viernes, 16 de octubre de 2009

UNA VEZ MÁS, EDGAR ALLAN POE Y MARCEL SCHWOB: LO ANALÍTICO


Muy atentamente, Ramiro Pérez me ha escrito desde Argentina tras la lectura del blog que deciqué hace meses a una desconcertante cita latina que encontramos en Edgar Allan Poe (http://lectoresaudaces.blogspot.com/2009/01/edgar-allan-poe-y-el-latin-nihil.html ). Hoy vuelvo sobre una de las grandes preocupaciones que motivaba la creación del cuento "La carta robada" en relación con uno de los lectores más perspicaces de Poe: el autor francés Marcel Schwob. No de manera diferente a como pretende Poe, Schwob quiere, ya a finales del siglo XIX, que el novelista contemple los fenómenos como un todo, frente a las síntesis enumerativas de las novelas naturalistas, y pone como ejemplo las visiones divergentes de Platón y Kant acerca de la naturaleza de la operación de sumar:

“«Cuando sumo uno más uno», decía Platón, en su República, «¿qué es lo que se convierte en dos, la unidad a la que sumo o aquella que es sumada?»
Para un espíritu tan profundamente deductivo, la serie de los números debía nacer analíticamente; el nuevo ser dos debía estar comprendido en una de las unidades cuya unión lo engendraba.
Nosotros decimos que el número dos se produce sintéticamente, que interviene en la suma un principio diferente del análisis; y Kant mostró que la seriación de los números era el resultado de una síntesis a priori.
Ahora bien, la enumeración que se opera en la vida es también radicalmente diferente de la enumeración general de los detalles psicológicos y fisiológicos o del sistema deductivo.” (“El terror y la piedad”, en Espicilegio, pág. 44)

El viejo problema filosófico de la intervención del análisis en la operación matemática y, en definitiva, la cuestión de si la suma de las partes equivale o no al todo tiene un curioso precedente en un cuento de Poe del que he hablado en otras ocasiones, “La carta robada”, relato que, como vimos, se abría con una falsa cita latina de Séneca (NIL SAPIENTIAE ODIOSIUS ACUMINE NIMIO):

“Con arte digno de mejor causa han introducido (sc. los matemáticos), por ejemplo, el término «análisis» en las operaciones algebraicas. Los franceses son los causantes de este engaño (...)” (Edgar Allan Poe, “La carta robada”, en Cuentos 1. Prólogo, traducción y notas de Julio Cortázar, Madrid, Alianza, 1992, pág. 527)

Poe, como también lo va a hacer Schwob, defiende la idea de que “suele no ser cierto que el todo sea igual a la suma de las partes”. Es importante observar que la existencia del todo como algo a priori que no precisa del análisis de las partes lleva a Schwob a situarse en el idealismo kantiano, del que no era tampoco ajeno el mismo lingüista Ferdinand de Saussure1. De esta forma, el ensayo titulado “El terror y la piedad” se presenta como una de las piezas más complejas pero también más significativas del pensamiento de Schwob, capaz de leer los textos antiguos y actualizarlos con las nuevas ideas de su tiempo, a la vez que los hace inconfundiblemente suyos.

1 La primacía de la mente sobre la materia, y la capacidad de estructurar la realidad a priori son claramente aspectos de la herencia kantiana en Saussure. Acerca de todo ello, merece la pena la lectura del estudio que Manuel Crespillo (La idea del límite en filología, Málaga, Analecta Malacitana. Anejo XXII, 1999, págs. 311-343) ha dedicado a este asunto con el título “La imagen de la comunicación en el estructuralismo lingüístico”. Entresaco un párrafo fundamental: “Pero el estructuralismo que inaugura Saussure es fundamentalmente una respuesta lingüística al problema del conocimiento kantiano. Del mismo modo que en Kant el sujeto se halla en posesión de ciertos conocimientos a priori, la naturalidad del lenguaje como expresión del yo es un a priori que existe en nuestra facultad de conocer. Como cada parte es un espíritu en su propio medio, la lengua es una respuesta lingüística al a priori del tiempo en Kant, así como el habla –y el significante, que es su término paralelo en el dominio del signo- es una respuesta lingüística al a priori del espacio en Kant” (pág. 313). Si bien no es objeto de este libro, cabe decir que la huella kantiana en Schwob es también perceptible y profunda.

