirenas, o entre los insaciables pretendientes, y esto es sólo comparable con la inquietante belleza de los nuevos mimos que Schwob escribe al dictado misterioso del poeta Herodas. Asimismo, es más que una paradoja el hecho de que ambos estén creando nuevas formas de expresión al tiempo que miran al pasado para volverlo a inventar. Que Aristóteles y Platón se den la mano con Kant y Saussure en los ensayos de Schwob supone una revelación absoluta para cualquier lector despierto. En definitiva, se están reencontrando constantemente los géneros, antiguos y modernos, como la épica de Homero con la fabulación portentosa de la pintura simbolista, o los datos eruditos de Aulo Gelio con el relato fantástico concebido a la manera gótica de Poe. Estamos, como dije al principio de este libro, ante el nuevo reto de contar, narrar una vez más, la historia del arte y la literatura desde estos caminos imprevistos.
Escribir un libro sobre Schwob fue algo que me obligó, en definitiva, a vivir otras vidas, a pasar muchas horas junto a libros y buscarlos, a viajar con la fortuna de quien ve más allá y traza rutas emotivas, en pos de la vida de otros que ya son también mi propia vida. Por ello, cada vez entiendo menos a quienes pretenden trazar una frontera insalvable entre la literatura que nace de la vida real y aquella que tiene su referente en los libros. La relación entre la literatura y la vida es, afortunadamente, más compleja que una mera dualidad, que un simple esquema. Es más, Schwob no sólo era un autor que basaba su creación en otras lecturas, era, además, un amante de la filología, cuyo cultivo, al margen de la gris burocracia académica, supone, ante todo, el placer de lo exquisito, del instante irrepetible. Que el poeta Herodas reciba el nombre de “Herondas”, o que aquellos que están locos por la libertad se llamen “Eleuterómanos” es, ciertamente, fruto de un placer íntimo, a menudo intransmitible a los demás, una rara forma de felicidad o de melancolía, según se mire. González Iglesias plasmó muy bien esa sensación al decir en su poema “Difícilmente” que “Entre los datos de la erudición / brota cierta tristeza / difícilmente compartible...”[1]. Esta sensación, a menudo tenue, se compensa también con tenues alegrías (“solaces”, diría Menéndez Pelayo), como la de buscar con esfuerzo un libro de Schwob por las librerías inacabables de la rue des Écoles y, luego de salir a la calle, encontrarse la broncínea sonrisa de Michel de Montaigne. Espero que algo de esa emoción difícilmente compartible haya llegado a ti, querido lector, a través de mis palabras. FRANCISCO GARCÍA JURADO

[1] Juan Antonio González-Iglesias, Eros es más, Madrid, Visor, 2007, pág. 45.

lunes, 6 de mayo de 2013

Borges y San Agustín, o la inutilidad de la etimología

¿Puede haber cosas completamente inútiles y, a la vez, maravillosas? Hace ya tiempo, dentro de un estudio encaminado a analizar las complejas relaciones entre etimología y literatura desde la Antigüedad al presente, observamos cómo en Agustín y Borges, aun mediando entre ellos varios siglos, se daba una singular coincidencia en el escéptico juicio que tenían acerca de la etimología. De esta forma, salvando las distancias científicas e históricas, ambos coinciden en calificar a la etimología de disciplina curiosa o interesante, aunque poco necesaria o útil. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE
El juicio, como es fácil comprobar, se compone de dos asertos en cierto sentido contradictorios, pues hay una valoración positiva, por un lado, que reconoce la curiosidad o el interés de la etimología, pero, por otro lado, se declara explícitamente su inutilidad a la hora de ayudarnos a entender el concepto que expresa la palabra en cuestión. La coincidencia resulta significativa, y más aún porque no creemos que Borges haya leído el texto concreto de Agustín donde aparece expresado este juicio. Es cierto que Borges cita a menudo a Agustín, pero es siempre a propósito de la refutación de la idea estoica del tiempo cíclico en La Ciudad de Dios: "(...) la idea del tiempo cíclico, que fue refutada por San Agustín en La ciudad de Dios. San Agustín dice con una hermosa metáfora que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos." ("El libro", Borges oral [1979] en OC 4: 165-166). Volviendo al juicio sobre la etimología, el texto de Agustín, que es también una crítica al pensamiento estoico, se encuentra en su obra de juventud titulada De dialectica, escrita en el año 387:

"Nos preguntamos acerca del origen de una palabra cuando nos planteamos de dónde proviene que se diga de tal manera: asunto bastante curioso, en mi opinión, pero menos necesario. No me gustó decir esto que a Cicerón parece merecerle la misma opinión; aunque, ¿quién necesita de una autoridad en un asunto tan evidente? Pero si fuera de mucha utilidad explicar el origen de una palabra, no sería apropiado adentrarse en lo que ciertamente es imposible de alcanzar. ¿Quién hay que pueda justificar por qué se tiene que decir de tal manera lo que nombramos? Ocurre que, al igual que en la interpretación de los sueños, así se declara el origen de una palabra de acuerdo con el ingenio de cada cual."

