domingo, 8 de noviembre de 2009

NUESTRO SIGLO DE ORO


Por diversas razones, hoy dedico este blog al profesor Antonio Barnés, autor de un libro dedicado a la Tradición clásica y el Quijote cuya lectura me está resultando verdaderamente grata. Creo que no es casualidad que ahora el libro esté en mi biblioteca, enriqueciendo la sección de Tradición clásica, y que sobre todo me sirva como motivo de reflexión. Tampoco creo que sea casual el triángulo ideal configurado por Cervantes, Mayáns y la propia idea de Tradición. Mayáns escribió la primera gran biografía del autor del Quijote y no en vano es el pionero de los estudios sobre Tradición. En otro lugar, precisamente en un artículo titulado “Virgilio y la llustración. Mayáns y los fundamentos críticos de la tradición literaria en España” (Revista de Historiografía) dediqué mis vigilias a analizar cómo la Poética y la Retórica, la Bibliografía y la Traducción convergen en la articulación de los nuevos estudios que van a dar lugar a la moderna Historia Literaria. El caso es que ante la vieja cuestión, alimentada por ciertos autores italianos, de la corrupción de la literatura española, que no desaparece, sino que se va a transformar en la infundada polaridad entre el barroquismo de la tradición hispana y el clasicismo de la tradición francesa, hay, de hecho, una tercera vía posible: la tradición hispana de carácter reformista (Vives, El Brocense…) apuntada ya en Mayáns, según Antonio Mestre. Mayáns ha de situarse dentro de un marco historiográfico que tiende a convertir el Renacimiento en el paradigma de la tradición literaria, con su correspondiente mirada a las letras clásicas. Este autor presenta, además, la peculiaridad de ciertos intelectuales españoles que desde el siglo XVIII intentaron recuperar la herencia hispánica de ese periodo. Y resulta hermoso comprobar cómo la herencia de Mayáns no desapareció del todo en el siglo XIX. Con respecto al intento de convertir el siglo XVI hispano en el verdadero Siglo de Oro de la literatura resulta interesante la reivindicación que de él se hace en la Colección de Autores Selectos, compilada, si bien no se explicita, por dos de los grandes historiadores de la literatura del siglo XIX: Alfredo Adolfo Camús y su amigo y paisano Amador de los Ríos. Allí encontramos, además de resabios ilustrados, como la idea de «restaurar el buen gusto» de las humanidades, la elocuente relación entre «Humanistas del siglo XVI» y «nuestro siglo de Oro»:

«No podía en consecuencia dejar de acudir el Gobierno á poner la debida enmienda en tan punible olvido de las buenas doctrinas clásicas. Para conseguirlo no bastaba solo el recomendar al digno profesorado de segunda enseñanza el ejercicio y aplicación de los mejores métodos: habíase perdido enteramente la tradición del excelente y luminoso empleado por nuestros eminentes humanistas del siglo XVI: y sin restablecerlo de antemano, inútiles hubieran sido sin duda todos los esfuerzos. A este propósito se encamina por tanto el presente volumen: solo con la asidua lectura, análisis é imitación de los autores de nuestro siglo de Oro y de los que en tiempos posteriores han logrado seguir de cerca sus huellas, será posible restaurar el buen gusto en el campo de las humanidades, levantando de nuevo la lengua y la elocuencia española al grado de esplendor en que las pusieron los Mendozas, Marianas y Granadas y Cervantes. » (Amador de los Ríos y Camús 1849, pp. V y VI)