FRANCISCO GARCÍA JURADO
H.L.G.E.

domingo, 11 de octubre de 2009

LA AUTORIDAD QUE LLEGA A TRAVÉS DEL RECUERDO

Quizá una de las peores cosas que tiene la juventud, frente a la lista interminable de sus ventajas, es la ignorancia y la osadía. A menudo, sólo la experiencia logra poner en su justo lugar a algunas personas que no fuimos capaces de reconocer en toda su dimensión cuando compartimos con ellas un momento de nuestra vida. Esta enseñanza es la que podemos extraer del recuerdo de un profesor de latín en el que he pensado mucho durante estos últimos días, ahora que tanto se discute a propósito de la autoridad de los profesores. Andrés García de Barga (1887-1974), más conocido por su pseudónimo «Corpus Barga», nos ha dejado un interesante recuerdo de un profesor de latín, de carácter laico y perteneciente a un colegio con ciertas afinidades a la Institución Libre de Enseñanza. Lo encontramos en uno de sus tomos de memorias, escritos a partir de los años sesenta, al hablar de su profesor, don Rufino Lanchetas. Este hecho permite a Corpus Barga reconsiderar su primera impresión del profesor, del que como adolescente sólo recuerda algunas anécdotas algo histriónicas:

"Nuestro colegio no era de curas, como se decía de los religiosos, sino de profesores laicos, algunos de los cuales fueron lo que no se llamaba aún intelectuales. La entrada en el bachillerato se hacía con solemnidad pasando por debajo del arco romano; el primero (el primer año) de latín venía a ser en los estudios como la primera novia en los placeres y el primer frac en la vida social, algo por lo que no había más remedio que pasar, indispensable y engorroso. «El que no sabe latín no puede tener buen fin», se sentenciaba todavía. De nuestra clase todos debíamos acabar mal, porque ninguno lo llegó a aprender; nuestro profesor, creo que sólo lo fue durante un año, era el latinista don Rufino Lanchetas, del que nos reíamos por su nombre y porque los días fríos se liaba la capa a las piernas, como si fuese una manta, a partir de su abultada barriga, lo mismo que los cocheros para sentarse en el pescante, y porque así enrollado y sentado nos explicaba acompañándose con la mímica, no sé qué tragedia de la antigüedad y hacía el gesto que él suponía en el actor al exclamar: «¡Míralos, míralos cómo huyen!» Luego he sabido que don Rufino Lanchetas fue un temido compañero de oposiciones de Unamuno y he oído hablar de él con respeto y cariño a don Ramón Menéndez Pidal (...)" («Corpus Barga», Los pasos contados II. Puerilidades burguesas, Barcelona, Bruguera, 1985, pp.55-56)

Nos encontramos ante un profesor laico y de bachillerato. Este profesor, Rufino Lanchetas, participó en unas oposiciones a la cátedra de Filología Comparada del Latín y del Castellano de la Universidad de Madrid en 1899, junto con Menéndez Pidal, quien en sus memorias recuerda el temor compartido con el anterior de que Unamuno se decidiese finalmente a participar. Del mero recuerdo infantil, el autor tan sólo recuerda algunos rasgos histriónicos, tales como enrollarse la capa en los días fríos, así como por sus discutibles dotes de actor. Es significativo que el profesor, además de ser citado por su nombre, algo que parecía suscitar la risa de los alumnos, sea presentado como "el latinista don Rufino Lanchetas", digno homenaje a la figura intelectual que el entonces niño no pudo reconocer. Es, por otra parte, muy interesante la calificación de "intelectuales" que el autor da a algunos de sus profesores, así como Clarín o Menéndez Pelayo no dudaba en calificar de "humanista" a Alfredo Adolfo Camús. La impresión general no es negativa, salvo en lo que respecta a que el latín tuviera que ser obligatorio en el primer año de bachillerato; en cuando a la pedagogía del profesor, observamos que éste ofrece ciertos ademanes histriónicos que sirvieron de muy poco, ya que ningún alumno, en opinión del autor, aprendió latín.