A continuación, se desarrollan cuatro posibles etimologías para la palabra verbum y se termina concluyendo que con tal de saber lo que significa una palabra no nos importa tanto conocer su origen. En lo que respecta a Borges, si bien las referencias al significado y la etimología de las palabras aparecen en muchos pasajes de su obra, vamos a destacar de momento la prosa que cierra el volumen misceláneo titulado Otras inquisiciones, publicado en 1952, y que lleva el título "Sobre los clásicos":

"Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las imprevisibles transformacio­nes del sentido primitivo de las palabras, a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones del sentido primitivo de las palabras, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra." ("Sobre los clásicos", en Otras inquisiciones [1952], OC 2: 150)

El texto continúa con una serie de ejemplos:

"Saber que cálculo, en latín, quiere decir piedrita y que los pitagóricos las usaron antes de la invención de los números, no nos permite dominar los arcanos del álgebra; saber que hipócrita era actor, y persona, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por clásico, es inútil que este adjetivo descienda del latín classis, flota, que luego tomaría el sentido de orden." (OC 2: 150)

Aun a riesgo de simplificar la cuestión, tanto en Agustín como en Borges puede encontrarse la articulación de un pensamiento etimológico que puede justificar por qué la etimología no es una disciplina necesaria, si bien es interesante:

a. En primer lugar, porque hay una llamativa distancia entre el origen y el significado actual de las palabras. Es lo que lo que ocurre, por ejemplo, con piscina, cuyo significado real poco tiene que ver con la palabra "pez", como comenta el propio San Agustín:

"Cuando se habla de «piscina» en lo referente a los baños, donde no hay rastro de peces, ni tiene nada que nos recuerde a los peces, parece, no obstante, que toma su origen de los peces a causa del agua, que es donde éstos viven. Así pues, la palabra no se transfiere a causa del parecido, sino que se toma debido a cierta contigüidad (...). Esto, sin embargo, demuestra perfectamente -lo que podemos dilucidar ya con tan sólo un ejemplo- la distancia que hay entre el origen y la palabra, la que se toma por contigüidad de aquella que se pone por similitud. "

Esta última razón es bastante coincidente con la que esgrime, por su parte, Borges, ya dentro de un contexto moderno de etimología histórica, cuando nos habla de la paradójica transformación del sentido primitivo de las palabras, que es lo que ocurre cuando explicamos el término "clásico" a partir de la palabra latina classis "flota", cerrando una pequeña lista de etimologías paradójicas ("cálculo" significaba "piedrita", "hipócrita" era "actor" y "persona" originariamente era "máscara"). Como veremos más adelante (2.), la conciencia de que el significado actual de una palabra sea tan diferente del significado originario lleva a cada uno de nuestros autores a soñar con una forma de lengua perfecta: lo dicibile en Agustín, o una lengua de imágenes de carácter extraverbal, y las lenguas cabalísticas o filosóficas en Borges.

b. En segundo lugar, a pesar de sus paradojas, la etimología es una forma de ver el lenguaje gracias a la interpretación que hacemos de unas palabras a través de otras. Para Borges, esta visión supondrá una "pura contemplación de un lenguaje del alba", al margen de las paradojas que suscite. Sin embargo, Agustín pondrá el énfasis en la variedad de interpretaciones posibles que puede tener una etimología, circunstancia que acerca la actividad etimológica a la hermenéutica de los sueños, como tendremos ocasión de comprobar con la irónica ilustración de las posibles etimologías de la palabra verbum (3). Asimismo, veremos cómo esta combinación de etimología e interpretación de los sueños nos depara todo un inesperable hallazgo en la ficción borgesiana.

En definitiva, bajo esta compleja interpretación subyace el hecho de que la materia que estudia la etimología, el lenguaje verbal humano, es engañosa, lo que se adscribe claramente a una determinada corriente escéptica de pensamiento lingüístico que tiene su origen en el Crátilo de Platón y llega hasta alguno de los más penetrantes filósofos del lenguaje del siglo XX, como el vienés Ludwig Wittgenstein. El lenguaje, en definitiva, es engañoso como vehículo de conocimiento, pero es fascinante por la posibilidad de juego que nos ofrece, en especial la etimología.
FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 29 de abril de 2013

Horacio, Cavafis, o el espejo

¡Un poeta romano y un poeta neogriego! Aunque quizá el menos romano de los poetas y otro poeta que, en definitiva, ya no es griego, más bien, alejandrino. Qué desafío a las fronteras imaginarias que hemos levantado desde el romanticismo entre Roma y Grecia. Cavafis, de hecho, alimenta el mito cuando pone en boca de un espectador el desprecio por el teatro de Terencio, débil sombra de la comedia griega de Menandro. Sin embargo, en este poema asistimos a la incondicional admiración que el poeta neogriego siente por el romano Horacio, acaso, repetimos, por ser tan poco romano. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. HLGE