De manera significativa, el primer texto que abre la colección de autores es el de la Oración en que se exhorta á seguir la verdadera idea de la elocuencia española, de Gregorio Mayáns y Siscar. Nótese el uso que se hace en el texto citado de expresiones como «las buenas doctrinas clásicas», «la tradición» o «siglo de Oro», que muestran no sólo una toma de postura, sino también una clara conciencia de la idea de Tradición Literaria hispana. Si bien otros libros del siglo XIX, como el compilado por Gil de Zárate para dar cuenta de la Historia de la Literatura española, harán bascular el llamado Siglo de Oro hacia el siglo XVII, en particular al género dramático, no podemos obviar el hecho de que la acuñación historiográfica que entendemos como «Siglo de Oro» de la literatura española sea esencialmente un mito dieciochesco que mira de manera retrospectiva al XVI, y que en Mayáns tenga, además, una de las figuras más representativas para ilustrarlo. El canon de la literatura española durante el siglo XIX se ha articulado en torno a lo que Mainer denomina «un canon mixto», basado en el doble concepto de literatura y utilidad, si bien conviene revisar la visión de la literatura del XVIII que se difunde durante el siglo siguiente, dado que se contempla básicamente a autores como Moratín o Cadalso y no a otros como Mayáns. No obstante, en alguno de los manuales españoles de literatura latina publicados durante el siglo XIX en España todavía aparece la oportuna referencia al estudio virgiliano de Mayáns.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

viernes, 6 de noviembre de 2009

EL LUCRECIO DE SCHWOB Y EL LUCRECIO DE SAUSSURE


Esta semana, durante la impartición de una de las asignaturas que tengo asignadas, el "Comentario de textos lingüísitcos", he vuelto a pensar en un viejo tema de trabajo que entreví hace ya un par de años. Cuando terminaba mi libro titulado "Marcel Schwob. Antiguos imaginarios" pude comprobar como este escritor francés de finales del siglo XIX había asistido a los mismos ambientes académicos a los que acudía también el lingüista Saussure durante su etapa parisina. De hechos, ambos recibieron enseñanzas del gran semantista Michel Bréal. Si Saussure concibió una lingüística estructural, basada en la vieja dialéctica de las polaridades, Schwob conbibió una forma de estudio literario que conpartia los mismos principios. Arte frente a Historia de Schwob no deja de ser la polaridad entre Sincronía y Diacronía de Saussure. Pues bien, al margen de estas coincidencias vitales y temáticas, ambos autores posaron sus ojos, aunque por razones diferentes, en un mismo autor latino: el poeta Lucrecio, autor del poema en hexámetros titulado Sobre la naturaleza de las cosas. Saussure lo hizo para investigar cómo al comienzo del poema, precisamente en la invocación a Venus, se esconde tras las palabras "visibles" el nombre griego de la diosa: Afrodita. Sea un hecho buscado o no, nos quedamos boquiabiertos ante lo que el mismo Saussure llama "el hecho material" de ver cómo, en efecto, puede leerse escondido y algo desordenado el nombre griego. Puede que sea casualidad, pero esta investigación llevó a Saussure buena parte de los años que pasó en Ginebra impartiendo el Cours de linguistique. Por su parte, Schwob crea una de las vidas imaginarias más intensa cuando habla acerca de Lucrecio y su descubrimiento del rollo de Epicuro en la biblioteca vacía. Allí será donde Lucrecio comprenda por qué vive y, al mismo tiempo, por qué va a morir. Lucrecio es un poeta que todavía en el siglo XIX presenta problemas ante los partidarios de la religión y la moral. Los manuales de literatura latina no se cansan de alabarlo o despreciarlo. Esa conciencia de la literatura latina es la que, por otra parte, hemos estudiado María José Barrio y yo en un trabajo que hemos dedicado a Schwob y Clarín en torno a la estética del cuento latino. Hemos elegido el relato sobre Lucrecio de Schwob y el cuento que Clarín dedicó al poeta Vario. En ambos casos se baraja la posibilidad de un poeta sin obra, ya sea en la ficción o en la triste realidad de los siglos venideros. Este trabajo ha sido publicado en Cahiers Schwob número 2, una exquisita publicación francesa que la profesora Agnès Lhermite hace posible con una pasión y dedicación envidiable.