(en la ilustración R. Magritte, El maestro de escuela, 1954. Ginebra, colección privada)

Francisco García Jurado
H.L..G.E.

martes, 6 de octubre de 2009

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE "LITERATURAS NACIONALES"?


El viernes 9 de octube de 2009 se celebra en la Universidad de Navarra una interesante reunión de trabajo (workshop) sobre bilingüismo bajo el Imperio romano (http://utraquelingua.blogspot.com/). Deseo adelantar aquí el contenido de mi intervención, titulada "Qué es la literatura griega y latina para Aulo Gelio".

Dentro de los presupuestos modernos relativos a la Historiografía literaria, cabe preguntarse qué es para Aulo Gelio lo que nosotros entendemos como Literatura griega y latina. Debemos aclarar que lo que Gelio pensaba sobre esto no se corresponde con nuestra moderna idea de "Literaturas clásicas", que debe remitirse ya al siglo XIX (¡!). Así pues, frente a la abstracción moderna que suponen ambos conceptos, el de Literatura griega y latina, Gelio tiene una visión acumulativa de los autores y las obras antiguas, acorde a su propia obra miscelánea. Para entender lo que es una visión acumulativa de la literatura hay que echar un vistazo, por ejemplo, al placer que sienten los coleccionistas de cosas cuando contemplan sus tesoros. Cuanto más tienen más placer sienten. En este sentido, el uso de la palabra litterae ("letras") para referirse a las diferentes creaciones literarias es perfectamente compatible con esta visión acumulativa. A Gelio debía de encantarle el hecho de "coleccionar" autores antiguos en los veinte libros de sus Noches áticas.

Según esto, vamos a analizar cuáles son los principales parámetros utilizados por Gelio para el estudio de las litterae, que he organizado de la siguiente manera:

a) el esporádico uso del adjetivo classicus (curiosamente, pensado sólo para referirse a los autores latinos antiguos) y otros adjetivos que apuntan a un canon literario basado fundamentalmente en la corrección lingüística y su antigüedad. Para Gelio, un autor "clásico" es un escritor romano antiguo, anterior cuanto menos al siglo I antes de Cristo. "Clásico" no era otra cosa que el ciudadano de la primera de las cinco clases sociales de la Roma antigua. En lo más alto estaba el clásico, y en lo más bajo el proletario. Fijaos que luego, los historiadores marxistas de la Antigüedad, como Kovaliov, vieron un filón en estos términos para estudiar los inicios de la lucha de clases. Por tanto, "clásico", aplicado a un autor antiguo, no es más que una métafora que después se hará común en el Renacimiento.

b) asimismo, analizamos la implicación que supone añadir los gentilicios “griego” y “romano”, que adscriben las litterae a una de las dos lenguas, estableciendo su carácter patrio. Sin embargo, veremos cómo la condición “patria” de las lenguas no es algo siempre necesario, pues hay autores que eligen y hacen suya una lengua que no es la de su nacimiento. Frente a lo que algunos quisieran hacer creer, pertenecer a una "nación" es algo más convencional de lo que parece. El tema daría mucho de sí.

c) también analizaremos cómo los gentilicios “griego” y “latino” se aplican de manera análoga a obras, autores y libros, aunque en el caso de las obras históricas su consideración griega o romana viene dada por el contenido y no por la lengua utilizada para la narración. Puede, por tanto, haber una obra escrita en griego que trate sobre Historia romana, como la apasionante Historia romana de Dión Casio.

d) analizaremos, asimismo, la forma desigual mediante la que Gelio y sus maestros se refieren a las letras y autores griegos y latinos, utilizando el adjetivo posesivo o el pronombre demostrativo para marcar la pertenencia o la cercanía de unas litterae con respecto a las otras. Es precioso comprobar cómo unos y otros hablan de "nuestro Virgilio", por ejemplo, de manera que a menudo se confunde con la paradoja.