Desde que con veintidós años, más o menos, compré en la librería Quevedo de Alcobendas un libro de poemas sobre Cavafis, ni mi visión de la poesía ni mi propio goce de su lectura ha vuelto a ser la misma. Fue en una edición bilingüe donde intuí el calor reconfortante de sus ideas e intuiciones, donde me sorprendió especialmente el asunto de la “sensación amada”, que tanto me ha acompañado a lo largo del tiempo. Me asombró también el recurso a personajes de la historia antigua, en especial poetas y estudiosos, usados como símbolos de aquellas mismas ideas y sensaciones. Toda su poesía es una mirada al menos a tres tiempos, el del poeta, el de la Antigüedad, y el tiempo silencioso del lector, que asocia a su particular experiencia unas lecturas a las que siempre le es posible volver, pero jamás en las mismas condiciones vitales en que emprendió tal lectura. Cavafis es mi recuerdo de los “felices” años ochenta, o algunas veladas infinitas con mi profesora de griego, Beatriz Cabello, junto a otros compañeros de estudio y amistad. Tampoco llego a saber porqué no emprendí aquel trabajo sobre la idea de sensación en Cavafis. Mi maestro de literatura griega, el también llorado José García Blanco, me invitó a leer textos sobre epicureísmo para ir haciéndome una idea. Yo quería trazar un puente desde la “ésthisis” cavafiana hasta la “sensation” de Proust, quizá pasando por Pessoa. Pero el tiempo me llevó hasta los romanos. Por ello, desde esta nostalgia por lo griego que también es mi nostalgia, leo siempre con emoción este poema cavafiano acerca de Horacio, que puede encontrarse dentro del grupo de sus “poemas proscritos”):

“HORACIO EN ATENAS (1899)

En la mansión de la hetera Lea,
donde se juntan la elegancia, la riqueza y el mullido lecho,
conversa un joven con jazmines en las manos.
Ornan sus dedos muchas piedras,

lleva un manto de seda blanca
con rojos bordados orientales.
Su lengua es ática y pura,
mas un ligero acento en su fonética

delata al Tíber y al Lacio,
el joven confiesa su amor
y en silencio lo escucha la ateniense

a su locuaz amante Horacio.
Y con asombro descubre nuevos universos de Belleza
en la Pasión de este gran Romano.” (trad. de Pedro Bádenas)

Un romano que habla en griego, que no parece romano, salvo por un ligero acento en su forma de hablar. El poema, por si no os habéis dado cuenta, es un cuadro de Alma Tadema, como el que ilustra este texto, y Horacio, en realidad, es el espejo donde se mira la hetera Lea y también nos miramos nosotros. FRANCISCO GARCÍA JURADO