Cuánto queda por estudiar, cuánto por aprender. Todo esto es posible si sabemos alejarnos de las personas nocivas que a menudo nos acompañan en nuestras vidas cotidianas y laborales.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

martes, 3 de noviembre de 2009

FRANCISCO AYALA, IN MEMORIAM


No ha llegado a su centésimo cuarto cumpleaños, pero la vida ha sido generosa con él, convirtiéndolo en una biografía meridiano, una de esas vidas que atraviesan como flechas diferentes periodos de tiempo. Ofrezco, lacónicamente, una parte del prólogo que escribí para el libro de Inmaculada López Calahorro, Francisco Ayala y el mundo clásico, publicado por la Universidad de Granada:

"Dos libros sobre Ayala que hay en mi biblioteca marcan el tiempo inmediatamente anterior al año 75 y el tiempo posterior. El primero, publicado por la editorial Novelas y Cuentos, recoge una selección de sus relatos. Está publicado en 1972. El segundo es la edición en Espasa Calpe de El tiempo y yo y El jardín de las delicias. Está publicado en 1978 y supone, la vuelta de Ayala a la literatura española no ya como autor del exilio, sino como autor español, a secas. Curiosamente el tiempo, al pasar, unifica, borra fronteras. Separar ambos libros será sólo un empeño histórico con el irremediable paso de los años. La historia española está construida a partir de inmensas discontinuidades, como diría Claudio Guillén. Y fue precisamente en ese ejemplar de El tiempo y yo donde tuve la grata experiencia de la prosa miscelánea de Ayala, una dimensión compartida con otros escritores de su tiempo, como el catalán Joan Perucho. La miscelánea es un fenómeno antiguo, se trata de una exposición ajena a los sistemas, a los esquemas, que aspira a una reconstrucción ulterior, a cargo del lector, del aparente desorden. Es materia de gran interés cómo las cosas intrascendentes de cada día se convierten en materia solemne, duradera, gracias al uso de textos clásicos, especialmente los de Plinio, Tácito o Apuleyo. El afán de conferir trascendencia a una noticia anclada en la actualidad inmediata es un hábil juego con el tiempo, casi un anhelo. Ayala penetra en el concepto de fama a través de las reflexiones que sobre ella, como afán vital, hace Plinio el Joven. El autor latino convierte este afán de fama en un acto de nobleza, no de vanidad, en un propósito legítimo. La trascendencia de los hechos asegura, al fin y al cabo, su permanencia en el tiempo. Recuerdo que González Iglesias ha cantado las hazañas de los atletas españoles en Atlanta, pues sus empeños humanos no podían quedar reducidos a la hueca narración de la prosa deportiva. Para ello escribió, como Píndaro, unas nuevas Olímpicas.

Ahora es tiempo de terminar. Al cabo de los años aspiramos a conservar vivos los mejores recuerdos de nuestra vida. Veo mientras escribo estas líneas una foto de Ayala junto al cuadro Nuestro jardín, el que pintara su madre antes de casarse. Una niña mira ensimismada, tras dejar el aro en el suelo, lo que hay dentro del estanque rodeado de flores. Es ya una mirada eterna."

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

lunes, 2 de noviembre de 2009

LA HUELLA DE LA HISTORIA Y LA DE SU CONCIENCIA


Una de las improntas más vivas de mis recuerdos de Boston es el de la falsa luz veneciana del Isabella Stewart Gardner Museum. El hermoso edificio, muy cerca del Museo de Bellas Artes, tiene un precioso patio interior con luz cenital donde podría representarse el ensueño de los viajeros anglosajones a la ciudad italiana de los canales. Posiblemente, los cristales que cierran aquel espacio contribuyen a crear la deliciosa atmósfera irreal de una Venecia pintada por Whistler. En cierto sentido, una Venecia más acorde a los sueños que la actual ciudad asolada por los turistas. En este caso, una voluntad, la de Isabella Stewart, ha sido la creadora de aquella isla de belleza meridional en las tierras de Nueva Inglaterra, un marco delicioso para su riquísima colección de obras de arte antiguo, entre otras cosas, valiosas pinturas del siglo XVI. De esta forma nos encontramos con objetos antiguos en un marco que recrea la atmósfera donde nacieron, pero que no deja de ser un marco irreal. Una ventana gótica, si ha logrado sortear el paso del tiempo, es una huella de la Historia, independientemente de dónde esté. El desarrollo moderno de la Historia del arte ha contribuido a valorar esa pieza arquitectónica como un objeto de estudio y admiración. Otra cosa bien distinta es cuando a lo largo del siglo XIX se emprendió la obsesiva recreación de los estilos antiguos, contribuyendo así a los "neos". En este caso, no tenemos tanto una huella directa de la Historia, sino de la Historiografía, o de nuestro empeño por reescribir y recrear aquello que pasó en otro tiempo (reescritura que no sólo se lleva a cabo en los libros de Historia), evocado ahora para nuestro presente.