Así pues, desde el viejo nacionalismo romano de Marco Porcio Catón, excluyente de la cultura griega, hasta el moderno cosmopolitismo de su maestro Favorino, un hombre de origen galo que adopta libremente el griego como lengua propia, cabe entrever que Gelio, como autor latino del siglo II de nuestra era, considera que las litterae Graecae y las Latinae no son más que las dos caras de una misma moneda.

Dos personas han sido fundamentales en la elaboración de este trabajo: José Torres Guerra, que motivó su lugar de ser al tener la generosidad de contar conmigo para esta reunión en Navarra, y Holford Strevens, que desde Oxford me ha ilustrado con su profunda sabiduría sobre Gelio y, además, me ha contagiado su entusiasmo por seguir estudiando a este autor latino. Ambos son pilares de este trabajo y a ambos quedo, pues, humanamente agradecido.

En la imagen Aulus Gellius in Attica (Universidad de Valencia, MS 389, f. 19r, saec. XV). Es la misma imagen que aparece en el libro Aulus Gellius de Holford Strevens.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 2 de octubre de 2009

VÍRGENES SUICIDAS (PERO NO ES PARA TANTO)


La Antigüedad nos ha transmitido un enigmático relato, el de las vírgenes milesias, que divaga desde la curiosidad innata de alguno de sus transmisores, como Plutarco y Aulo Gelio, hasta el relato visionario de Schwob. Se trata de una sorprendente historia acerca de unas jóvenes que daban incomprensiblemente en suicicarse. Gelio la relata con el tono de una curiosidad de cierto alcance moral: pudo más el pudor que el miedo a la muerte:

“En el primero de los libros que Plutarco tituló Sobre el alma, al disertar acerca de las enfermedades que afectan al ánimo de las personas, dice que las vírgenes de la nación milesia, casi todas las que había en aquella población, de repente y sin causa evidente tomaron la decisión de darse muerte, y que muchas perdieron después la vida ahorcándose. Al darse esto cada día con más frecuencia, y como no era posible encontrar un remedio que impidiera a éstas continuar en su empeño de quitarse la vida, decretaron los milesios, respecto a aquellas vírgenes cuyos cuerpos fueran encontrados colgados, que con el mismo lazo con el que se hubieran ahorcado todas estas se llevasen a enterrar desnudas. Después de este decreto, las vírgenes no se suicidaron ya, temerosas únicamente de la vergüenza de un entierro tan deshonroso.” (Aulo Gelio, Noches Áticas 15, 10)
Resulta una verdadera joya para el estudio de su tradición literaria que, a finales del siglo XIX, Marcel Schwob recreara esta historia en un cuento dotado de todos los ingredientes de la moderna estética finisecular: muerte, sueño, misterio, belleza... El cuento se titula “Las milesias”, y se encuentra dentro de su libro El rey de la máscara de oro1. En el cuento se narra cómo las vírgenes milesias dan en ahorcarse sin razón aparente, al tiempo que se decide expulsar de la ciudad a las prostitutas, los vendedores de drogas y los filósofos. También se decreta, y éste es el pasaje más cercano a Gelio, que las suicidas sean enterradas desnudas:
“Entonces, los arcontes de la colonia promulgaron un decreto por el cual se ordenaba sepultar a las jóvenes ahorcadas de una manera nueva. Debían ser expuestas al populacho, desnudas, con la soga al cuello, y llevadas así al sepulcro. Se esperaba que, de ese modo, el pudor vencería a la muerte voluntaria (...)” (El rey de la máscara de oro, p. 85).
No obstante, el misterio se terminará desvelando cuando presenciemos la espectral escena donde las vírgenes, desnudas, se enfrentan a un espejo que les anuncia la ruina física que les sobrevendrá con el tiempo.
“La imagen no tenía cabello y bajo la piel de la cabeza corrían venas azules opacas. Sus manos tensas parecían de hueso y las uñas del color del plomo. Así, el espejo presentaba a la virgen milesia el espectáculo de lo que le reservaba la vida. Y en los rasgos de la imagen ella encontraba todos los indicios de semejanza, el movimiento de la frente y la línea, de la nariz y el arco de la boca y la separación de los pechos y sobre todo el color de los ojos, que da el sentido del pensamiento profundo. Aterrorizada por su cuerpo, vergonzosa del porvenir, antes de conocer a Afrodita se colgó de las vigas del gineceo.” (El rey de la máscara de oro, pp. 87-88)
Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 27 de septiembre de 2009