viernes, 26 de abril de 2013

Etimología y literatura: la fiesta verbal

Cuando me invitaron a participar en el número XVI de la revista Periplo, dedicado a los "Dados de la creación" (http://www.revistaperiplo.com/index.html), quise representar un íntimo recuerdo de lector. Hace muchos años, un periódico llamado "Diario 16" tenía un excelente suplemento titulado "Culturas". En él aprendí con deleite cómo, por ejemplo, Augusto Monterroso había tenido una relacion cuando menos curiosa con el latín, o cómo Borges y Derrida habían escrito sobre el mito de Theuth. Aquella felicidad intelectual, ligada básicamente a la casa de mis abuelos, fue la que intenté evocar en el artículo que compuse, y que ha quedado bellamente ilustrado por Giulia Zaffaroni mediante motivos caligráficos que recuerdan las bellas escrituras persas. El artículo celebra la fiesta verbal de la literatura, desde sus orígenes hasta los epígonos, como James Joyce. Por eso el blog se ilustra con la estatua de Joyce en Dublín. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO
Guillermo Cabrera Infante puso a una de sus más célebres novelas el título de Tres tristes tigres. Lo había tomado de un conocido trabalenguas, y esta misma circunstancia define muy bien el propio carácter de la obra. Detengámonos un momento a pensar acerca de lo que esta frase nos sugiere: precisamente tres terribles tigres, no dos, ni cinco, ni tan siquiera tres leones o leopardos, sino tigres que, además, no pueden menos que estar tristes. La magia verbal que liga estas tres palabras, entre otras la propia palabra “tres”, en atención a su parecido fonético es, precisamente, la que da lugar a la peculiar imagen del trío de felinos melancólicos. El lenguaje como tal ha creado, pues, una visión concreta desde el caprichoso criterio de las similitudes fonéticas. Esta es la clave de la literatura de creación verbal, que permite, por ejemplo, que un capítulo del Ulises de Joyce gire en torno a las palabras “word” (precisamente la palabra inglesa que designa a la palabra) y “world”, pues acaso una simple letra “l” es tan sólo lo que diferencia una mera palabra del complejo mundo al que puede designar. Ponemos y quitamos letras, un tanto a nuestro antojo. ¿Esto es mero capricho o pura creación? Es difícil que podamos determinar nítidamente la diferencia. Sin tener mucha confianza en el lenguaje como un verdadero instrumento de sabiduría, Platón ya hablaba en su diálogo Crátilo o Cratilo de esa inquietante coquetería verbal que supone elegir las letras para crear unas palabras u otras. Quien da lugar a las palabras es considerado como una suerte de legislador, según Platón, y su oficio se parece al del pintor cuando representa diferentes realidades en sus propias creaciones artísticas. Las letras son como los pigmentos, y con ellas representamos la realidad de la mejor manera que podemos. Lo dicho hasta aquí debe hacernos pensar que la etimología, al menos aquella que es previa a la moderna ciencia del lenguaje, tiene un poderoso componente creador que no es ajeno al de la propia actividad literaria, más bien podemos considerarlo como el germen de la propia literatura como entidad creadora. La misma palabra “poesía” no significa otra cosa que “creación” en la lengua griega, y Borges llamará a Homero “el hacedor”, pues “hacer” no es otra cosa que “crear”. Así pues, el “hacedor” no es otro que el “poeta”, y el poeta no es otra cosa que un irrepetible creador de imágenes y, ¿por qué no también?, de las palabras. Esta dimensión creadora del propio lenguaje tiene la rara virtud de servir de puente entre el presente y el pasado, es decir, entre los antiguos autores grecolatinos y nuestros escritores contemporáneos, y sirve, además, para que establezcamos un enlace oculto entre las palabras y las cosas designadas por estas. Cuando Virgilio, el otro gran “hacedor” junto al poeta por antonomasia, Homero, relata en su Eneida la llegada de Eneas a la tierra prometida del Lacio, que en latín llamamos Latium, pone este hermoso topónimo en relación con el verbo latino que significa “esconderse” o “estar latente”, latet. Una vez más, nos encontramos ante los parecidos fonéticos que invitan a pensar en una relación que transciende la mera semejanza: Latium y latet. Fue nada menos que Saturno quien estuvo oculto o latente en el Latium, pero aquel lugar no se llamó así hasta que el propio Saturno “prefirió” este nombre sobre cualquier otro, agradecido por la seguridad que le había brindado. Curiosamente, la forma verbal “prefirió” en latín se dice MALUIT, y este verbo conforma un perfecto anagrama con la palabra LATIUM. ¡Cuántos juegos de palabras en tan sólo dos versos de la Eneida! Pero cabe establecer, no obstante, dos tipos de juegos para relacionar las palabras, bien por su supuesta etimología (es el caso de Latium y de latet), bien por la recolocación de las letras, o los anagramas (el caso de LATIUM y de MALUIT). En el primer caso, estamos ante una forma primitiva de morfología, pues la base de la palabra puede modificarse con terminaciones distintas, mientras que en el segundo caso son todas las letras, sin exclusión, las que danzan alegremente para recombinarse.

La modernidad, por su parte, vuelve a darnos cuenta de estos curiosos juegos de palabras. Cuando Edgar Allan Poe escribe su poema titulado “El cuervo”, nos habla del “pálido busto de Palas” (“the pallid bust of Pallas”), que el lingüista Roman Jakobson calificó admirablemente como etimología poética. Jakobson regresa a los presupuestos icónicos que Platón, no sin ironía, nos mostraba en su Crátilo, por boca del divino Sócratres, y observamos aquí cómo el significante se relaciona con el significado de una manera que no supone la mera arbitrariedad. Es, precisamente, cuando el lenguaje representa la realidad mediante audaces paronomasias el momento en que adquiere su verdadera dimensión mántica y poética. El mismo Ferdinand de Saussure, el padre, nada menos, que de la lingüística moderna, intentó buscar palabras ocultas y desordenadas tras los antiguos versos latinos del poeta Lucrecio. Por ello, cuando este poeta, cantor de las cosas y su razón de ser, invoca a Venus nada más comenzar sus poema, Saussure cree encontrar, escondido, el nombre griego de la diosa, AP(H)RODITE, sólo que descolocado entre otras letras: A PRO TE DI. El anagrama se ceba en los nombres propios, es normal, y ya lo hemos visto también con LATIUM y MALUIT. Contemporáneo al mismo Saussure, Antonio Machado ensayará anagramas parecidos con el nombre más amado, el de GUIOMAR (“AMOR que asombra, aGUIja, halaga y duele”), y hasta con el nombre de la constelación de VIRGO, que es de donde deriva el del mismo poeta Virgilio (“¡y este fulGOR VIoleta en el diamante!”). El anagrama también se vuelve una ingeniosa broma, como cuando convierte cómicamente el nombre del poeta T.S.Eliot en “Toilets” (no sé por qué, siempre pienso en esto cuando llego a un aeropuerto británico), y desafía el carácter lineal del signo lingüístico, pues aquí el lenguaje recupera características icónicas propias de artes como la pintura. Una vez más, estos aspectos creativos, poéticos, del lenguaje sirven de misteriosos puentes entre formas diversas de representación, como son la verbal y la plástica.