Debo confesar que los neogóticos y neorrenacimientos me fascinan, pues a veces hasta me parecen, en su impostura, más góticos y renacentistas que los originales. Y todo esto, ademas, ya es Historia como tal, historia de nuestra propia conciencia moderna de la Historia.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

sábado, 31 de octubre de 2009

LA EXPERIENCIA DEL PÚBLICO, DIVULGAR ES VIVIR


Participar con actividades en la Semana de la Ciencia supone un negocio de "escaso beneficio", pero esto lo digo, con véis, entre comillas. He visto cómo algunos profesores "importantes" se negaban incluso a pensar en la posibilidad de hacer alguna propuesta aduciendo que ellos no iban a estar contando banalidades o haciendo de guías turísticos. No creo que sea el caso. Como en tantas cosas, la imaginación cuenta mucho a la hora de proponer actividades, y considero que es bueno, tanto para el público como para los investigadores y profesores, entrar en contacto. En este sentido, hay actividades en las que veo cómo se hacen ciertas trampas, pues las actividades son simplemente minicongresos o ciclos de conferencias cuyo público está formado por los mismos alumnos a los que se da clase cada día, convirtiendo a tales alumnos en un público cautivo y desvirtuando así lo que creo que es el espíritu de estas actividades, a saber, la gente que está fuera de la universidad. Esta semana mi correo se ha visto desbordado ante el aluvión de solicitudes a participar en la actividad "Madrid gótico y sublime". Hay personas diversas, cada una con su carácter. De un lado están los habituales a mis actividades de cada año, que esperan pacientemente con un interés verdaderamente loable. Esta año ha habido mucha gente nueva, ávida de cosas diferentes. Hay quien no tiene muy claro que quien organiza la actividad no es simplemente un "guía", y que la actividad no consiste en una mera visita a la Sacramental de San Justo. Esto no sería propio de una semana de la ciencia, sino de un paseo. Pretendemos ofrecer, de manera entretenida y sencilla, unos resultados de investigación, en concreto de una tesis doctoral que se ha ido redactando entre lugares tan distantes como Madrid y Harvard y, además, se va a exponer las claves metodológicas de un grupo de investigación dedicado a estudios historiográficos. La visita no es más que el instrumento para tales cosas, y para hacer llegar al público asistente la idea de que en las humanidades también se investiga.

Cada mes de noviembre, por tanto, constituye una pequeña aventura. He aprendido mucho con la semana de la ciencia. Requiere mucho esfuerzo, esfuerzo que a menudo no se ve ni es reconocido, pero aún así sigo ilusionado y ya piendo en las propuestas del año que viene.


Francisco García Jurado

H.L.G.E.