LÁMPARAS ESTUDIOSAS: PREPARACIÓN DE UNA NUEVA MONOGRAFÍA


Como otras tantas veces, dedico este texto a mis colegas del grupo de Historiografía de la Literatura Grecolatina en España (H.L.G.E.)

"A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores, a la luz de las lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton."

Creo que fue la atenta y reiterada lectura de este texto de Borges, el titulado "A Leopoldo Lugones", lo que me hizo fijarme más en cierto detalle de las bibliotecas: sus "lámparas estudiosas". El argentino utiliza una atribución quizá impropia del adjetivo a su objeto: estudiosos son, en todo caso los lectores, cuyos rostros, sin embargo, son "momentáneos", de manera que una circunstancia se convierte en atributo. La vida de los libros, tras la muerte de sus autores, neutraliza los tiempos. Las lámparas de la Biblioteca Pública de Nueva York parecen, en su perfecta disposición, responder perfectamente a la figura borgiana, que a su vez la tomó de Milton. Estas lámparas en hilera bien podrían estar iluminando, una mañana cualquiera de otoño, un libro muy querido: "La Historia de la Literatura grecolatina en el siglo XIX español: espacio social y literario" (Málaga, Analecta Malacitana, 2005). Esta posibilidad es completamente real, pues el libro está disponible en el catálgo de la gloriosa y monumental biblioteca.
Ahora estamos preparando la segunda entrega, que titularemos "La Historia de la Literatura grecolatina durante la Edad de Plata de la Cultura española (1868-1936)". Técnicamente, en nuestras claves internas, es el "HLGE2", y la obra va emergiendo lentamente, capítulo a capítulo, para conformar un volumen que en muchos aspectos plantea cuestiones inéditas. Cómo se refleja la Historia de España en los estudios clásicos es una tarea fascinante aún por descubrir. Una perspectiva concreta que refleja, al mismo tiempo, un microcosmos complejo y rico de matices. El estudio de los manuales escolares decidados a la Historia de las literaturas antigas y sus gramáticas revela cómo el positivismo y el idealismo se encuentran y desencuentran a cada instante en las particulares lecturas que los españoles hacen de estas corrientes de pensamiento. Después pasamos al análisis del mundo editorial y de las traducciones de clásicos, donde observamos cómo las modernas estéticas, como la modernista, recrean los viejos textos: el viejo Homero se vuelve parnasiano. Incluso algún autor, como Plauto, termina siendo inesperadamente una estrella entre los clásicos al calor de nuevos parámetros morales que, ahora sí, admiten abiertamente sus chanzas. No podíamos olvidar qué ocurió con nuestra tímida realidad filológica y científica, de manera que podemos asistir a pequeños-grandes milagros, como la colección de clásicos de la Bernat Metge o el nacimento de la primera revista científica dedicada a la Filología clásica en España: la benemérita revista "Emérita". La creación literaria del momento también se imbuyó de ciertas lecturas antiguas y hasta creó su particular canon: bucolismos virgilianos, en consonancia con la nueva sensibilidad ante el paisaje, o decadencias petronianas, sin olvidar que todavía siguen vigentes las censuras sobre los clásicos. Finalmente, todo una sección dedicada a estudiar la relación de lós clásicos con los emergentes nacionalismos y regionalismos en un contexto donde Séneca es "más español" que nunca: el Noucentisme Catalán, el Rexurdimento gallego, las traducciones al vasco, o el regionalismo asturiano componen esta paricular visión de unas antiguas literaturas universales.
Escribo sobre un libro que todavía no existe como tal, pero que vivirá más allá de quienes lo estamos componiendo. Sé que es peligroso vivir pensando en tiempos que no veremos, porque nos podemos perder el nuestro, pero me gusta imaginar cómo una soledada mañana, en la mitica biblioteca de la Quinta Avenida, un lector de rostro momentáneo leerá al calor de un lámpara estudiosa nuestra nueva monografía, entonces ya vieja, y acaso perciba algo del esfuerzo y la pasión que estamos poniendo en ella.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 25 de septiembre de 2009