Pero los juegos verbales obedecen desde antiguo a un profundo anhelo del que debo hablar, pues, en caso contrario, dejaría incompleto este artículo. Me refiero al intento de armonizar palabras y cosas, como si el lenguaje tuviera una naturaleza mántica. Hace tiempo descubrí que en la novela Rayuela, de Julio Cortázar, aparecía un precioso y misterioso texto latino. Se trataba de un pasaje tomado de las amables Noches áticas que escribiera ocioso Aulo Gelio, donde este autor latino había tomado prestado, a su vez, una etimología formulada por un gramático. Se trataba de la falsa, pero ingeniosa etimología de la palabra persona, que en latín quiere decir “máscara”. La etimología de la palabra en cuestión nacía de un falso corte entre per- y sona, que recuerda al verbo personare (“hacer resonar”). De esta forma, la máscara se llamaría en latín persona porque haría resonar la voz del actor al ponérsela. Nada más lejos del origen de esta palabra, que proviene del etrusco y, a su vez, del griego. Nada más lejos, probablemente, de la verdad de las máscaras, que no necesitaban potenciar la voz. Sin embargo, en la cándida falsedad de la etimología de persona se esconde un viejo deseo, el de que las cosas tengan un nombre apropiado. Cortázar apela a este texto latino porque hay un momento de la novela donde los personajes, perdidos en el caos de la realidad, tienen cierta necesidad de orden y armonía. Es cuando Cortázar apela al viejo dios Teuth, inventor de las letras (el Melquíades de Cien años de soledad, en García Márquez), como garante de este orden conciliador. La persona, pues, es persona porque per-sonat. Y el propio Cortázar va a hacer algo parecido a lo que hicieron los viejos gramáticos con esta misma y resonante palabra. Él lo hará con el moderno término “máscara”, que se convierte en una suerte de palabra clave dentro de su propia obra. La “máscara” es “más” que una “cara”, una suerte de rostro que va más allá, y que esconde a veces nuestra faz verdadera. “O, make me a mask”, nos cita el propio Cortázar al comienzo de su cuento “El perseguidor”, haciendo propias las palabras de Dylan Thomas.

Vemos, de esta forma, cómo los viejos gramáticos y los modernos creadores tienen algo en común, como es el gusto por jugar con el lenguaje y transformarlo. Un lector no avezado acaso encuentre absurdos semejantes juegos verbales, pero no debemos olvidar que estamos ante lo más íntimo de la esencia creativa. Ya hemos dicho cómo Jorge Luis Borges llamó “hacedor” al “poeta” Homero, como “hacedor” fue también el viajero Ulises cuando se impuso a sí mismo el nombre de “Nadie” con el fin de engañar al monstruoso Cíclope. Cuando los otros cíclopes le preguntaron que quién le había dejado ciego, éste respondió que “Nadie lo había hecho”. Una vez más, jugamos con la doble dimensión lingüística y real, y lo maravilloso es que no podemos saber dónde comienza una y dónde termina la otra. Los tres tigres seguirán estando tristes, pues, en caso de alegrarse, o de dejar de ser tres, o incluso de transformarse en algo que no sea un tigre, se romperá la magia de las reminiscencias fonéticas y entonces dejarán de existir para siempre. FRANCISCO GARCÍA JURADO

jueves, 25 de abril de 2013

Un "tícket inventariable". Sobre la felicidad y los absolutos

Al comienzo de la zarzuela "Luisa Fernanda", de Moreno Torroba, Javier, el joven y arrogante coronel isabelino, canta una bella romanza titulada "De este apacible rincón de Madrid". En cierto momento, se nos dice lo siguiente: "una mañana radiante partí, sin más caudal que mi fe". Siempre me ha parecido que estos versos recogían de forma intensa el significado de la juventud: palabras como "partir", "mañana" o "radiante", sin olvidar la "fe" en uno mismo, son parte de ese juego entre osado y valiente de acometer nuevas empresas, de querer comerse el mundo, quizá hasta que el mundo te devora a ti, como Saturno a sus hijos. Hoy hemos acudido mi colega Juan Antonio González Iglesias y yo mismo a una comisión de seguimiento de nuestros proyectos de investigación. Algo mágico ha ocurrido. Sin proponérnoslo acaso, volvimos a sentir algo de esa fe y de esa mañana, casi como una hermosa nostalgia. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO

A Juan Antonio González Iglesias

En el frío, gris y cerrado edificio del Ministerio de Economía y Competitividad teníamos una reunión con los responsables que evalúan los proyectos de investigación de humanidades. Se nos había convocado para rendir cuentas del progreso de nuestros trabajos en curso. Se fue presentando, por riguroso turno, cada uno de los proyectos convocados durante algo más de veinte minutos cada uno, repartidos entre una exposición del investigador principal y una tanda de preguntas por parte de los ponentes evaluadores. La verdad es que aquella reunión iba teniendo cada vez más ese aire penitenciario de las oposiciones, donde el tiempo se condensa y enrarece. Llegó entonces el momento de nuestro turno, el mío primero y el de Juan Antonio después. Algo casi mágico ocurrió mientras hablábamos, pues logramos romper ese hielo y crear un ambiente más acogedor en la sala. Hasta nos permitimos hacer alguna que otra broma, dentro del formalismo obligado del acto. Como los presupuestos de los proyectos son mirados con lupa, el proyecto de Juan Antonio, relativo a la felicidad en la poesía clásica, tenía en su contabilidad un feliz "ticket inventariable" (sic), es decir, algo contradictorio en sus propios términos. Nada más efímero que un tícket, que acaso por uno de esos errores contables se deslizó a la categoría de lo permanente, o lo que queda registrado para siempre con un código de barras. Aquel error administrativo fue ya parte de una distendida charla con los evaluadores. Logramos, en todo caso, salir airosos de este examen, y nos sentimos aliviados y felices tras haber pasado momentos previos de tensión. Cuando hubo un receso en la reunión, Juan Antonio, que debía regresar a Salamanca, y yo mismo nos fuimos del edificio en busca de una cafetería donde poder celebrar nuestro encuentro y el alivio de haber salido airosos de aquel pequeño trance. De repente, mientras nos alejábamos y cruzábamos la M 30, me di cuenta de que por algunos momentos, en aquella tensa reunión que logramos hacer más grata, nos habíamos olvidado de la muerte, de que los años pasan, y que habíamos regresado a los tiempos en que teníamos muchos menos años y peleábamos por abrirnos camino en la vida. Sí, habíamos vuelto a ser tan jóvenes como en otros tiempos y ahora salíamos como dos antiguos quintos del gris cuartel a celebrar el sol de abril, un marco perfecto para poder disfrutar de la calma recién conquistada. Nos reímos de aquello del "tícket inventariable", que a mí me recordó un fragmento de Anacreonte: "yo voy pulsando con la lira de veinte cuerdas, Leucaspis, mientras pulso tú eres joven", es decir, "yo, efímero tícket, he entrado en el reino de lo permanente, o de lo aparentemente eterno". En realidad, tocar la lira es algo tan efímero como ser joven, y hay también bienes inventariables que se agostan tan rápido como un pasajero tícket. En fin, mientras escribo estas líneas sobre hoy, hoy se ha vuelto ayer, y cada vez más será un ayer remoto y perdido en el tiempo. Pero durante unos momentos nos sentimos vivos y dichosos, creamos nuestro pequeño episodio épico (que se tornará nostalgia) y la memoria seguirá dando cuenta de este episodio rebosante de vida. Hoy no morimos un día más. FRANCISCO GARCÍA JURADO

lunes, 22 de abril de 2013

“Aristóteles en el supermercado”, de Adriano Pérez


Dr. Adriano Pérez Cardero, Aristóteles en el supermercado, Astrea, Prensas de la Universidad, 2013