martes, 27 de octubre de 2009

"MADRID GÓTICO Y SUBLIME", UNA EXCURSIÓN DIFERENTE


Ayer quedó desbordado, literalmente, mi correo de gmail ante las peticiones de asistencia a la ruta "Madrid gótico y sublime" que organizamos para la IX Semana de la Ciencia de la Comunidad de Madrid. Una serie de circusntancias configuraron lo que creo que va a ser una actividad realmente singular: Ana González-Rivas está terminando precisamente su tesis sobre Literatura grecolatina y literatura gótica (corregí sus capítulos en la distancia, pues me los releí ya en Harvard, durante las noches de julio), y esto fue lo que me dio la idea de contar a un selecto público interesado los fundamentos estéticos comunes de los que participa la arquitectura funeraria romántica y la propia literatura de terror. Más allá de la belleza, de aquello que agrada, hay una búsqueda de lo que conmueve, es decir, de lo sublime: de la "Poética" de Horacio pasamos al tratado "Sobre lo sublime", escrito en griego, y de ahí al gran Edmund Burke. Al mismo tiempo, las estéticas clásica y gótica se conjugan en una tensión compleja donde desempeña su papel, cómo no, la propia concepción política de la Historia. ¿Qué fue mejor, el Renacimiento o la Edad Media? Mi trabajo en Historiografía literaria me lleva a ver los nombres de las calles o los cementerios como verdaderas huellas de la conciencia de la Historia. Y ahí será donde yo intervenga, contango, precisamente, por qué los cementerios son deudores de los modernos planteamientos historiográficos, al llenarse de monumentos, es decir, de lugares para el recuerdo. Cuando fuimos a pedir permiso para llevar a cabo la actividad que os comento a la propia Sacramental de San Justo (que se sitúa en el inquietante y romántico Cerro de la ánimas), tuvimos la suerte de conocer a D. Juan Antonio Pino, que no sólo lleva trabajando allí durante décadas, sino que es el mejor conocedor y estudioso de los enterramientos ilustres. Nos regaló, de hecho, los libros que ha publicado, y que son una fuente rica e inagotable de noticias.
Si París cuenta con necrópolis turísticas, Madrid no debe ser menos. El resumen que viene en el libro de la Semana de Ciencia es el siguiente:
Paseo guiado por la Sacramental de San Justo, San Millán y Santa Cruz, construida en 1847 sobre el cerro de la Ánimas, con el fin de contextualizar las claves estéticas de este cementerio romántico que son comunes a las que inspiraron la moderna literatura fantástica. Un experto en la Sacramental nos mostrará sus principales tumbas y monumentos. Realizaremos un recuento de los diferentes estilos arquitectónicos para entender cómo la Historia del Arte permitió desarrollar estilos "historicistas" como el neogótico.
El problema ha sido la gran cantidad de personas interesadas en la actividad. He tenido que rechazar muchísimas solicitudes, y cada vez que decía "no" veía una persona ilusionada. El éxito a veces puede ser triste.

Francisco García Jurado
H.L.G.E.

domingo, 25 de octubre de 2009

UN ARTÍCULO ADMIRABLE DE JUAN MARICHAL


La facilidad que ahora tenemos de acceder a las hemerotecas digitales me brinda la oportunidad de volver a algunos artículos "míticos" que han poblado mis archivos, una vez recortados, y que ahora puedo compartir aquí. Ya en alguna ocasión he recurrido a este recurso de cita, y hoy no me resisto a invitaros a la lectura de este artículo de mi admirado Juan Marichal, que fuera profesor en Harvard y editor de la obra completa de Manuel Azaña en la mexicana Editorial Oasis. Sin mayores comentarios paso a ofrecer el artículo tal como apareción en 1998:



TRIBUNA: JUAN MARICHAL
La desaparición del intelectual
JUAN MARICHAL 18/04/1998
No me refiero, por supuesto, a todos los honrados trabajadores que tienen profesiones intelectuales que pervivirán en el siglo entrante: mi título no significa una amenaza de paro laboral para ellos. Aludo a los "intelectuales" que han actuado en la historia política europea, como tales, desde 1898 hasta casi nuestros mismos días. Y que, en verdad, han dado al siglo XX su más noble distinción histórica, con su desprendimiento, su valentía moral, su compasión y, sobre todo, su insobornabilidad, que determina la actitud del "intelectual" frente al Poder (en sus diversas formas) existente en su tiempo. Un profesor de filosofía francés-adorado por generaciones de alumnos en el Liceo Enrique IV de París- condenó en el título de uno sus libros más leídos su aparente anarquismo: El ciudadano contra los poderes. Alain (seudónimo de Émile Chartier, 1868-1951) mantenía que el "intelectual" debe mantenerse apartado de todos los "establecimientos" que coarten la libertad personal (por ejemplo, la Iglesia católica). De ahí que Alain (aún desconocido en España no obstante ser la fuente primaria del Juan de Mairena), representara en los tiempos de ignominia de la Tercera República francesa, la conciencia moral de la patria.Se ha repetido que el historiador suele ser el profeta del pasado -como lo evidencian tristemente los participantes, en la España actual, en el jugoso negocio del "98"-, pero no es, desde luego, el agorero de los males que vienen. Porque (como Seignobos y como Ortega) debe reiterarse que la historia es tan irrepetible como los seres humanos (aunque parece desmentirlo el balar de la ovejita Dolly). Por lo tanto, al hablar de la desaparición del "intelectual", no pretendo negar las maravillas que se aproximan para la humanidad ni siquiera afirmar que lo que venga palidece ante las luminarias del siglo XX. Uno de los auténticos sabios de nuestro tiempo -el prestigioso beisbolero Yogi Berra- lamentaba en su cátedra de un bar neoyorquino que "el futuro no es ya lo que había sido". Lamentación que de conocerla hubiera compartido seguramente Ortega, cuando decía (frente al Segismundo de Calderón) que lo malo de la vida humana es haber nacido ya.
Mas sí puede mantenerse que la condición de "íntelectual ha sido degradada por la omnipotencia del "mercado". El llamado neoliberalismo (el horror semántico más dañino de nuestros días) ha sobornado a los "intelectuales", convirtiéndolos en integrantes de los variados "establecimientos"; incluso cuando se presentan como críticos brillantes del mundo actual. ¿Y cómo puede resistir hoy un sociólo go las múltiples tentaciones que le ofrecen los poderosos caballeros de Don Dinero? A veces, paseando por Recoletos, me detengo ante la original estatua de don Ramón del Valle-Inclán y recuerdo su orgullosa sentencia: "El escritor tiene el ayuno". ¿Quién podría ahora "ayunar" cuando le espera una familia acomodada en los vastos suburbios de París o Madrid? Por eso, conviene recordar que Émile Zola fue un paradigma de la valentía moral. Hasta poco antes de 1898 había sido un novelista de fama internacional, con ambiciones crematistícas que se vieron realizadas. Porque en 1898 tenía ingresos sustanciales, con tres casas (una en París) y pon ahorros de cien mil francos-oro. Y cabría calificar su gesto de 1898 como la negación de la condición social a la que había ascendido con su metódico laborar de treinta años: la de ser un burgués que podía incluso disfrutar del privilegio de tener una casita extraconyugal (con la joven madre de sus dos hijos). Zola no se proponía -al publicar su legendario artículo- tirar la casa por la ventana. Pero sí sabía que sus adversarios, que se multiplicaban cada día, estaban dispuestos a aniquilarle, lo que finalmente lograron.
En este siglo de horrores sin cuento ha habido otros ejemplos de "intelectuales" con auténtica valentía que les ha convertido en héroes de su tiempo, particularmente en los países donde han imperado regímenes de terror. Y a los más de ellos les movía el sentimiento solidario de la vida que Zola llamaba la charité (la caridad). Que le hacía indignarse con los críticos y lectores que veían en su gran novela Germinal un designio ideológico revolucionario. No sería arbitrario observar que tal compasión profunda del prójimo es enteramente ajena, en la actualidad, a la multitud de los que se denominan "intelectuales". Quizá la carencia (en las lenguas neolatinas) del vocablo inglés scholar (escolar) produzca la confusión semántica de llamar "intelectual" a quien no es, por ejemplo, más que catedrático universitario. Así, en Harvard, se llamaría, propiamente, "intelectual" al profesor Galbraith -a quien ninguno de sus colegas economistas calificaría de scholar- mas al Nobel de Física Purcell le hubiera resultado una disminución científica verse denominado "intelectual". No conviene olvidar, además, que el vocablo "intelectual" fue prodigado diestramente por los agentes soviéticos, desde el principio de la década 1941-1951, como instrumento de fácil captación de personas que se veían así honradas socialmente. Sin olvidar la perversión de "intelectual" que encarnó Jean-Paul Sartre, cuyos numerosos admiradores en Europa y las Américas comulgaron con las considerables ruedas de molino puestas, por él, en circulación. Mas la sombra de mi maestro Edmundo O'Gorman me recuerda su lema de historiador: "No hay que regañar a los muertitos pues no pueden contestar".
Sí debemos admirar a las figuras que contribuyeron a humanizar más a la humanidad. Se justifica, por lo tanto, que se rindan homenajes a la memoria de Émile Zola, y a su gesto de 1898, que forma parte de la historia perdurable del planeta.
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Francisco García Jurado

H.L.G.E.