LAS NUEVAS NACIONES: ANTONIO JULIANO Y SÉNECA

Envié hace un par de días a mi consdiscípulo y amigo, el profesor José Torres Guerra, mi contribución para la reunión científica (ahora las llaman "workshops") que se va a celebrar en la Universidad de Navarra para el 9 de octubre de 2009. Todo esto se realiza dentro de las actividades de su dinámico grupo de investigación denominado GRAECIA CAPTA, y centrado en el estudio de los influjos romanos en la cultura griega, frente a lo más esperable y conocido, es decir, el influjo griego sobre Roma, que se formula lacónicamente con el conocido ROMA CAPTA horaciano. La Historia Antigua y la Filología Clásica andan ahora muy implicadas en todo esto que venimos en llamar multiculturalidad. Hoy día se estudian abundantemente (y así lo he visto también en Harvard) las llamadas "estrategias retóricas" de los autores antiguos que nos permitan encontrar este tipo de aspectos que sólo en nuestros tiempos han alcanzado las bases conceptuales necesarias para su existencia oficial. Todavía recuerdo cómo una guapa guía turística nos mostraba en el Palacio Real de Palermo la inscripción trilingüe que aparece en la imagen como símbolo de convivencia y de "tolerancia" de los normandos dominadores hacia otras culturas. El mito de la convivencia es un mito historiográfico que exige una compleja elaboración y en todo caso no debe caer en los anacronismos o la banalazación de las "Alianzas de Civilizaciones". Bueno, esto es el signo de los tiempos. En todo caso, las personas inteligentes, como mi colega José Torres, son capaces de recoger los nuevos enfoques para hacer que la Filología avance sin que ésta pierda la pulcritud ("acribía") que siempre la ha caracterizado. La reunión trata sobre asuntos propios del bilingüismo grecolatino. Yo quise, como audaz hipótesis de trabajo, volver a los textos de Aulo Gelio para intentar dilucidar cuál es su visión de lo que nosotros entendemos hoy como Literatura griega y latina. Muchas paradojas han surgido en este estudio (que no puedo relatar en un mero blog) acerca de ideas que a nosotros nos parecen "naturales", como, por ejemplo, la relación entre una literatura y una lengua. Aulo Gelio retrata en sus Noches áticas a personajes que han adoptado una lengua diferente a la de su nacimiento. Este es el caso del filósofo Favorino, nacido en la Galia, pero grecoparlante por decision propia. Asimismo, unos griegos pretenden reírse de un Hispano, Antonio Juliano, por su peculiar acento al hablar latín. Es como si un inglés de Oxford criticara a un americano de Texas. Favorino es legalmente ciudadano romano, pero habla sin ambages de "sus paisanos" los galos, y se siente griego en Roma. Antonio Juliano es romano de Hispania, y se siente romano. Junto a la adscripción legal está el sentimiento de pertenencia a una nación, aspectos que pueden ser complementarios o antagónicos, pero en todo caso distintos. Curiosamente, Antonio Juliano pasará después a la historia de los autores hispano-latinos, que hasta cierto momento constituyeron la base de lo que luego sería llamada la Literatura española. Asimismo, Séneca también pasará luego, por estos avatares de la Historia, a ser considerado "español" (Ganivet convierte esta españolidad en un argumento), con consecuencias curiosas e imprevistas. El valenciano Luis Vives criticó duramente a Aulo Gelio porque éste había criticado, a su vez, a Séneca. Un español no podía consentir que se criticara a un gran español, natural de Córdoba. El filólogo francés Henricus Stephanus, o Henri Etienne, cargó después contra Vives por haber criticado a Gelio. Imagino que Etienne sentiría que el galo Favorino, tan admirado por Gelio, era un motivo suficiente como para atraer a Gelio hacia el bando francés. No en vano, Favorino y Gelio inspiraron con el tiempo la creación de una de las grandes obras de la literatura francesa: los Ensayos de Montaigne. En fin, de todas estas cosas, naturalmente, Gelio no tendría ni idea. No sé qué hubiera pensado del laberinto nacional que se avecinaba tras la caída del Imperio Romano.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