Para Álvaro Cancela, por tantas clases vividas en su compañía
Casi sería obligado comenzar esta reseña con las consabidas palabras que Borges dedicó al afán clasificatorio en su prosa titulada “El idioma analítico de John Wilkins”, pero creo que es mejor dejarlas para el final, como hermosa corroboración de lo que el profesor Adriano Pérez Cardero, de la Universidad de Astrea, ha querido contarnos en este libro absolutamente imprescindible, no tanto por lo que dice, sino por el carácter trágico que adquieren en él sus constataciones. POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
El planteamiento de este libro es tan conmovedor que la complejidad de sus argumentos queda realmente reducida a un segundo plano, ante la escena inicial que ocupa prácticamente todo el capítulo primero. Imaginemos que Aristóteles, el gran padre de las categorías como entidades en sí mismas, visitara un moderno supermercado y buscara, por ejemplo, unos palillos de dientes o unas patatas fritas. Desde su concepción “perfecta” del mundo, consideraría que el plan ordenador y clasificatorio de los grandes almacenes siempre sería el mismo, constante y demoledoramente unívoco. Pero algunos cambios, acaso sutiles, darían al traste con sus pretensiones, tan bien expresadas en ese libro que tiene el poético título de “Las categorías”. Nuestro querido Aristóteles, que encarna esta vez la figura del Dr. Pérez Cardero, uno de los sabios y divulgadores más avezados que la humanidad ha conocido jamás, va buscando en varios hipermercados un producto insignificante y a menudo poco visible: unos mondadientes. Resulta que este producto es difícil de encontrar, pues no se localiza en un lugar estable según los criterios clasificatorios que sugerirían, acaso, la perfección de nuestras categorías. Unas veces aparecen en la sección de alimentos, otras dentro de lo que solemos llamar menaje, entre vasos de plástico y tenedores efímeros. Pero en otras ocasiones se los encuentra junto a los productos de limpieza, como si su función fuera pareja a la de las lejías y lavaplatos. El Dr. Pérez Cardero imaginó durante esos ratos aparentemente yermos que suponen ir a la compra qué hubiera pensado Aristóteles ante tales variantes. Si se trataba de un error cabría pensar, entonces, cuál sería la verdadera clasificación de los palillos: ¿junto a las aceitunas, los platos de plástico o los limpiacristales? Quizá, a esta incontinencia clasificatoria le sobrevenía una certidumbre mucho más terrible, como era el hecho de que los objetos se ordenasen de una manera empírica, es decir, junto a aquellos artículos que parecían, merced a su uso, más afines. El drama, el gran drama de esta historia, vino cuando Aristóteles, en la piel del Dr. Pérez Cardero, descubrió la existencia de un tubérculo inclasificado que venía de un continente aún menos clasificado: la patata. Resultaba que este tubérculo se vendía entre las hortalizas y las frutas, pero que cuando se envasaba frito ya no estaba allí, ni tan siquiera en el esperable compartimento de la comida preparada, sino en una categoría conocida como “frutos secos”. Nadie parecía haber reparado en ello, y el pobre Dr. Pérez Cardero, que seguía encarnando durante aquellas horas críticas a Aristóteles, quedó sumido en el mayor de los espantos clasificatorios.
“Aristóteles en el supermercado” es, por tanto, un libro dedicado al fracaso de la categorización de las cosas desde criterios ajenos a la práctica, a partir de rasgos suficientes y necesarios. Se trata de una concesión, casi una rendición, a las categorías y los prototipos que hoy días las nuevas ciencias cognitivas dan en enseñarnos. Pero el libro es, ante todo, no lo olvidemos, un nostálgico canto de cisne en torno a un mundo perdido, donde las cosas eran perfectas y tenían su lugar. Ahora sí, es oportuno que terminemos nuestra reseña con un pasaje de la famosa prosa de Borges citada al comienzo:
Las palabras del idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las letras que las integran es significativa, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas. Mauthner observa que los niños podrían aprender ese idioma sin saber que es artificioso; después en el colegio, descubrirán que es también una clave universal y una enciclopedia secreta.
Ya definido el procedimiento de Wilkins, falta examinar un problema de imposible o difícil postergación: el valor de la tabla cuadragesimal que es base del idioma. Consideremos la octava categoría, la de las piedras. Wilkins las divide en comunes (pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparente (amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda y arsénico). Casi tan alarmante como la octava, es la novena categoría. Esta nos revela que los metales pueden ser imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre). La belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo, oblongo. Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el caos: ha parcelado el universo en 1000 subdivisiones, de las cuales la 262 corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica Romana; la 263, al Día del Señor; la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al brahmanismo, budismo, shintoísmo y taoísmo. No rehúsa las subdivisiones heterogéneas, verbigracia, la 179: "Crueldad con los animales. Protección de los animales. El duelo y el suicidio desde el punto de vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades varias."”  Jorge Luis Borges
FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE

domingo, 21 de abril de 2013

Juan Valera, o el latín al servicio de la vida


Si el nombre de Don Juan Valera está asociado al humanismo español sobre todo por su faceta de helenista y, en particular, por la exquisita traducción de la novelita griega titulada Dafnis y Cloe, lo cierto es que la lengua del Lacio ocupa también un lugar especial en las letras de nuestro autor, sobre todo en lo que concierne a su especial uso de las citas latinas y al empleo del latín para atenuar determinadas referencias escabrosas en las cartas de quien es el mayor epistológrafo en lengua castellana (en la ilustración una imagen de París). POR FRANCISCO GARCÍA JURADO HLGE
Vamos a hacer un pequeño recorrido por estas citas latinas en su epistolario. En primer lugar, Valera utiliza citas de autores latinos y hasta citas latinas de su propio cuño tanto en su obra novelística y poética como en los epistolarios a amigos y familiares. Dos de estas citas resultan especialmente curiosas: Nescit labi virtus y Sunt lacrymae rerum. La primera de ellas, que parece haber sido acuñada por el propio Valera , encierra un pensamiento muy propio del autor y sabemos por el epistolario dirigido a Gumersindo Laverde que estaba destinada a ser el título de una novela:

"Tengo en el telar mucha tela empezada, pero el telar no anda. Los diálogos con Gláfira se han quedado en el III y he empezado a escribir una novelita que no publicaré hasta que esté concluida, si alguna vez llega a estarlo, a fin de que no pase lo que con Mariquita y Antonio y con Lulú, Princesa de Zabulistán, que se han quedado en los primeros capítulos. La nueva novela tiene un título extraño para novela. Se titula Nescit labi virtus" (Carta de Valera a Laverde del 13 de febrero de 1874 [Laverde 1984, 220-221])

El hecho de que con esta cita latina se abra, precisamente, su más famosa novela Pepita Jiménez, publicada en el propio año 1874, y que con ella anticipe el autor uno de los motivos temáticos de la novela, nos hace pensar que la proyectada novela Nescit labi virtus se renominó con el título más convencional, pero acertado, del nombre de la protagonista:

"Nescit labi virtus.