martes, 22 de septiembre de 2009

DESDE REYKJAVIK. EL LATÍN EN ISLANDIA

Cuando Paco se enteró de que me iba de estancia docente a la remota Islandia, me pidió que pensara en una entrada para el blog sobre el latín en aquellos lares. Tras asustarme a priori la oferta, como discípulo obediente, aquí estoy escribiéndolo en el tren de vuelta a Cáceres, después de unos cuantos días participando de la vida académica islandesa y conociendo un país con una naturaleza fascinante (más grande de lo que uno pensaba). Con un tiempo adverso (con temperaturas en la costa entre los 5 y 12 grados), aunque acorde a esta época del año, uno pudo percibir la fuerza de la Madre Tierra bajo diversas apariencias (glaciares, geiser, ríos, cataratas, lagunas calientes, volcanes, piedras y montañas retorcidas, llanuras de lava, musgos, insólitos paisajes…) como en su momento la percibió algún viajero de la Antigüedad. Posiblemente alcanzó las costas islandesas el griego Pytheas, que describe un contradictorio territorio “a seis días de singladura hacia el norte desde Bretaña”, la última Thule, en el mar Hiperbóreo u Oceanus Innavigabilis. Si un griego del s. IV a. C. fue capaz de llegar hasta el litoral islandés, fue porque marineros anglosajones y celtas conocían el territorio. Sin embargo, la ocupación humana en Islandia fue bastante posterior. Se han encontrado en “la tierra de hielo” monedas romanas acuñadas en el s. IV d. C. pero su origen tiene diferentes hipótesis. Con la expansión del cristianismo, uno de los primeros monjes que arribó a tierras islandesas fue el irlandés San Brendan (s. VI) y sus experiencias se plasmaron en un relato trescientos años posterior, que conocí precisamente este año cuando me encargué de la tradición clásica en Cabeza de Vaca (una de sus fuentes en Los Naufragios) para el Coloquio de la Uned organizado por López Férez: Navigatio Sancti Brendani Abbatis. Con el cristianismo, llega el latín a la isla y una buena muestra son las inscripciones cristianas en latín que se pueden ver en el Museo Nacional de Islandia, en el campus universitario. Sin embargo la lengua islandesa parece ser más fuerte que la latina, como lo demuestra el hecho de que los manuscritos medievales que contienen las eddas y las sagas islandesas se encuentran precisamente en islandés (unos pocos son traducción de latinos hoy perdidos), a pesar de que se comienzan a documentar con la llegada de la cultura cristiana (se plasma por escrito una rica cultura oral). Estas joyas literarias, reivindicadas por los islandeses cuando se independizaron de los daneses, son un orgullo nacional y uno de los vestigios más antiguos del pueblo islandés. Tuve la fortuna de visitar una exposición sobre estos manuscritos en la casa de la cultura (Þjóðenningarhúsið) de Reykjavik, acompañado por el profesor Sigurdur Pétursson, alma y defensor del estudio de las lenguas clásicas en la Universidad de Islandia y, por extensión, en todo el país (en estos difíciles momentos económicos que atraviesan). Como curiosidad, terminaré señalando que paseando por los jardines al lado del Tjörn, el céntrico lago de Reykjavik, me encontré con una estatua de Pomona, que demuestra que mi querido Ovidio no es un desconocido en la remota Thule.

Ramiro González Delgado
(HLGE)