El señor deán de la catedral de..., muerto pocos años ha, dejó entre sus papeles un legajo, que rodando de unas manos en otras ha venido a dar en las mías, sin que, por extraña fortuna, se haya perdido uno solo de los documentos de que constaba. El rótulo del legajo es la sentencia latina que me sirve de epígrafe, sin el nombre de mujer que yo le doy por título ahora; y tal vez este rótulo haya contribuido a que los papeles se conserven, pues creyéndolos cosa de sermón o de teología, nadie se movió antes que yo a desatar el balduque ni a leer una sola página" (Valera 1874, p.5)

Por lo que respecta a la obra epistolar de nuestro autor, encontramos bien al final o al comienzo de algunas cartas una cita bastante recurrente que Valera toma de Virgilio: Sunt lacrymae rerum. Esta cita virgiliana, cuya interpretación no es unívoca, reviste sentidos diversos dependiendo del contexto en el que vaya inscrita. Seleccionamos dos ejemplos, uno de una carta de juventud y otra redactada poco antes de su muerte. El primer ejemplo a que nos referimos aparece al comienzo de una carta dirigida a Serafín Estébanez Calderón:

"Sunt lacrymae rerum, querido don Serafín, y si le escribo a Vd. casi siempre de broma, es por no fastidiarle con mi llanto, no porque me falten ganas de llorar" (Carta del 4 de agosto de 1853 [Estébanez Calderón 1971, 209]

En el segundo ejemplo, que es una carta dirigida a Mariano Pardo de Figueroa, más conocido por el pseudónimo de "Doctor Thebussem", donde Valera nos habla, con el usual gracejo que acostumbra a usar, de las castrantes habilidades que tenían los bellos dedos de una joven, la colocación de la cita al final del párrafo confiere a las palabras de Virgilio una inesperada significación:

"En menos de un cuarto de hora he visto yo capar a Frasquita más de una docena de pollos, valiéndose de aquellos primorosos y encantadores dedos, con que tal vez había acariciado al pérfido gallego. Bien dijo Virgilio: sunt lacrymae rerum" (Carta de Valera al Dr.Thebussem del 27 de julio de 1900 [Bravo-Villasante 1974, 303])

Este uso lleno de humor y, si se quiere, desproporcionado de una cita clásica se corresponde bien con el carácter irónico de nuestro autor. Este mismo carácter irónico propicia un segundo uso del latín por parte de Valera, en este caso encaminado a atenuar algunas referencias procaces, tan usuales en el epistolario dirigido a Serafín Estébanez Calderón, como la referencia a las costumbres homosexuales de ciertos conocidos suyos:

"Las portuguesas, como tengo dicho a Vd., son feísimas; lo que si no excusa, explica por qué algunos ricos fidalgos, por ejemplo el Marqués de Balada y el de Viana, more Graecorum adolescentulis delectantur" (Carta de Valera a Estébanez Calderón del 24 de enero de 1851 [Estébanez Calderón 1971, 113])

o bien noticias de la vida sexual del propio Valera:

"No pondré en olvido los documentos que Vd. me da para evitar el desarrollo de los testes, y usaré lo menos posible de la venus vaga, si bien siempre necesito jacere humorem collectum in corpora quaque" (Carta a Estébanez Calderón del 12 de agosto de 1852 [Estébanez Calderón 1971, 174])

En este mismo sentido, Valera reproduce en una carta a Estébanez Calderón unas líneas de una epístola en latín que él mismo califica irónicamente de "ciceroniano", dirigida al cura de su pueblo, en la que le da cuenta de las actividades sexuales que practica con su última amante:

"Basta decir a Vd. que al cura de mi lugar, con quien me carteo en latín ciceroniano, le pongo este párrafo en mi última epístola: perinde, hic sunt moechas, quae parissiarum expolito more, penem capessunt, lambunt, et surgunt. Non idcirco existime me amoris gaudiis coptum (¿coitum, coeptum?) omnino irrumpere; nam quocumque me verto, causas video castitatis servandae. Y así es la verdad que me contengo cuanto puedo, para no tener un fin desastrado. No dudo que cuando el cura, que ahora está en Córdoba de catedrático de latín en el Colegio de San Pelagio, aquel que siendo niño, "Mártir de la pureza ilustró al Miño" no dudo que cuando el cura lea mi carta, ha de querer introducir en Córdoba las modas de París, pues él es muy campechano progresista, si los hay" (Carta de Valera a Estébanez Calderón del 1 de septiembre de 1853 [Estébanez Calderón 1971, 230])

Se trata, como nos atrevimos a escribir en el antiguo epígrafe de un libro, del uso de las lenguas clásicas al servicio de la vida. FRANCISCO GARCÍA JURADO